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Opinión

Elogio de la vejez por VICTOR OROZCO

ELOGIO DE LA VEJEZ

Víctor Orozco

El pasado 24 de septiembre la organización Girasoles, Centro de Desarrollo Integral para el Adulto Mayor, A.C., entregó su presea anual, instituida para reconocer a quienes han llevado una larga vida activa. Fue merecedor de este galardón el doctor RMuñozoberto Vázquez , médico originario de Durango, quien por más de seis décadas, ha ejercido la medicina en Ciudad Juárez. No solo ha sido un profesionista que ha desempeñado su oficio con excelencia y con espíritu solidario, sino ha llevado su compromiso vital a la coordinación de esfuerzos para transformar la sociedad. Desde la década de los sesentas, dirige la Alianza Cívico Demócrata Juarense y edita el periódico Cuauhtémoc, impreso propagador de causas anticapitalistas y libertarias. Si el objetivo es laurear a personas caracterizadas por el trabajo, la perseverancia, la congruencia entre el pensar y el hacer, con seguridad hay muy pocas a la altura del Dr. Vázquez Muñoz. A sus 88 años, quien desee aprender lecciones de vida, puede ir los domingos a la plaza de armas de Ciudad Juárez y escuchar sus llamados a la organización popular, sus denuncias contra la corrupción, sus palabras esperanzadoras de una nueva sociedad sin explotadores. O bien, los jóvenes médicos, pueden asimilar la enseñanza de ejercer la profesión con sentido social, como lo ha hecho el galardonado en el hospital general, durante medio siglo. El discurso del doctor Vázquez Muñoz, así como la sonora intervención de un ameritado colega suyo, el doctor Humberto Berlanga, geriatra prestigioso, quien a sus noventa años, sigue, me dijo: “ayudando a vivir a los viejitos”, me despertaron múltiples reflexiones sobre la senectud. El tema es tan antiguo como la civilización, pero quizá nunca haya cobrado mayor relevancia que en nuestra época, poblada por millones de hombres y mujeres cuyas edades superan los 65 años. Según informa Girasoles, desde 1940 a la fecha la expectativa de vida en México creció 4.3 años por cada decenio, comenzando en 45 por aquella fecha, para llegar a 75 de promedio en la actualidad. Es decir, tenemos ahora más tiempo para cumplir propósitos y llenar de vida nuestros años. Los avances en la prevención y tratamiento de enfermedades, los nuevos y pasmosos descubrimientos científicos sobre el comportamiento del cerebro humano, la ampliación de servicios médicos, han posibilitado el hecho. Y, ya que gozamos de mayores plazos ¿Qué hacer con estas extensiones?. Se puede recurrir a legiones de pensadores quienes han cavilado a profundidad sobre la vejez. Imposible siquiera intentarlo. Así que me conformo en este ensayo con acudir a tres de ellos. El primero es un clásico, Marco Tulio Cicerón quien fue ejecutado a los 63 años, en el 43 antes de nuestra era. El célebre abogado y tribuno romano, escribió su famoso tratado apologético de la edad madura un año antes de morir. Los pensamientos que dejó han quedado grabados en piedra, sin tiempo alguno en el que no hayan sido consultados. A la descalificación de los ancianos por la decadencia de las capacidades físicas, Cicerón repuso: “Las grandes empresas no se realizan con la fuerza, con la agilidad y con la rapidez corporal sino con la prudencia, con el prestigio y con el entendimiento; cualidades de las que no suele estar privada la vejez sino que, por el contrario, experimentan en ella un crecimiento”. Existe una cierta inercia en los modos de pensar, que nos viene quizá de esta arraigada concepción religiosa según la cual esta vida es un valle de lágrimas que puede prolongar sus sufrimientos o terminarlos según si vamos al infierno o al cielo. Uno de sus corolarios supone el agravamiento de males a medida que nos acercamos a la muerte. Y entre esas desdichas están los achaques de los viejos: se vuelven irascibles, avaros, pierden la memoria, por decir lo menos. Cicerón relativiza este juicio: se viven ancianidades diferentes, según cómo se ha construido el carácter de cada individuo. Así como no todo vino se avinagra con el tiempo, tampoco toda naturaleza se avinagra con la vejez, constata. De seguro una de