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Torre de control del Aeropuerto Felipe Ángeles presenta inclinación de 18 cm

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La torre de control del Aeropuerto de Santa Lucía “Felipe Ángeles” presenta una inclinación de 18 centímetros cuya causa puede que existan puntos más blandos de suelo, y/o apoyos de cimentación con más peso unos que otros, según reveló el arquitecto Axel Belfort.

A través de sus redes sociales, el experto dio a conocer la anterior con base en instrumentos de medición topográfica, no con fotografías, aclaró.

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“Pues bien, hoy les puedo confirmar que son 18 centímetros de inclinación, tomados en la parte más alta (la cabina) y con instrumentos de medición topográfica, NO CON FOTOS”, escribió en su cuenta de Twitter el 20 de septiembre último.

Ahora bien… ¿Eso es malo, es reparable, está en riesgo la estabilidad de toda la torre?, se pregunta.

Y el mismo responde que no necesariamente es catastrófico y que dicho mal es reparable.

Luego de aclarar que no es posible medir una inclinación de ese tipo con simples fotos y que la inclinación de 18 centímetros reales de la torre fue tomada en sitio con instrumentación de precisión, y es parte del trabajo de inspección y control que debe hacerse a cualquier obra de ese tipo, subrayó que es relativamente normal que existan asentamientos en todo tipo de construcciones.

Los edificios, explicó, van ejerciendo presión al suelo y éste debe ir «buscando su nivel más cómodo» en el que cargará a aquel nuevo edificio. En este tipo de suelos, es todavía más esperado.

En toda obra, acotó, se espera que existan hundimientos calculados o esperados, como en el caso de la Torre de Control del Aeropuerto de Santa Lucía, uno de los proyectos emblemáticos de la actual administración.

“Que existan inclinaciones por diferencias de peso y suelo, lo que significa que existan puntos más blandos de suelo, y/o apoyos de cimentación con más peso unos que otros. No es necesario que las construcciones de este tipo, mantengan una perfecta verticalidad”, puntualizó.

Axel Belfort comentó luego la inclinación que presenta la Torre hasta este momento están todavía dentro de un rango normativo de seguridad. Lo importante, subrayó será seguir monitoreando el edificio para que no cruce los límites, y/o, para resolver grietas por dicha inclinación.

En caso de que la torre siga presentando hundimientos diferenciales, dijo que cabe la posibilidad de corregir la parte inclinada, hundiendo las partes de cimentación más altas, para nivelar un poco la torre.

“En México, casi nunca se opta por nivelar hacia arriba, sino hacia abajo”, refirió.

Y tampoco, prosiguió, sería una tarea que no sepan hacer los Ingenieros mexicanos, ya lo hacen y lo han hecho muchísimas veces y por años en todo el centro de la Ciudad de México muchos de los edificios que ahí se hunden, han sigo constantemente nivelados para que no se inclinen demasiado.

Hasta este momento, prosiguió el arquitecto, las personas que amablemente me comparten información desde dentro del AIFA, me comentan que no se han presentado grietas importantes en la torre de control, y los refuerzos laterales en piso, se ven en buen estado.

“Así, que en Santa Lucía o Texcoco se hunda levemente una construcción, la respuesta inmediata no es «catástrofe», sino inspección, control y mantenimiento (como el que no se hizo en la LÍNEA 12, por ejemplo)”, indicó.

Pero recordó que también, para todo hay un límite calculado y bajo norma, y “debemos estar atentos y mantenernos dentro de esos límites que, por cierto, NAICM superaba por mucho.

Y remachó: “Jamás estuvo justificada la cancelación del proyecto en Texcoco. AIFA también se hunde”.

Fuente: Proceso

Opinión

Inzunza: la decadencia del favorito. Por Caleb Ordóñez T.

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Hay políticos que caen peleando. Hay políticos que caen defendiendo una causa. Y hay políticos cuya caída comienza mucho antes de que ellos mismos se den cuenta; cuando todavía sonríen en las fotografías oficiales y firman acuerdos con la soltura de quien cree que el futuro le pertenece.

La historia reciente de Enrique Inzunza Cázares parece pertenecer a esta última categoría.

Porque más allá de las acusaciones que enfrenta, más allá de los expedientes estadounidenses y más allá del ruido mediático que rodea a Sinaloa, hay algo que llama poderosamente la atención: Inzunza no se comporta como alguien que busca convencer al país de su inocencia. Se comporta como alguien atrapado en una partida de ajedrez donde cada movimiento tiene un único objetivo: sobrevivir un turno más. Viviendo en un eterno jaque.

Durante años fue presentado como uno de los hombres más inteligentes del círculo cercano de Rubén Rocha Moya. Jurista, magistrado, presidente del Supremo Tribunal de Justicia,

secretario general de Gobierno y después senador de la República. Su ascenso fue tan rápido que muchos (casi todos) dentro de Morena en Sinaloa, lo veían como una especie de gobernador en espera.

No era un político de masas. No era un gran orador. No era un líder carismático.

