Opinión
CIEN MIL AFANES por FRANCISC RODRIGUEZ PÉREZ
Published
hace 14 añoson
Cien mil afanes…Francisco Rodríguez Pérez
Hoy quiero reflexionar acerca de los afanes de la vida. Es la esencia de la filosofía, al menos desde los puntos de vista de la sabiduría griega, de Sócrates. La filosofía de uno mismo, de la vida misma, para conocernos y reconocernos en ella.
Es una enseñanza sencilla, pero profunda. Entendible para el creyente cuando el autor es Jesús, el Maestro, el Hijo de Dios, sabiduría y autoridad; y también lo es para el “dudante”, para quien la filosofía de la vida diaria es también inevitable, ineludible, imprescindible…
De eso que trata la vida, sobresalen los afanes, las preocupaciones u ocupaciones. Tan simple, que es algo que quizá no lo podemos entender, pero experimentamos a diario.
¿Quién puede decir que no tiene problemas… económicos, familiares, emocionales o de cualquier otro tipo? Es allí, donde puede marcarse la diferencia con el mundo…
Nuestra sociedad vive las consecuencias del afán, eso que se conoce como estrés. Ese problema, causado por las tensiones del “día a día”, tiene mucha fuerza. En ese trajinar de la existencia, muchas veces descuidamos los aspectos espirituales de nuestra vida.
Y nos arrastra la inercia, nos envuelven las exigencias masivas; esto desencadena en la pérdida del gozo, la paz y la tranquilidad; en la pérdida del disfrute de las bendiciones que son, por citar ejemplos, la familia, la pareja, los hijos, los nietos, los amigos, los vecinos, los compañeros de trabajo…
Uno puede proceder, como lo hace Nicolás Dulor, en estos años, en una brillante reflexión, cuando cita y desmenuza el Evangelio de San Mateo 6:25-34, del que destaca: “Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?”
También podemos entender la situación desde una visión más terrenal, menos mística y religiosa, incluso más científica, humanista y voluntariosa, pero, sin duda, la expresión religiosa guarda un énfasis especial: Tras el Sermón de la Montaña, Jesús recomienda “No os afanéis”.
En el original uso del término, cuando se habla de “afán”, éste significa preocuparse ansiosamente; el término denota ansiedad, temor ansioso, preocupación, etc. Afanarse es lo mismo acosar, pelear, cansar, sudar , bregar, trabajar, forcejear, despachar, que pena, pesadez, ingratitud, diligencia, esfuerzo, ansia, deseo, agilidad o voluntad…
Lo que se condena, en todo caso, es ese afán como preocupación que parece nacer de la incredulidad y la desconfianza. Entre los judíos, los grandes rabinos aconsejaban y aconsejan que “la actitud de todo creyente hacia la vida, está constituida principalmente por una combinación de prudencia y serenidad… El que tiene pan en su canasta y dice: ¿Qué comeré mañana? Es un hombre de poca fe”.
Desde su explicación, Dulor identifica “siete argumentos en contra de la ansiedad”. Veamos algunos extractos:
1. Dios nos ha dado la vida y un complejo cuerpo cuya perfección, no deja de asombrar a los científicos de hoy. Entonces ¿Cómo no nos dará aquellas cosas más pequeñas que son necesarias para el cuidado de la vida?
Si alguien nos da un don que no tiene precio, podemos confiar que su generosidad será siempre magnífica, que no será sordo ni mezquino a nuestra necesidad.
2. “Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?”
En el Evangelio según San Mateo, Jesús prosigue hablando de las aves; su vida está desprovista de preocupación, Nunca almacenan lo que pueden llegar a necesitar en un futuro imprevisible; y sin embargo siguen viviendo. Se usan sencillos ejemplos para enseñarnos.
3. “¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo?”
Así intenta demostrarse lo inútil que resulta la preocupación o ansiedad.
La expresión puede interpretarse de dos maneras distintas. Puede significar que nadie, por más que se afane, puede aumentar de estatura.
Otro posible significado es: “Nadie soñaría con añadir un codo, como 40 centímetros, a su estatura… pero si tomamos la palabra en un sentido primario de ‘edad’ (porque ‘estatura’ es sólo un sentido secundario), la idea será ésta: ¿Cuál de vosotros, aunque ansiosamente os congojéis por ello, podrá agregar tanto como un paso a lo largo del camino de la vida?”.
Como sea, el afán es tan inútil como pretender aumentar de estatura o días de vida, indica la reflexión.
4. “Y por el vestido. ¿Por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; pero os digo que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos. Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe? No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos?”
Los lirios del campo son probablemente las amapolas y anémonas. Se dice que su belleza sobrepasa la de los mantos reales. Esas flores vivían un solo día, y después sólo servían para ser quemadas y ayudaban a las mujeres que querían hornear.