las confirmaciones más evidentes de esta máxima ciceroniana, es la vida de Rita Levi-Montalcini, científica italiana fallecida a los 103 años apenas el 30 de diciembre pasado. Fue ella quien descubrió -en medio de todas las penalidades y privaciones acarreadas para una mujer, judía y librepensadora, en la Italia de Mussolini-, cómo se desarrollan y renuevan las células del sistema nervioso. Estos “factores de crecimiento” cómo les llamó estuvieron en duda por varias décadas, hasta que otros trabajos científicos confirmaron su existencia. La descubridora recibió por ello el Premio Nobel en 1980. A esta menuda mujer, se le preguntó en una entrevista que dio a los 97, -¿Qué haría hoy si tuviera 20 años?. La respuesta ágil e inmediata fue: – ¡Pero… si estoy haciéndolo!. Es decir, pensando, investigando y… encabezando una ingente labor internacional para lograr que niñas de países africanos pudieran estudiar y superarse. La clave, para arribar a esta cumbre, solía decir, “es mantener curiosidades, empeños, tener pasiones…”. Lejos de aceptar el destino de arrumbados, arrecholados, como decía en su discurso Vázquez Muñoz, los senectos en quienes pensaba Rita Levi, se mantienen vigentes y recuperan para sí mismos y para la sociedad, uno de los valores de mayor relevancia para esta última: la acumulación de saberes y experiencias. Entre los incontables casos de hombres y mujeres distinguidos por sus largos años de vida activa, se encuentra también Bertrand Russell, el conocido filósofo agnóstico, matemático, pacifista y luchador social. Estuvo muy cerca de ajustar los 98 años y produjo algunas de sus obras maestras después de los noventa. A lo largo de esta prolongada existencia, buscó ajustarse a una divisa adoptada en sus años mozos: tratar de vivir sin temores, ni a la represión social o política, ni a dios, ni al ridículo, ni al infierno y en los años finales, ni a la muerte. En las postrimerías de su vida, proclamaba desafiante: “Al contrario del esquema habitual, me he hecho gradualmente más rebelde a medida que envejezco”. Asumía, desde luego, que ya no estaba en condiciones de emprender tareas propias de jóvenes o individuos de la mediana edad, si aquellas implicaban usos de pericias físicas. La rebeldía aludida era intelectual: contra dogmas, imposiciones, autoritarismos, abusos, miedos. Inmejorable testimonio de ello fue la organización y dirección del Tribunal Russell para juzgar al presidente de los Estados Unidos por los crímenes contra la humanidad cometidos en Viet Nam. Frisaba entonces los 96 años y la muerte ya no le causaba ninguna aprensión. Se atenía a una idea cultivada con esmero: , “…en un anciano, que ha conocido las alegrías y las tristezas humanas, que ha terminado la obra que le cabía hacer, el temor a la muerte es algo abyecto e innoble. El mejor modo de superarlo —por lo menos, ésta es mi opinión— consiste en ampliar e ir haciendo cada vez más impersonales sus intereses, hasta que, poco a poco, retrocedan los muros que encierran al yo, y su vida vaya sumergiéndose crecientemente en la vida universal” Se dirá que los referentes mencionados constituyen ejemplos inalcanzables e inaplicables para la vida cotidiana y el común de los mortales como somos la inmensa mayoría. No se crea eso. Bien podemos hablar del anciano o anciana que en su taller familiar, en la cocina, en el gimnasio, en el salón de baile, en la sala de debates, en las redes sociales, en labores altruistas, en asesorías a jóvenes emprendedores o investigadores, en conferencias, en la producción de arte, en la innovación de sus antiguos oficios, en la crítica social, en el aula, en el centro de idiomas… y así hasta el infinito, han empleado esa maravilla, como habría de calificarse al ocio productivo, para vivir mejor y hacer mejor la vida de los otros. No está demás señalar que las ayudas y reconocimientos debidos a los ancianos, (las primeras otorgadas por los gobiernos a cuenta-gotas) constituyen una óptima inversión para la salud de las colectividades. Hemos de congratularnos que grupos como Girasoles premien y destaquen a hombres y mujeres cuyas vidas son modelos en realizaciones y enterezas, como es el caso de Roberto Vázquez Muñoz.