Su poder provenía de otra parte: de la operación silenciosa, del control institucional, de la cercanía con el grupo gobernante y de una influencia que crecía discretamente, lejos de los

reflectores, precisamente donde ese tipo de poder se cultiva mejor.

Por eso resulta tan revelador observar lo que ocurre hoy.Cuando un político es acusado injustamente, normalmente intenta salir a dar la cara. Busca entrevistas. Explica. Debate. Confronta. Construye una narrativa que lo sostenga mientras el

temporal amaina.

Inzunza ha hecho exactamente lo contrario.

Los números lo dicen con una frialdad que ningún argumento político puede disfrazar.

Desde el 29 de abril de 2026, cuando el Departamento de Justicia de Estados Unidos hizo pública la acusación formal en su contra, Inzunza acumuló 21 días de ausencia en sesiones del Congreso. No pidió licencia. No renunció. Simplemente dejó de aparecer. Su única

reaparición fue una fotografía en redes sociales junto a su madre, con ubicación en Batequitas, Badiraguato. Un político que dice no tener nada que esconder, escondido. Y cuando finalmente habló, lo hizo desde X, con una frase que revela más de lo que oculta:

«Soy abogado de mí mismo y me basta mi probidad.» Es la declaración de alguien que no quiere testigos en su defensa.

Y en política las formas importan tanto como los hechos, porque la percepción pública rara vez se construye únicamente con documentos judiciales. También se construye observando

cómo reaccionan los protagonistas cuando el suelo comienza a moverse bajo sus pies.

Lo que proyecta Inzunza no es fortaleza. No transmite confianza. No parece un político concentrado en demostrar que las acusaciones son falsas.

Parece un político concentrado en administrar daños.

Esa imagen explica en buena medida por qué hoy se encuentra tan aislado. No porque Morena haya decidido abandonarlo de la noche a la mañana. No porque el Senado haya ejecutado una conspiración interna. Sino porque el propio Inzunza dejó de ser una apuesta

rentable.

La política es brutalmente pragmática. Los partidos respaldan a quienes generan votos, estabilidad o futuro. Cuando un liderazgo comienza a representar riesgo, incertidumbre o

desgaste, las distancias aparecen solas, sin reuniones, sin comunicados, sin rupturas formales. Simplemente aparecen.

Hace apenas unos meses su nombre figuraba entre los aspirantes más serios para suceder a Rocha en la gubernatura de Sinaloa. Hoy prácticamente nadie dentro del oficialismo habla de esa posibilidad. No porque exista una sentencia. No porque haya sido declarado culpable. Sino porque la candidatura dejó de ser viable.

Y en política la inviabilidad suele ser una condena mucho más rápida que cualquier resolución judicial.

Lo verdaderamente inquietante es que el caso de Inzunza trasciende a una sola persona.

Se convierte en un espejo incómodo para todo el sistema político mexicano.

Lo que hace singular el caso de Inzunza no es la acusación en sí. Es la arquitectura que describe. Según el expediente estadounidense, Inzunza habría acompañado al gobernador

Rocha Moya a una reunión con Los Chapitos tras las elecciones de junio de 2021, cuando

todavía era secretario general del gobierno estatal y en ese encuentro habrían acordado que el cártel tendría control sobre la Policía Estatal de Sinaloa. Si eso es cierto, no estamos

hablando de un funcionario que recibió un sobre. Estamos hablando de una negociación institucional: el Estado cediendo su monopolio de la fuerza a cambio de estabilidad política.

Eso es algo cualitativamente distinto, y más perturbador, que la corrupción individual de siempre. No es un hombre que se corrompió. Es una institución que se ofreció.

Por eso el caso Inzunza genera tanta atención. No solo por sus detalles particulares, sino porque representa el choque entre dos narrativas que México lleva años intentando reconciliar sin éxito: la del político exitoso que parecía destinado a gobernar uno de los

estados más importantes del país, y la del funcionario que termina convertido en símbolo de una crisis de confianza cada vez más profunda.

Su tragedia política no consiste únicamente en las acusaciones.

Consiste en haber perdido aquello que realmente construye el poder: la credibilidad.

Cuando la gente deja de creer en tu futuro, el poder comienza a evaporarse. Cuando tus aliados dejan de apostar por ti, el aislamiento se vuelve inevitable. Cuando tu nombre genera más preguntas que certezas, las puertas empiezan a cerrarse, no con portazos, sino con la silenciosa delicadeza con que se cierra una puerta frente a alguien a quien ya no se espera.

Por eso Enrique Inzunza muy probablemente ya no será gobernador de Sinaloa. No porque un

juez lo haya decretado. No porque un partido lo haya expulsado. Sino porque la política mexicana ya comenzó a actuar como si ese futuro hubiera desaparecido.

Y pocas cosas son más devastadoras para un político que seguir ocupando un cargo mientras todos a su alrededor se comportan como si su historia ya hubiera terminado.

Esa es la verdadera decadencia.

No perder el poder. Sino ver cómo el poder te abandona: despacio, en silencio, sin siquiera molestarse en despedirse.

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