Esas flores son vestidas de una belleza que el hombre, en sus mejores intentos ni siquiera puede imitar. Si se otorga tanta belleza a una flor, que solamente vivirá unas pocas horas ¿cuánto más se hará a favor del hombre?
5. “Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas.”
Cuando dominaba el imperio romano, llevaba consigo la cultura griega y por ende su mitología, en la que había dioses egoístas, caprichosos e impredecibles…
La gente de entonces, como la de hoy, vivía atemorizada, preocupada, por si esos, sus dioses, se enojaban. No podían concebir otra posibilidad que no sea lo terrenal.
Los cristianos evocaron al “Padre Nuestro”, Padre celestial que siempre les daría las cosas que le pidieran.
6. “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.”
La demanda es un gran deber, el cual es suma y compendio de todos los deberes de los creyentes: La aceptación de la voluntad divina, y el propósito de ponerla por obra en sus vidas, es la primera manera de derrotar la preocupación. Un gran amor elimina cualquier otro interés y preocupación; con ello desaparece toda ansiedad.
7. “Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal”.
La preocupación, entonces, puede derrotarse aprendiendo el arte de vivir un día a la vez. La recomendación es enfrentar cada día según sus propias exigencias, sin preocuparse por un futuro imprevisible y por cosas que probablemente ni siquiera sucedan. La mayoría de los problemas que deben enfrentarse son los que jamás se presentan.
Dulor concluye que lo que realmente se prohíbe no es la prudencia que prevé el futuro a fin de tomar las medidas necesarias para responder, oportunamente, a sus demandas.
Lo malo es el afán, angustiarse por el mañana; temor ansioso, enfermizo que es capaz de eliminar toda posibilidad de gozo en la vida del creyente.
Entonces, la ansiedad es peor que inútil, es, incluso, directamente dañina para la salud. Dos enfermedades típicas de la vida moderna, la úlcera en el estómago y la trombosis coronaria, en muchos casos resultan de la excesiva preocupación.
Por el contrario, es un hecho médicamente comprobado que quienes más ríen, más viven. La ansiedad desgasta la mente y el cuerpo; afecta la capacidad de juicio; disminuye el poder de decisión y lo hace progresivamente; con ella, la persona es incapaz de enfrentarse a la vida.
Ante esa realidad, que nos atrapa y nos subyuga, hasta aprisionarnos, a veces, en las preocupaciones y las angustias, podemos recordar el “cheque por cien mil afanes” de Rudyard Kipling:
Si quieres amarme, bien puedes hacerlo / Tu cariño es oro, que nunca desdeño. Más quiero comprendas que nada me debes / Soy ahora el padre y tengo los deberes. Nunca en las angustias por verte contento / He trazado signos de tanto por ciento. Ahora pequeño quiero orientarte / Mi agente viajero llegará a cobrarte. Será un hijo tuyo gota de tu sangre / Presentará un cheque por cien mil afanes. Llegará a cobrarte y entonces mi niño /Como hombre honrado a tu propio hijo deberás pagarle.
Y adoptar la frase del gran poeta Salvador Díaz Mirón: “El ave canta, aunque la rama cruja: como que sabe lo que son sus alas”. ¡Hasta siempre!
Opinión
Inzunza: la decadencia del favorito. Por Caleb Ordóñez T.
Published
hace 2 semanason
May 29, 2026
Hay políticos que caen peleando. Hay políticos que caen defendiendo una causa. Y hay políticos cuya caída comienza mucho antes de que ellos mismos se den cuenta; cuando todavía sonríen en las fotografías oficiales y firman acuerdos con la soltura de quien cree que el futuro le pertenece.
La historia reciente de Enrique Inzunza Cázares parece pertenecer a esta última categoría.
Porque más allá de las acusaciones que enfrenta, más allá de los expedientes estadounidenses y más allá del ruido mediático que rodea a Sinaloa, hay algo que llama poderosamente la atención: Inzunza no se comporta como alguien que busca convencer al país de su inocencia. Se comporta como alguien atrapado en una partida de ajedrez donde cada movimiento tiene un único objetivo: sobrevivir un turno más. Viviendo en un eterno jaque.
Durante años fue presentado como uno de los hombres más inteligentes del círculo cercano de Rubén Rocha Moya. Jurista, magistrado, presidente del Supremo Tribunal de Justicia, secretario general de Gobierno y después senador de la República. Su ascenso fue tan rápido que muchos (casi todos) dentro de Morena en Sinaloa, lo veían como una especie de gobernador en espera.
No era un político de masas. No era un gran orador. No era un líder carismático.
Su poder provenía de otra parte: de la operación silenciosa, del control institucional, de la cercanía con el grupo gobernante y de una influencia que crecía discretamente, lejos de los reflectores, precisamente donde ese tipo de poder se cultiva mejor.
