Opinión
PRI: la crónica del ocaso y del espejo. Por Caleb Ordóñez T.
Cuando una nación decide narrar la caída de uno de sus pilares políticos, inevitablemente se observa también en ese espejo roto. La docuserie “PRI: Crónica del Fin”, dirigida por la respetada periodista Denise Maerker y producida para ViX, no solo intenta explicar cómo se extinguió la llama del partido que gobernó México durante más de siete décadas; también revela las complicidades, los símbolos y las traiciones que marcaron la política mexicana del siglo XX y parte del XXI.
Lo curioso es que, en este recuento, aparece una paradoja evidente: Televisa, ese coloso que durante décadas fue el ejército comunicativo del PRI, hoy se asume como cronista de su debacle. La televisora que construyó presidentes, que convirtió a gobernadores en figuras nacionales y que borraba con un noticiero aquello que no convenía, ahora busca lapidar a su antiguo aliado. Esa ironía recorre cada capítulo: la misma maquinaria que antes servía de escudo, hoy se erige en verdugo mediático.
Pero la serie deja ver también los silencios. Uno de ellos es fundamental: el papel de los sindicatos. El PRI no se mantenía únicamente por la liturgia del dedazo presidencial o las estructuras estatales; se nutría del control sindical. La CTM, el SNTE, los sindicatos petroleros y ferrocarrileros, por mencionar algunos, fueron auténticas arterias por donde corría la sangre del partido. Obreros movilizados, cuotas aseguradas, votos garantizados. Esa parte del engranaje apenas se toca de manera superficial, y es ahí donde la docuserie queda corta: entender al PRI sin su músculo sindical es como explicar la maquinaria de un reloj ignorando sus engranes.
El desfile de entrevistados es amplio y, en ocasiones, deslumbrante. Carlos Salinas de Gortari aparece con su tono calculado, defendiendo su legado y soltando frases de autojustificación: “Se nos acusa de modernizar demasiado rápido”. Enrique Peña Nieto, en cambio, proyecta más nostalgia que análisis, casi resignado: “Quizá no supimos entender a la gente de este tiempo”. Cuauhtémoc Cárdenas ofrece sobriedad, recordando la fractura que dio origen al PRD: “No era posible seguir avalando un sistema tan cerrado”. Porfirio Muñoz Ledo destila lucidez y, fiel a su estilo, una ironía que roza la burla: “El PRI no se cayó, lo empujaron los suyos”. Elba Esther Gordillo habla como la operadora que siempre fue, dejando entrever que en realidad el poder no se pierde, se negocia.
Cada uno aporta piezas del rompecabezas, pero ninguno escapa del juicio del tiempo. Sin embargo, hay un personaje que sale particularmente mal librado: Alejandro “Alito” Moreno. La serie lo presenta como el símbolo de la decadencia, alguien que no solo administra los restos de un partido histórico, sino que parece decidido a adueñarse de sus cenizas. No es casualidad que se subraye, directa o indirectamente, que esas cenizas equivalen a millones de pesos en prerrogativas, bienes inmuebles y herencias políticas que todavía representan un botín codiciado.
Alito es exhibido como un dirigente sin vocación ideológica, pragmático hasta el cinismo. Su liderazgo, más que reconstruir, ha acelerado la implosión. La narrativa sugiere que su intención no es salvar al PRI, sino capitalizar lo que quede: apropiarse de las ruinas, vender la marca como franquicia y permanecer como su último caudillo. Es un retrato duro, casi despiadado, pero difícil de rebatir frente a la evidencia de las derrotas recientes y las divisiones internas.
La docuserie brilla al mostrar el ritual priísta en todo su esplendor: los saludos coreografiados, las ceremonias de Estado, los informes presidenciales con aplausos medidos, las “cargadas” que parecían festivales de lealtad. Pero también exhibe la arrogancia del poder, el desgaste inevitable de un partido que confundió eternidad con impunidad.
Al final, “PRI: Crónica del Fin” no es solo un relato de cómo se acabó un partido. Es también una radiografía de cómo se construyó un país, con sus luces y sus sombras. El PRI fue padre y verdugo de la democracia mexicana; engendró modernización y corrupción; promovió estabilidad y represión. Por eso su caída no se entiende sin asumir que sus métodos, sus ritos y sus vicios siguen vivos en otros partidos que heredaron la escuela.
Lo más incómodo es que, al cerrar la serie, uno no solo piensa en el PRI que se fue. Piensa también en el México que queda. Porque si algo deja claro este documental es que el fin del PRI no significa el fin de sus prácticas. Y que, mientras figuras como Alito Moreno insistan en convertir la política en un negocio personal, las cenizas seguirán ardiendo al calor de millones de pesos.
Sin duda, vale la pena ver la serie, una producción que le suma mucho al debate nacional.
Opinión
Huachicol y otros demonios. Por Caleb Ordoñez T.
México lleva ocho años combatiendo el huachicol y el huachicol lleva ocho años ganándole por goleada. López Obrador inauguró su gobierno cerrando ductos y prometiendo mandar al huachicolero al museo de la corrupción del pasado. Ocho años y una transición después, México registró 2,563 tomas clandestinas solo en el primer trimestre de 2026: una cada 51 minutos. El huachicolero no murió. Evolucionó, se puso corbata y aprendió política.
¿Por qué Huachicol?
“Huachicol” nombró primero al alcohol adulterado, era una bebida que prometía una cosa y entregaba otra, antes de migrar a la gasolina robada y, ya en su versión de cuello blanco, al huachicol fiscal. Somos creativos para ponerles nombres folclóricos a nuestras tragedias.

