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Opinión

«Nuevo León necesita un Fiscal sin atadura política»

El Gobernador Samuel Alejandro García Sepúlveda, señaló que Nuevo León tiene la oportunidad de buscar un perfil sin atadura política, técnico y ciudadano para encabezar la Fiscalía General de Justicia en el estado, pues indicó que actualmente no rinde cuentas a la ciudadanía.

Afirmó que el Estado tiene la oportunidad en el corto plazo de designar al mejor abogado o abogada de Nuevo León sin intereses políticos o ataduras electorales.

Tras sostener una reunión con integrantes del Consejo Nuevo León y del World Justice Project México, el Mandatario también mencionó que quien esté al frente del órgano autónomo, debe llevar a cabo procesos sólidos, ya que anteriormente la discrecionalidad aplicada en los casos alejó la justicia.

Por otra parte, dijo que la Fiscalía General de Justicia ahora sí debe colaborar con la Secretaría de Seguridad del Estado, con un plan conjunto de persecución penal en delitos graves y de alto impacto. No malinterpretar la independencia como ente por separado, sino como un ente colaborativo del poder Ejecutivo y una Agencia Estatal de Investigación coordinada con Fuerza Civil.

“Nuevo León debe darse la oportunidad de poner un perfil técnico y ligero en la Fiscalía, Nuevo León necesita un perfil que esté sin ataduras políticas, ni partidos, porque de continuar así, su Sistema de Justicia Penal no va a mejorar, porque el diseño de discrecionalidad va a volver omnipotente al próximo Fiscal”, declaró.

“Debemos aprovechar la nueva Constitución y la coyuntura de renuncia del anterior Fiscal para buscar tener la mejor Fiscalía local del país en el mediano plazo”

“Por eso reitero que la o el próximo Fiscal debe realizar procesos que le den solidez al órgano autónomo de justicia, empezando por un plan de persecución penal en delitos graves y de alto impacto que esté coordinado con la Secretaría de Seguridad del Estado.

“Además tenemos la oportunidad en el corto plazo, de que las y los ciudadanos tengan una Fiscalía que no tenga ataduras y que rinda cuentas a toda la población”, agregó.

Por otra parte, en el encuentro el Gobernador firmó como testigo de honor el Memorando de Entendimiento celebrado entre el Consejo Nuevo León y el World Justice Project.

El memorando tiene como objetivo generar información basada, principal, pero no únicamente, en el Índice de Estado de Derecho en México, la colaboración en el diseño y propuesta de políticas públicas que fortalezcan el Estado de Derecho en la entidad.

Así como la evaluación y seguimiento de las políticas públicas propuestas a través de los instrumentos de medición que ya genera el World Justice Project.

El Presidente Ejecutivo del Consejo Nuevo León, Jesús Viejo González, reconoció el trabajo que ha realizado el World Justice Project en la medición del Estado de Derecho, y destacó la cooperación técnica que mantienen.

Durante más de una década, el World Justice Project ha aplicado encuestas en más de 130 países para medir, desde una perspectiva ciudadana, su grado de adhesión al Estado de Derecho.

En la reunión estuvieron presentes Mauro Guerra, Presidente de la Mesa Directiva del Congreso; Arturo Salinas, Presidente del Tribunal Superior de Justicia; Mario Silva, Secretario Técnico del Gobierno del Estado; María Teresa Herrera, Contralora del Estado; Ximena Peredo, Secretaria de Participación Ciudadana; y Gerardo Palacios Pámanes, Secretario de Seguridad.

Samuel García: Nuevo León necesita un Fiscal sin atadura política

Samuel García: Nuevo León necesita un Fiscal sin atadura política

También asistieron Alejandro González Arreola, Director de Rule of Law Projects del WJP;  Eréndida González, Team Leader del Índice de Estado de Derecho en México; Estefany Caudillo, Investigadora del Índice de Estado de Derecho en México, el Rector de la UANL, Santos Guzmán, entre otros integ

Opinión

La trampa de “las rentas justas” en la CDMX. Por Caleb Ordóñez T.

En la Ciudad de México hay jóvenes que trabajan para pagar un departamento en el que apenas tienen tiempo de dormir. Familias que destinan buena parte de sus ingresos a cuatro paredes. Personas que viven a dos horas de su empleo porque acercarse al centro se convirtió en un lujo.

