Opinión
EL MONO SABIO Y LAS BALADRONADAS DE HORACIO DUARTE Por Aquiles Córdova Morán
Los principales personeros del PRD en Texcoco están empeñados en una lucha “a muerte” (así dicen ellos) para expulsar de un predio de su legítima propiedad (como ellos mismos lo afirman cuando acusan al Lic. Enrique Peña Nieto, ex gobernador del Estado de México, de haber aportado todo el dinero para la compra del mismo) a un grupo numeroso de familias mexiquenses que, carentes de vivienda, pretenden hacerse de una en el predio de referencia. Los “argumentos” de la élite del perredismo texcocano (Higinio Martínez, Constanzo de la Vega y el propio Horacio Duarte, brazo ejecutor y vocero autorizado de todos ellos, entre otros), como la famosa Wittib Hurtig de la tragedia de Shakespeare, no tienen, literalmente, por dónde cogerlos para intentar una comprensión racional de los mismos. Son un amasijo de mentiras, incalificables atropellos a las garantías constitucionales de los mexicanos, demagogia barata para despertar atavismos elementales de sus seguidores y lanzarlos contra los pobres sin vivienda, y afirmaciones caprichosas, revueltas con exigencias absurdas y amenazas desembozadas que no tienen más sustento que la soberbia y la prepotencia de esos señores que, por lo visto, se sienten superiores a todo y a todos, incluida la Constitución General de la República.
Las mentiras. Mienten cuando dicen que se trata de una “invasión”, pues, además de contradecirse flagrantemente, como ya queda dicho, existe la documentación que demuestra que los posesionarios efectuaron una compra absolutamente legal con el dueño legítimo del predio; mienten cuando acusan a los dirigentes antorchistas de fraccionamiento “ilegal” o “clandestino”; le ocultan a la opinión pública que los dueños del inmueble tienen cubiertos a satisfacción todos los requisitos necesarios para obtener el permiso correspondiente para fraccionar, lo que no ha ocurrido por el escándalo perredista que ha inhibido a la autoridad encargada de expedirlo; mienten cuando afirman que los “antorchos” están acabando con los terrenos agrícolas de Texcoco; es el propio plan de desarrollo urbano del municipio, que no hicieron los antorchistas, el que declara al predio en litigio apto para vivienda; mienten cuando “alertan” que “ese asentamiento” agravará la escasez de agua; ocultan que el predio cuenta con su propio pozo, cuyo caudal es suficiente hasta para dar agua a fraccionamientos vecinos; mienten descaradamente cuando hablan de “invasores provenientes de diversos estados del país”; todos, absolutamente todos, son mexiquenses y todos vivían ya en Texcoco con permiso y apoyo de los mismos que ahora los satanizan (predio Hidalgo y Carrizo); los antorchistas sólo los ayudan a reubicarse.
Los atropellos a la ley. Violan la Constitución al “exigir la expulsión” de los “antorchos” de su legítima propiedad y de Texcoco, del cual, por lo visto, se creen los dueños indiscutibles. En efecto, tal reclamo hace nugatoria la disposición constitucional que reconoce a todo ciudadano el derecho a una vivienda digna; y niega, también, la plena libertad de los mexicanos para ubicar su domicilio en cualquier parte del territorio nacional, sin tener que pedir permiso a nadie. Vulneran gravemente, además, el orden constitucional, al erigirse en fiscales, jueces y ejecutores de la sentencia en su propia causa, es decir, al tratar de imponer por la fuerza su voluntad y sus intereses, contrarios a la ley, a las autoridades ejecutivas y judiciales del estado y del municipio. No existe país en el mundo que pueda vivir en paz y prosperar si los ciudadanos toman la justicia en sus propias manos. Finalmente, hacen demagogia de muy baja calidad (y con fines aviesos, que es lo peor) cuando, acusando falsamente a los necesitados de vivienda de no ser “mexiquenses” ni “texcocanos”, enarbolan un patrioterismo de cotón y huarache y el más ridículo de los chovinismos (el localismo extremo elevado a la altura de máxima virtud ciudadana) con el propósito de despertar el odio mortal, el empecinamiento irracional de “ganar a como dé lugar”, la decisión de llegar “hasta donde sea necesario” aunque “corra sangre” (por cierto, “abogado” Duarte: ¿ya les explicó a sus seguidores de quién será la sangre que corra? Porque, evidentemente, no habla de la de usted, ¿o sí?), todo con tal de llevar a los buenos y pacíficos (como todos los mexicanos que viven de su trabajo) colonos y campesinos de Cuautlalpan, a un enfrentamiento con sus hermanos de pobreza, de sufrimientos y de esperanza en una vida mejor.