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Opinión

Andy: un apellido no basta. Por Caleb Ordóñez T.

Andrés Manuel López Beltrán heredó uno de los apellidos más poderosos de México. También heredó algo mucho más difícil de cargar: la costumbre nacional de nunca verlo a él, sino siempre a través de su padre.

Ser hijo de un expresidente ya es complicado. Serlo de Andrés Manuel López Obrador es otra categoría: crecer bajo la sombra de un hombre al que millones consideran el político más transformador de su generación y otros millones culpan de buena parte de los problemas del país. AMLO no admite tibieza. Y ahora Andy descubre que la polarización también se hereda, con intereses acumulados.

Caleb Ordoñez Talavera

Durante años estuvo cerca del poder institucional sin asumir formalmente sus costos. Participó en la construcción del movimiento de su padre, tuvo influencia real dentro del obradorismo, pero respetó, al menos públicamente, el acuerdo familiar de no buscar cargos de elección mientras López Obrador gobernara. El sexenio terminó. El acuerdo, también.

El aparato

En 2024, Andy asumió la Secretaría de Organización de Morena, el puesto que en cualquier partido mexicano equivale a controlar buena parte del músculo: padrón, estructura territorial y movilización. Bajo su gestión, Morena presumió haber superado los 12 millones de militantes, una cifra extraordinaria que también despertó cuestionamientos sobre el proceso de afiliación. El partido la presenta como prueba de que el movimiento puede seguir creciendo aun sin su fundador al frente.

Después, de pronto, prácticamente desde la nada, dejó el cargo para buscar una diputación federal por Tabasco en 2027. Quizá sea un movimiento inteligente (o un salvavidas político) pues cambia el control del aparato por legitimidad de urna, algo que ningún acuerdo familiar ni ninguna cercanía con Palacio Nacional pueden regalarle. Es también, para sus adversarios, la prueba de que el heredero necesita ahora un mandato propio porque el apellido, por sí solo, empieza a no bastarle, sino a molestarle.

El símbolo que no calculó

El viaje a Japón fue el primer costo político serio de esa transición. Las imágenes y los señalamientos sobre hospedajes costosos chocaron frontalmente con la palabra que su padre convirtió en columna vertebral del obradorismo: austeridad. López Beltrán respondió que pagó el viaje con recursos propios y habló de un linchamiento. Puede tener razón en lo legal. El problema nunca fue si tenía derecho a gastar su dinero; fue no anticipar que, siendo quien es, ese gasto se leería como traición simbólica antes que como libertad personal.

Ningún asesor de López Obrador habría permitido esa fotografía. Y esa distancia entre el instinto político del padre y el del hijo dice más sobre Andy que cualquier discurso.

La carta que no le correspondía escribir

La revocación de su visa estadounidense abrió un capítulo distinto y aquí conviene la precisión: una decisión migratoria no es una sentencia. Hasta ahora no existe una acusación penal pública en Estados Unidos contra López Beltrán, y tratarlo como culpable a partir de una visa revocada sería tan irresponsable como el linchamiento que él mismo denuncia.

Lo que sí es criticable es la respuesta. Escribirle directamente a Donald Trump para reclamar una persecución política no es un exceso de carácter: es una confusión de investidura. México tiene Presidenta, canciller y embajada para gestionar la relación bilateral. Andy no conduce esa política exterior ni representa al Estado mexicano. Al actuar como si lo hiciera, no demuestra fuerza: demuestra que todavía no distingue entre tener influencia dentro de un movimiento y tener autoridad de Estado. Es exactamente el tipo de error que un político con oficio, empezando por su padre, difícilmente habría cometido en público.

El heredero imposible

Ahí está la verdadera paradoja de Andy: el apellido le abre prácticamente cualquier puerta política y, al mismo tiempo, le impide construir algo que sea solamente suyo. Quienes aman a López Obrador buscarán al padre dentro del hijo y se decepcionarán cuando no lo encuentren. Quienes lo detestan le cobrarán al hijo cuentas que nunca fueron suyas. Ambas cosas son injustas. Ninguna es evitable.

Andy puede heredar el obradorismo, pero no puede heredar a AMLO.

López Obrador dejó una consigna que sus seguidores repiten como mandamiento: no mentir, no robar, no traicionar al pueblo. Si Andy quiere una herencia real (no una curul, no una secretaría, no una multitud prestada) probablemente esa frase sea lo único que valga la pena reclamar como suyo.

Porque Andrés Manuel López Obrador tardó casi cuatro décadas en convertirse en AMLO. Su hijo nació siendo “Andy”. Si quiere hacer historia propia, tendrá que conseguir algo mucho más difícil que heredar el poder: lograr que México deje de preguntarse de quién es hijo.

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