La vivienda es uno de los grandes fracasos de la política urbana capitalina.

Y ahora el gobierno pretende resolverlo con otra ley.

Clara Brugada presentó una iniciativa que promete rentas justas, contratos regulados y protección contra abusos. Una propuesta que, vista desde el discurso político, parece irreprochable. ¿Quién podría estar en contra de que las personas paguen menos por vivir dignamente?

Caleb Ordoñez T.

El problema es que las buenas intenciones no construyen departamentos.

Y los decretos tampoco.

Las buenas intenciones también tienen consecuencias

La iniciativa contempla limitar aumentos conforme a la inflación, registrar obligatoriamente los contratos y aplicar multas de hasta 46 mil 924 pesos. También propone asesoría gratuita y mecanismos contra desalojos violentos.

Hay medidas necesarias. Los abusos inmobiliarios existen. Los desalojos arbitrarios también. Ninguna persona debería perder su hogar mediante amenazas o intimidaciones.

Pero legislar para corregir una injusticia no debería producir otra.

Pensemos en una jubilada que dedicó treinta años a pagar un pequeño departamento. Hoy lo renta para complementar una pensión insuficiente. No pertenece a ningún cártel inmobiliario. No especula con edificios enteros. Simplemente administra el patrimonio que consiguió trabajando.

¿Qué sucederá si las nuevas obligaciones, restricciones y sanciones hacen que prefiera retirar su propiedad del mercado?

Habrá una vivienda menos.

Y si otros propietarios toman decisiones semejantes, quienes terminarán compitiendo por los departamentos disponibles serán precisamente aquellos que la ley pretende proteger.

No es una consecuencia demostrada ni inevitable. Es un riesgo que el Congreso tiene la obligación de evaluar.

Porque una cosa es regular los abusos y otra, muy distinta, pretender administrar la escasez.

El problema tiene dimensiones profundas. Según el INEGI, en 2024 el ingreso promedio de los hogares urbanos capitalinos rondaba los 37 mil pesos mensuales. Un promedio que, además, oculta enormes desigualdades.

¿Cuánto debe ganar una familia para vivir cerca de su trabajo? ¿Cuánto tiempo de su vida debe sacrificar transportándose? ¿En qué momento tener una habitación propia dejó de ser una aspiración razonable?

Esas preguntas no se resuelven únicamente vigilando contratos.

Se resuelven construyendo vivienda, mejorando el transporte, acercando servicios y generando condiciones para que la ciudad pueda alojar a quienes la mantienen funcionando.

Brugada también promete ampliar la vivienda asequible. Bien. Pero esa debería ser una prioridad medible, no una promesa subordinada al entusiasmo por imponer nuevas reglas.

El gobierno también debe rendir cuentas

Hay otra contradicción.

Desde 2024 existen disposiciones para limitar incrementos de renta y registrar contratos. Antes de anunciar nuevas sanciones, sería conveniente conocer los resultados de las anteriores.

¿Cuántas familias se beneficiaron? ¿Cuántos abusos fueron sancionados? ¿Qué funcionó y qué fracasó?

El gobierno exige transparencia a los particulares, pero todavía debe ofrecer respuestas convincentes sobre la eficacia de sus propias medidas.

Y mientras tanto, el verdadero debate corre el riesgo de perderse entre consignas: propietarios contra inquilinos, mercado contra Estado, ricos contra pobres.

Una discusión tan cómoda para los políticos como inútil para quienes necesitan vivienda.

La propiedad privada merece certeza jurídica. Los inquilinos merecen protección. Y ambos necesitan un gobierno capaz de entender que sus derechos no son necesariamente enemigos.

La iniciativa todavía puede corregirse. Sería deseable que el Congreso escuchara más evidencia y menos discursos.

Porque el desafío no consiste en decidir quién tiene la culpa de que vivir en la capital resulte tan caro.

Consiste en reconocer quién tiene la responsabilidad de hacerla habitable.

Una ciudad no se vuelve más justa cuando el gobierno decide cuánto debe costar vivir en ella, sino cuando consigue que vivir en ella deje de ser un privilegio.

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