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Vicente Fox y Martha Sahagún salieron del hospital luego de enfermarse de COVID-19

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El pasado 7 de agosto, se confirmó que el ex mandatario mexicano Vicente Fox Quesada y su esposa Martha Sahagún Jiménez ingresaron de forma voluntaria a una unidad médica privada localizada en León, Guanajuato, tras haber contraído la enfermedad de COVID-19. Sin embargo, Manuel Bribiesca, hijo de la ex primera dama, informó que el matrimonio fue dado de alta y que ya regresaron a su rancho localizado en la comunidad de San Cristóbal.

La noticia sobre su contagio fue dada a conocer por la ex primera dama mediante algunas entrevistas ofrecidas a medios de circulación nacional y también a través de un comunicado emitido por el Centro Fox y por la Fundación Vamos México, mismo en el que se especificó que la pareja no presentó síntomas graves luego de haber salido positivos en la prueba para detectar la presencia de SARS-CoV 2.

Asimismo, en este comunicado compartido por Vicente Fox vía Twitter, extendieron su agradecimiento a la ciudadanía por sus buenos deseos y exhortaron a seguir con las medidas sanitarias pertinentes para evitar la propagación del coronavirus y no bajar la guardia. Además, en el documento se indicó que la pareja se mantuvo estable y con buen ánimo.

El pasado 9 de agosto, el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) se solidarizó con el panista y deseó una pronta recuperación para Fox Quesada y para su esposa Martha Sahagún durante su ya conocida conferencia matutina. El gesto fue agradecido por el exmandatario que, posteriormente, se manifestó a través de su cuenta oficial de Twitter. “Gracias, muchas gracias López por tu bonito saludo. ¡¡Muy apreciado!! ¡¡Saludos a la familia! México somos uno y somos todos. Pronto saldremos de esta”, expresó.

Aunque Fox agradeció al tabasqueño por sus buenos deseos, mientras estuvo hospitalizado arremetió en más de una ocasión en su contra y también en contra de la llamada “Cuarta Transformación”. Además, se pronunció sobre el programa de vacunación llevado a cabo por la Secretaría de Salud del Gobierno de México, por lo que apuntó que ha habido un “pésimo” manejo de la pandemia y expresó su descontento hacia las mañaneras de AMLO.

Asimismo, comentó que el subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud, Hugo López-Gatell andaba de “parranda” cuando afirmó que solo el 2% de los mexicanos morirían a causa de la nueva enfermedad pese a que “ya estamos por encima de tres”. De acuerdo con el corte al 13 de agosto del 2021, en territorio nacional se han contabilizado 3 millones 68 mil 329 casos acumulados de enfermos de COVID-19 y, en las últimas 24 horas se registró un total de 603 fallecidos y 22 mil 758 contagios nuevos.

Durante el 12 de agosto, se inyectaron 977 mil 450 dosis del antígeno contra el virus SARS-CoV-2. En suma, se han aplicado 75 millones 780 mil 229 vacunas a lo largo y ancho de todo el país. En México, 59% de la población adulta ha recibido al menos una dosis, es decir, 52 millones 624 mil 341 personas, de las cuales 28 millones 384 mil 141,que representan 54%, cuentan con esquema completo; y 46%, que son 24 millones 240 mil 200, tiene medio esquema de vacunación. Los estados con mayor porcentaje de población vacunada son Ciudad de México, Quintana Roo, Sinaloa, Baja California, Baja California Sur, Chihuahua, Zacatecas y Aguascalientes.

Opinión

Inzunza: la decadencia del favorito. Por Caleb Ordóñez T.

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Hay políticos que caen peleando. Hay políticos que caen defendiendo una causa. Y hay políticos cuya caída comienza mucho antes de que ellos mismos se den cuenta; cuando todavía sonríen en las fotografías oficiales y firman acuerdos con la soltura de quien cree que el futuro le pertenece.

La historia reciente de Enrique Inzunza Cázares parece pertenecer a esta última categoría.

Porque más allá de las acusaciones que enfrenta, más allá de los expedientes estadounidenses y más allá del ruido mediático que rodea a Sinaloa, hay algo que llama poderosamente la atención: Inzunza no se comporta como alguien que busca convencer al país de su inocencia. Se comporta como alguien atrapado en una partida de ajedrez donde cada movimiento tiene un único objetivo: sobrevivir un turno más. Viviendo en un eterno jaque.

Durante años fue presentado como uno de los hombres más inteligentes del círculo cercano de Rubén Rocha Moya. Jurista, magistrado, presidente del Supremo Tribunal de Justicia,

secretario general de Gobierno y después senador de la República. Su ascenso fue tan rápido que muchos (casi todos) dentro de Morena en Sinaloa, lo veían como una especie de gobernador en espera.

No era un político de masas. No era un gran orador. No era un líder carismático.

Su poder provenía de otra parte: de la operación silenciosa, del control institucional, de la cercanía con el grupo gobernante y de una influencia que crecía discretamente, lejos de los

reflectores, precisamente donde ese tipo de poder se cultiva mejor.