Y la cereza del pastel. Luego de vomitar tales invectivas y mortales amenazas contra los modestos y pacíficos antorchistas que buscan un lugar donde vivir, Horacio Duarte sentencia: si “corre sangre”, la culpa será del gobernador Eruviel Ávila, de Enrique Peña Nieto y de Aquiles Córdova. Y es este último dislate de loca arrogancia, el que me hizo recordar la fábula del mono sabio que viene como anillo al dedo al perredismo texcocano:
Érase un mono el juez, y érase un gato
y un ratón en contienda tan reñida,
que inmensa muchedumbre allí reunida
esperó la sentencia largo rato.
El pleito era porque, cruel e ingrato,
el micifú, con hambre envejecida,
pretendía concluir la triste vida
del mísero ratón, con duro trato.
Púsose el juez la mano en el hocico
y sentenció, por fin, deliberando:
“¡déjese usted comer y cierre el pico!”
“¿Por qué?”, dijo el ratón jirimiqueando;
“¡porque él es grande, porque usted es chico,
y, últimamente, porque yo lo mando!”
Éste es el tipo de “justicia”, la de todos los dictadores o aspirantes a serlo, la que “exigen” los perredistas texcocanos. Sólo que ni el gobierno mexiquense es el mono sabio, ni Antorcha es el ratón de la fábula. Quienes nos amenazan con tanta petulancia y desprecio, harían bien en pensarse mejor las cosas por el bien de todos.
Opinión
Huachicol y otros demonios. Por Caleb Ordoñez T.
México lleva ocho años combatiendo el huachicol y el huachicol lleva ocho años ganándole por goleada. López Obrador inauguró su gobierno cerrando ductos y prometiendo mandar al huachicolero al museo de la corrupción del pasado. Ocho años y una transición después, México registró 2,563 tomas clandestinas solo en el primer trimestre de 2026: una cada 51 minutos. El huachicolero no murió. Evolucionó, se puso corbata y aprendió política.
¿Por qué Huachicol?
“Huachicol” nombró primero al alcohol adulterado, era una bebida que prometía una cosa y entregaba otra, antes de migrar a la gasolina robada y, ya en su versión de cuello blanco, al huachicol fiscal. Somos creativos para ponerles nombres folclóricos a nuestras tragedias.

Caleb Ordoñez Talavera
Y esto dejó de ser folclor hace mucho. En el primer trimestre del año, Hidalgo registró 731 tomas clandestinas; Jalisco, 578; el Estado de México, 189. Cuautepec de Hinojosa, un solo municipio de Hidalgo, acumuló 202 perforaciones en tres meses. Una toma clandestina cada 51 minutos no es el vecino con una manguera a las tres de la mañana. Es una industria con horario de oficina, y una industria necesita nómina: gente para sacar el combustible, pipas para moverlo, bodegas para guardarlo y empresas de papel para lavar las ganancias. Y para sostener el aparato durante años hace falta el insumo más caro de todos: suficientes autoridades dispuestas a no ver, no oír y no preguntar.
Aquí conviene hacer una pausa honesta. El gobierno tiene un argumento real que oponer a esto: los aseguramientos han aumentado, no disminuido, y parte de la razón por la que ahora “vemos” más huachicol es que se está buscando más que antes. Es cierto. El problema es que ese argumento explica el número de decomisos, no el de tomas clandestinas —que también aumentó—, y tampoco explica por qué las redes de corrupción y protección que hacen posible semejante negocio han logrado sobrevivir durante ocho años. Encontrar más droga no prueba que se esté ganando la guerra contra el narco; encontrar más huachicol tampoco prueba que se esté ganando esta.
