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La verdad sobre el conflicto en Chalchihuapan, Puebla Por Aquiles Córdova Morán

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Una vez más, la jauría mediática poblana está  sobre los antorchistas del estado  combatiéndolos, como es su costumbre inveterada (de decenios, de siglos quizá, tantos que probablemente ya ni siquiera tengan conciencia de ello), con sus “mejores” armas, con su más refinado virtuosismo para tergiversar la verdadera naturaleza de los hechos y, a partir de allí, soltar el torrente de injurias, calumnias, acusaciones, condenas “inapelables” sin ningún asidero en la realidad ni en las reglas elementales del correcto discurrir, para culminar con un estentóreo “llamado” a la autoridad a “meter en cintura” a los alborotadores y chantajistas, hacer respetar los “derechos de terceros” y restablecer la paz y la tranquilidad públicas, perturbadas por “alborotadores” que sólo buscan su beneficio personal. Todo mundo sabe que esas ardientes profesiones de fe sobre la concordia y la justicia sociales, así como los “enérgicos llamados a aplicar la ley sin vacilaciones” apoyándose en las falsedades y calumnias que los mismos improvisados Savonarolas inventan con toda premeditación y mala fe, no tienen otro significado que hacer el trabajo sucio a las fuerzas represivas, maquillando preventivamente su actuación como una “simple y necesaria” aplicación del Derecho, que “debe ser parejo para todos”; y que tales “indignadas voces” no tienen nunca nada de espontáneo ni menos de gratuito, sino que son manejadas desde las oficinas de prensa de los gobiernos a cambio de una buena tajada del presupuesto destinado a la publicidad oficial. Todo mundo lo sabe, sí, pero muy pocos se atreven a decirlo.

La embestida actual de la prensa poblana a que me refiero, tiene como origen dos graves problemas que afectan a sendos grupos de ciudadanos que no hacen más que defenderse de los abusos y de la indiferencia con que los quieren tratar y someter minorías económicamente poderosas (caso Chalchihuapan) y el gobierno municipal de Puebla capital, respectivamente. Por razón de espacio y de claridad expositiva, hoy sólo me referiré al primero de dichos problemas. Según la versión de los medios, el asunto de Chalchihuapan estriba en que un “grupo de antorchistas”, haciendo uso de la violencia, pretende apoderarse de un inmueble destinado al culto de la Virgen de Guadalupe y de un predio aledaño al mismo, razón por la cual, ese grupo de “delincuentes” se ha enfrentado con piedras, palos, varillas, etc., a la feligresía del lugar, que defiende su templo y la propiedad anexa al mismo. Conclusión: el gobierno debe intervenir con toda energía para imponer la justicia y restablecer la concordia entre la población, para lo cual es necesario meter en la cárcel a los “líderes antorchistas” que encabezan el intento de despojo. Esta versión de los hechos es absoluta e intencionalmente falsa y calumniosa, pero necesaria, eso sí, para “fundamentar” la exigencia de represión en contra de quienes apoyan a la mayoría del pueblo de Chalchihuapan que reclama respeto a su legítimo derecho sobre los dos inmuebles en disputa.

La verdad, muy resumida, es la siguiente (y aquí tengo que reiterar lo que he dicho ya en múltiples ocasiones: los antorchistas no mentimos jamás, ni siquiera en legítima defensa, como lo prueban 38 años de estarnos defendiendo de todo tipo de ataques vertidos por sujetos de toda laya): hace 18 años (febrero de 1994), por acuerdo de todo el pueblo y con la aportación económica y el trabajo de cada uno de sus miembros, se levantó un edificio amplio, de dos plantas, en el atrio de la iglesia de San Bernardino, patrono de Chalchihuapan, que todo mundo reconoce como la original y verdadera parroquia del pueblo. El nuevo edificio resultaba indispensable para albergar actividades y servicios ligados al culto de San Bernardino, cuyo carácter masivo volvía casi imposible celebrarlos en el recinto de la parroquia; y así funcionó por espacio 18 años, sin ningún problema, hasta que un pequeño núcleo de la población, que con el tiempo había  acumulado una gran fortuna (y, como consecuencia de eso mismo, un altanero sentimiento de superioridad y de desprecio hacia sus “hermanos en Cristo” menos afortunados) comenzó a sentirse “rebajado” por tener que compartir la Sagrada Eucaristía con la “chusma mugrosa”. Por tanto, idearon “crear otro templo” bajo otra “advocación”, pues ni siquiera el culto al mismo santo querían compartir con el pueblo pobre. Y fue así como comenzaron a celebrar “su misa” en el edificio de dos pisos que pertenecía a todo el pueblo. Esto fue lo que detonó la primera fase del conflicto, no menos violenta y aguda que la actual. Después de muchas escaramuzas y enfrentamientos, con intervención de las autoridades civiles y eclesiásticas (que, dicho sea de paso, han puesto su cuota al diferendo nombrando un párroco exclusivo para el “nuevo templo”) se llegó a un acuerdo: el pueblo de San Bernardino accedía a “prestar” el inmueble a sus detentadores por espacio de un año, mientras éstos construían un templo adecuado al Sagrado Culto y a sus aristocráticas pretensiones. Pero ocurrió que dicho plazo se cumplió y se rebasó con creces, sin que los ricachos dieran señales de querer respetar el pacto y devolver el inmueble a sus legítimos dueños. Lejos de ello, procedieron a hacer adaptaciones y costosas inversiones al mismo, con el claro propósito de quedarse definitivamente con él.