Caleb Ordoñez Talavera
Y esto dejó de ser folclor hace mucho. En el primer trimestre del año, Hidalgo registró 731 tomas clandestinas; Jalisco, 578; el Estado de México, 189. Cuautepec de Hinojosa, un solo municipio de Hidalgo, acumuló 202 perforaciones en tres meses. Una toma clandestina cada 51 minutos no es el vecino con una manguera a las tres de la mañana. Es una industria con horario de oficina, y una industria necesita nómina: gente para sacar el combustible, pipas para moverlo, bodegas para guardarlo y empresas de papel para lavar las ganancias. Y para sostener el aparato durante años hace falta el insumo más caro de todos: suficientes autoridades dispuestas a no ver, no oír y no preguntar.
Aquí conviene hacer una pausa honesta. El gobierno tiene un argumento real que oponer a esto: los aseguramientos han aumentado, no disminuido, y parte de la razón por la que ahora “vemos” más huachicol es que se está buscando más que antes. Es cierto. El problema es que ese argumento explica el número de decomisos, no el de tomas clandestinas —que también aumentó—, y tampoco explica por qué las redes de corrupción y protección que hacen posible semejante negocio han logrado sobrevivir durante ocho años. Encontrar más droga no prueba que se esté ganando la guerra contra el narco; encontrar más huachicol tampoco prueba que se esté ganando esta.
La escoba de Tabasco
Aquí entra Adán Augusto López. No existe sentencia que lo vincule con el huachicol ni está acreditado que perteneciera a La Barredora. Su problema es otro, y más incómodo: cuando gobernaba Tabasco, puso al frente de la seguridad pública a Hernán Bermúdez Requena, el hombre encargado de cazar exactamente a los delincuentes que terminó, presuntamente, dirigiendo.
Hoy Bermúdez está procesado como presunto jefe de “La Barredora”, organización señalada por extorsión, secuestro y robo de combustible. El hombre puesto a barrer el crimen de Tabasco terminó acusado de encabezar La Barredora llena de corrupción. Adán Augusto ha negado cualquier vínculo y no enfrenta cargos. Pero muchos tabasqueños aseguran que está involucrado.
Lo que no resuelve es la pregunta política: ¿cómo se gobierna un estado sin enterarse de lo que ocurre alrededor del propio jefe de Seguridad? Solo hay dos respuestas, y ambas son un problema. Si lo sabía, es gravísimo. Si no lo sabía, la pregunta es qué estaba gobernando exactamente. Para quien después llegó a secretario de Gobernación y hoy pretende conservar influencia en la definición electoral de 2027, ninguna cabe en un currículum, aunque ambas quepan en la política mexicana.
El huachicol aprendió a usar corbata
Mientras el país perseguía mangueras en el campo, el negocio se mudó a un piso más alto. El huachicol fiscal ni siquiera necesita perforar un ducto: puede bastarle un barco, una importación mal declarada, una empresa fachada y un pedimento aduanal firmado por la persona indicada. Cambió la camioneta por un escritorio y la manguera por un sello.
Las investigaciones han tocado ya a mandos vinculados con la Marina, la institución a la que López Obrador entregó el control de las aduanas para, supuestamente, erradicar la corrupción. Se le dieron las llaves de la puerta trasera a quien debía cuidarla. El pasado 17 de septiembre se conoció en Guanajuato el aseguramiento de 59 millones de litros de presunto combustible ilícito en diez tanques. Con una cifra así, preguntar solo quién manejaba la pipa es casi un acto de inocencia voluntaria. La pregunta es quién permitió construir la carretera —económica, institucional y política— por la que ese combustible circuló durante años.
Adán y la búsqueda incesante de gubernaturas
Tras el escándalo, Adán Augusto dejó la coordinación de Morena en el Senado y anunció que se dedicaría a tareas electorales rumbo a 2027, elección en la que se disputarán 17 gubernaturas para la que Morena ya registró 277 aspirantes. Lejos de desaparecer, sigue moviendo fichas: respalda públicamente a Andrea Chávez en Chihuahua, frente al alcalde de Ciudad Juárez, Cruz Pérez Cuéllar (favorito en encuestas), y participa en la operación territorial del partido en estados donde aún no se resuelven las candidaturas.
Es decir: mientras el país intenta averiguar cómo el crimen organizado penetró policías, gobiernos y negocios de combustible, uno de los políticos más salpicados políticamente por el caso sigue participando en la construcción del próximo mapa de poder. Solo en la política mexicana un escándalo de ese tamaño puede convertirse en escala y no necesariamente en lastre.
Los otros demonios
Nos acostumbramos a las fotografías de bidones y camionetas incendiadas —una imagen casi reconfortante porque colocaba al delincuente lejos del poder—. Pero un negocio capaz de producir miles de tomas clandestinas y sobrevivir durante ocho años no se explica únicamente desde abajo. Necesita perforadores, sí, pero también transportistas, empresarios y funcionarios que decidieron no complicarse la vida. Necesita, sobre todo, silencio comprado al mayoreo.
López Obrador creyó que bastaba con cerrar ductos. Sheinbaum enfrenta algo más incómodo: averiguar hasta dónde llegan las tuberías políticas que heredó y decidir —con nombres y cargos, no con comunicados— cuánto está dispuesta a seguirlas. Decomisar combustible es relativamente sencillo; investigar las redes de funcionarios, empresarios y protectores que permitieron que el negocio sobreviviera mientras el gobierno presumía combatirlo es otra cosa.
Ahí empiezan los otros demonios. Porque seguir una manguera es fácil. Lo verdaderamente peligroso es seguir el dinero y, de ahí, sin desviarse, seguir al poder mismo.
¿Alguien les pondrá un alto?
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