La escoba de Tabasco
Aquí entra Adán Augusto López. No existe sentencia que lo vincule con el huachicol ni está acreditado que perteneciera a La Barredora. Su problema es otro, y más incómodo: cuando gobernaba Tabasco, puso al frente de la seguridad pública a Hernán Bermúdez Requena, el hombre encargado de cazar exactamente a los delincuentes que terminó, presuntamente, dirigiendo.
Hoy Bermúdez está procesado como presunto jefe de “La Barredora”, organización señalada por extorsión, secuestro y robo de combustible. El hombre puesto a barrer el crimen de Tabasco terminó acusado de encabezar La Barredora llena de corrupción. Adán Augusto ha negado cualquier vínculo y no enfrenta cargos. Pero muchos tabasqueños aseguran que está involucrado.
Lo que no resuelve es la pregunta política: ¿cómo se gobierna un estado sin enterarse de lo que ocurre alrededor del propio jefe de Seguridad? Solo hay dos respuestas, y ambas son un problema. Si lo sabía, es gravísimo. Si no lo sabía, la pregunta es qué estaba gobernando exactamente. Para quien después llegó a secretario de Gobernación y hoy pretende conservar influencia en la definición electoral de 2027, ninguna cabe en un currículum, aunque ambas quepan en la política mexicana.
El huachicol aprendió a usar corbata
Mientras el país perseguía mangueras en el campo, el negocio se mudó a un piso más alto. El huachicol fiscal ni siquiera necesita perforar un ducto: puede bastarle un barco, una importación mal declarada, una empresa fachada y un pedimento aduanal firmado por la persona indicada. Cambió la camioneta por un escritorio y la manguera por un sello.
Las investigaciones han tocado ya a mandos vinculados con la Marina, la institución a la que López Obrador entregó el control de las aduanas para, supuestamente, erradicar la corrupción. Se le dieron las llaves de la puerta trasera a quien debía cuidarla. El pasado 17 de septiembre se conoció en Guanajuato el aseguramiento de 59 millones de litros de presunto combustible ilícito en diez tanques. Con una cifra así, preguntar solo quién manejaba la pipa es casi un acto de inocencia voluntaria. La pregunta es quién permitió construir la carretera —económica, institucional y política— por la que ese combustible circuló durante años.
Adán y la búsqueda incesante de gubernaturas
Tras el escándalo, Adán Augusto dejó la coordinación de Morena en el Senado y anunció que se dedicaría a tareas electorales rumbo a 2027, elección en la que se disputarán 17 gubernaturas para la que Morena ya registró 277 aspirantes. Lejos de desaparecer, sigue moviendo fichas: respalda públicamente a Andrea Chávez en Chihuahua, frente al alcalde de Ciudad Juárez, Cruz Pérez Cuéllar (favorito en encuestas), y participa en la operación territorial del partido en estados donde aún no se resuelven las candidaturas.
Es decir: mientras el país intenta averiguar cómo el crimen organizado penetró policías, gobiernos y negocios de combustible, uno de los políticos más salpicados políticamente por el caso sigue participando en la construcción del próximo mapa de poder. Solo en la política mexicana un escándalo de ese tamaño puede convertirse en escala y no necesariamente en lastre.
Los otros demonios
Nos acostumbramos a las fotografías de bidones y camionetas incendiadas —una imagen casi reconfortante porque colocaba al delincuente lejos del poder—. Pero un negocio capaz de producir miles de tomas clandestinas y sobrevivir durante ocho años no se explica únicamente desde abajo. Necesita perforadores, sí, pero también transportistas, empresarios y funcionarios que decidieron no complicarse la vida. Necesita, sobre todo, silencio comprado al mayoreo.
López Obrador creyó que bastaba con cerrar ductos. Sheinbaum enfrenta algo más incómodo: averiguar hasta dónde llegan las tuberías políticas que heredó y decidir —con nombres y cargos, no con comunicados— cuánto está dispuesta a seguirlas. Decomisar combustible es relativamente sencillo; investigar las redes de funcionarios, empresarios y protectores que permitieron que el negocio sobreviviera mientras el gobierno presumía combatirlo es otra cosa.
Ahí empiezan los otros demonios. Porque seguir una manguera es fácil. Lo verdaderamente peligroso es seguir el dinero y, de ahí, sin desviarse, seguir al poder mismo.
¿Alguien les pondrá un alto?
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