Por eso resulta tan revelador observar lo que ocurre hoy.Cuando un político es acusado injustamente, normalmente intenta salir a dar la cara. Busca entrevistas. Explica. Debate. Confronta. Construye una narrativa que lo sostenga mientras el temporal amaina.
Inzunza ha hecho exactamente lo contrario.
Los números lo dicen con una frialdad que ningún argumento político puede disfrazar.
Desde el 29 de abril de 2026, cuando el Departamento de Justicia de Estados Unidos hizo pública la acusación formal en su contra, Inzunza acumuló 21 días de ausencia en sesiones del Congreso. No pidió licencia. No renunció. Simplemente dejó de aparecer. Su única reaparición fue una fotografía en redes sociales junto a su madre, con ubicación en Batequitas, Badiraguato. Un político que dice no tener nada que esconder, escondido. Y cuando finalmente habló, lo hizo desde X, con una frase que revela más de lo que oculta:
«Soy abogado de mí mismo y me basta mi probidad.» Es la declaración de alguien que no quiere testigos en su defensa.
Y en política las formas importan tanto como los hechos, porque la percepción pública rara vez se construye únicamente con documentos judiciales. También se construye observando cómo reaccionan los protagonistas cuando el suelo comienza a moverse bajo sus pies.
Lo que proyecta Inzunza no es fortaleza. No transmite confianza. No parece un político concentrado en demostrar que las acusaciones son falsas.
Parece un político concentrado en administrar daños.
Esa imagen explica en buena medida por qué hoy se encuentra tan aislado. No porque Morena haya decidido abandonarlo de la noche a la mañana. No porque el Senado haya ejecutado una conspiración interna. Sino porque el propio Inzunza dejó de ser una apuesta rentable.
La política es brutalmente pragmática. Los partidos respaldan a quienes generan votos, estabilidad o futuro. Cuando un liderazgo comienza a representar riesgo, incertidumbre o desgaste, las distancias aparecen solas, sin reuniones, sin comunicados, sin rupturas formales. Simplemente aparecen.
Hace apenas unos meses su nombre figuraba entre los aspirantes más serios para suceder a Rocha en la gubernatura de Sinaloa. Hoy prácticamente nadie dentro del oficialismo habla de esa posibilidad. No porque exista una sentencia. No porque haya sido declarado culpable. Sino porque la candidatura dejó de ser viable.
Y en política la inviabilidad suele ser una condena mucho más rápida que cualquier resolución judicial.
Lo verdaderamente inquietante es que el caso de Inzunza trasciende a una sola persona.
Se convierte en un espejo incómodo para todo el sistema político mexicano.
Lo que hace singular el caso de Inzunza no es la acusación en sí. Es la arquitectura que describe. Según el expediente estadounidense, Inzunza habría acompañado al gobernador
Rocha Moya a una reunión con Los Chapitos tras las elecciones de junio de 2021, cuando todavía era secretario general del gobierno estatal y en ese encuentro habrían acordado que el cártel tendría control sobre la Policía Estatal de Sinaloa. Si eso es cierto, no estamos hablando de un funcionario que recibió un sobre. Estamos hablando de una negociación institucional: el Estado cediendo su monopolio de la fuerza a cambio de estabilidad política.
Eso es algo cualitativamente distinto, y más perturbador, que la corrupción individual de siempre. No es un hombre que se corrompió. Es una institución que se ofreció.
Por eso el caso Inzunza genera tanta atención. No solo por sus detalles particulares, sino porque representa el choque entre dos narrativas que México lleva años intentando reconciliar sin éxito: la del político exitoso que parecía destinado a gobernar uno de los
estados más importantes del país, y la del funcionario que termina convertido en símbolo de una crisis de confianza cada vez más profunda.
Su tragedia política no consiste únicamente en las acusaciones.
Consiste en haber perdido aquello que realmente construye el poder: la credibilidad.
Cuando la gente deja de creer en tu futuro, el poder comienza a evaporarse. Cuando tus aliados dejan de apostar por ti, el aislamiento se vuelve inevitable. Cuando tu nombre genera más preguntas que certezas, las puertas empiezan a cerrarse, no con portazos, sino con la silenciosa delicadeza con que se cierra una puerta frente a alguien a quien ya no se espera.
Por eso Enrique Inzunza muy probablemente ya no será gobernador de Sinaloa. No porque un
juez lo haya decretado. No porque un partido lo haya expulsado. Sino porque la política mexicana ya comenzó a actuar como si ese futuro hubiera desaparecido.
Y pocas cosas son más devastadoras para un político que seguir ocupando un cargo mientras todos a su alrededor se comportan como si su historia ya hubiera terminado.
Esa es la verdadera decadencia.
No perder el poder. Sino ver cómo el poder te abandona: despacio, en silencio, sin siquiera molestarse en despedirse.

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