Por eso resulta tan revelador observar lo que ocurre hoy.Cuando un político es acusado injustamente, normalmente intenta salir a dar la cara. Busca entrevistas. Explica. Debate. Confronta. Construye una narrativa que lo sostenga mientras el

temporal amaina.

Inzunza ha hecho exactamente lo contrario.

Los números lo dicen con una frialdad que ningún argumento político puede disfrazar.

Desde el 29 de abril de 2026, cuando el Departamento de Justicia de Estados Unidos hizo pública la acusación formal en su contra, Inzunza acumuló 21 días de ausencia en sesiones del Congreso. No pidió licencia. No renunció. Simplemente dejó de aparecer. Su única

reaparición fue una fotografía en redes sociales junto a su madre, con ubicación en Batequitas, Badiraguato. Un político que dice no tener nada que esconder, escondido. Y cuando finalmente habló, lo hizo desde X, con una frase que revela más de lo que oculta:

«Soy abogado de mí mismo y me basta mi probidad.» Es la declaración de alguien que no quiere testigos en su defensa.

Y en política las formas importan tanto como los hechos, porque la percepción pública rara vez se construye únicamente con documentos judiciales. También se construye observando

cómo reaccionan los protagonistas cuando el suelo comienza a moverse bajo sus pies.

Lo que proyecta Inzunza no es fortaleza. No transmite confianza. No parece un político concentrado en demostrar que las acusaciones son falsas.

Parece un político concentrado en administrar daños.

Esa imagen explica en buena medida por qué hoy se encuentra tan aislado. No porque Morena haya decidido abandonarlo de la noche a la mañana. No porque el Senado haya ejecutado una conspiración interna. Sino porque el propio Inzunza dejó de ser una apuesta

rentable.

La política es brutalmente pragmática. Los partidos respaldan a quienes generan votos, estabilidad o futuro. Cuando un liderazgo comienza a representar riesgo, incertidumbre o

desgaste, las distancias aparecen solas, sin reuniones, sin comunicados, sin rupturas formales. Simplemente aparecen.

Hace apenas unos meses su nombre figuraba entre los aspirantes más serios para suceder a Rocha en la gubernatura de Sinaloa. Hoy prácticamente nadie dentro del oficialismo habla de esa posibilidad. No porque exista una sentencia. No porque haya sido declarado culpable. Sino porque la candidatura dejó de ser viable.

Y en política la inviabilidad suele ser una condena mucho más rápida que cualquier resolución judicial.

Lo verdaderamente inquietante es que el caso de Inzunza trasciende a una sola persona.

Se convierte en un espejo incómodo para todo el sistema político mexicano.

Lo que hace singular el caso de Inzunza no es la acusación en sí. Es la arquitectura que describe. Según el expediente estadounidense, Inzunza habría acompañado al gobernador

Rocha Moya a una reunión con Los Chapitos tras las elecciones de junio de 2021, cuando

todavía era secretario general del gobierno estatal y en ese encuentro habrían acordado que el cártel tendría control sobre la Policía Estatal de Sinaloa. Si eso es cierto, no estamos

hablando de un funcionario que recibió un sobre. Estamos hablando de una negociación institucional: el Estado cediendo su monopolio de la fuerza a cambio de estabilidad política.

Eso es algo cualitativamente distinto, y más perturbador, que la corrupción individual de siempre. No es un hombre que se corrompió. Es una institución que se ofreció.

Por eso el caso Inzunza genera tanta atención. No solo por sus detalles particulares, sino porque representa el choque entre dos narrativas que México lleva años intentando reconciliar sin éxito: la del político exitoso que parecía destinado a gobernar uno de los

estados más importantes del país, y la del funcionario que termina convertido en símbolo de una crisis de confianza cada vez más profunda.

Su tragedia política no consiste únicamente en las acusaciones.

Consiste en haber perdido aquello que realmente construye el poder: la credibilidad.

Cuando la gente deja de creer en tu futuro, el poder comienza a evaporarse. Cuando tus aliados dejan de apostar por ti, el aislamiento se vuelve inevitable. Cuando tu nombre genera más preguntas que certezas, las puertas empiezan a cerrarse, no con portazos, sino con la silenciosa delicadeza con que se cierra una puerta frente a alguien a quien ya no se espera.

Por eso Enrique Inzunza muy probablemente ya no será gobernador de Sinaloa. No porque un

juez lo haya decretado. No porque un partido lo haya expulsado. Sino porque la política mexicana ya comenzó a actuar como si ese futuro hubiera desaparecido.

Y pocas cosas son más devastadoras para un político que seguir ocupando un cargo mientras todos a su alrededor se comportan como si su historia ya hubiera terminado.

Esa es la verdadera decadencia.

No perder el poder. Sino ver cómo el poder te abandona: despacio, en silencio, sin siquiera molestarse en despedirse.

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