Según apreciación personal del compañero Rosendo Morales Sánchez, quien es la cabeza del antorchismo en Santa Clara Ocoyucan, municipio al que pertenece Chalchihuapan, la gente humilde (que hace amplia mayoría en la comunidad),  con la nobleza y fe sincera que caracteriza a nuestro pueblo, después de tantos años de despojo, casi se había resignado a perder el inmueble. Pero la “aristocracia” de los ricachos, lejos de agradecer el gesto, decidió “ampliar” su templo y se  lanzó a construir sobre un área libre del propio atrio de San Bernardino. Fue este nuevo e increíble abuso, y no los antorchistas como dice la prensa, lo que enardeció al pueblo y revivió el conflicto en toda su crudeza: la gente así agraviada decidió recuperar no sólo el predio invadido, sino también el inmueble habilitado como templo Guadalupano, en abierta violación al pacto firmado. Y este acto de recuperación, provocado por la avaricia y prepotencia de los caciques, es lo que los medios informativos poblanos presentaron como “incursión violenta de un grupo de antorchistas” para despojar de sus propiedades a los “fieles católicos” de Chalchihuapan. A partir de ese momento, y apoyadas en esa sucia falacia mediática, las autoridades involucradas en el conflicto a favor de los caciques, han dejado caer todo su peso, todo su poder y toda su capacidad de presión y de amenaza sobre los dirigentes locales y estatales del Movimiento Antorchista, exigiéndoles que “saquen las manos” del conflicto y respeten la “legítima” posesión del inmueble por parte de los caciques usurpadores. A semejanza de aquel Mulláh que, habiendo perdido un denario en un lugar oscuro, se puso a buscarlo en otro sitio “porque allí había luz”, los poderes aludidos están empeñados en encontrar la solución donde es imposible hallarla, simplemente porque buscan en el lugar equivocado.

Sea como sea, a la vista de tan injusta como amenazante y equivocada presión de los poderes legales y fácticos, es que, en mi calidad de Secretario General del Antorchismo Nacional, veo necesario rechazar los infundios y tergiversaciones del conflicto, poner la verdad en su lugar y dejar muy preciso el verdadero papel de los antorchistas en el caso. Los dos primeros puntos quedan ya resueltos en lo dicho más arriba; respecto al tercero, diré brevemente que nosotros no somos los responsables del conflicto ni lo estamos atizando de ninguna manera; por el contrario, es gracias a la intervención, serenidad y mesura de nuestros dirigentes, que éste no se ha desbordado ni ha llevado tragedia y luto a los hogares en Chalchihuapan; y respecto a la solución de fondo, proponemos que todos los poderes que miran justa la necesidad de un templo Guadalupano, unan esfuerzo con los ricos de Chalchihuapan y juntos construyan un verdadero santuario, digno de la veneradísima Virgen María de Guadalupe, en un sitio adecuado donde quepan todos los detalles y lujos que a sus intereses y caprichos convengan, y dejen libre el inmueble que, tan sólo por tener dos pisos, dice a las claras que no fue pensado para ello ni es el santuario que la Guadalupana merece. Así, los caciques llevarán la paz a Chalchihuapan, recuperarán el respeto del pueblo y acrecentarán su capital político, que mucha falta les hace. Por mi parte, hago público compromiso del Antorchismo Nacional de respaldar a nuestros compañeros poblanos donde, cuando y como sea necesario, si no nos dejan de otra.

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FITUR: México está preparado. Por Caleb Ordóñez T.

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México no fue un invitado más en la Feria Internacional de Turismo, FITUR. Fue, durante varios días, una presencia viva, expansiva y profundamente simbólica que rebasó con naturalidad los límites del recinto ferial de IFEMA para instalarse en el pulso cotidiano de Madrid. El país no llegó con una sola postal ni con una narrativa uniforme: llegó con los 32 estados, con sus colores, ritmos, cocinas, acentos y visiones de futuro.

En la Gran Vía y Callao, los bailables jaliscienses dialogaban con el asombro de turistas de todo el mundo; en el aeropuerto de Barajas y en estaciones del Metro, el Caribe mexicano envolvía al viajero desde el primer trayecto con imágenes, sonidos y promesas de hospitalidad. Y en un gesto de altísima carga simbólica, el prestigiado artista y promotor cultural César Menchaca intervino la emblemática escultura del oso y el madroño en Puerta del Sol, vistiendo a Madrid con identidad mexicana sin caer en la caricatura ni en el folclor superficial. Fue una declaración clara: México no viene a pedir permiso, viene a dialogar de tú a tú con el mundo. Y ahí, con la presencia de los Reyes frente a frente, con las comunidades indígenas se demostró.

Esa presencia cultural no fue decorativa. Fue estratégica. Porque mientras la ciudad vibraba con México, el verdadero corazón del turismo internacional latía dentro del pabellón. De los casi 160 mil asistentes a la FITUR, alrededor de 140 mil tuvieron contacto directo con el stand mexicano, una cifra que por sí sola habla de interés, pero que se queda corta frente a lo verdaderamente relevante: las mesas de negociación, los acuerdos, los contratos y las rutas que se definen en silencio, lejos de los reflectores.

Ahí, dentro del mega pabellón, cientos de tour operadores mexicanos se sentaron con contrapartes de Europa, Asia, Medio Oriente y América Latina. Se discutieron nuevas rutas aéreas, ampliaciones de frecuencias, paquetes multidestino, inversiones hoteleras y desarrollos turísticos de largo plazo. Los números que circulan en reportes sectoriales y comunicados de la industria apuntan a expectativas de inversión acumulada para México que se cuentan en decenas de miles de millones de dólares hacia el cierre de la década, con impactos diferenciados por estado, pero con una lógica común: diversificar.

Estados como Morelos pusieron sobre la mesa su vocación de bienestar, salud y turismo cultural, reforzando su cercanía estratégica con la Ciudad de México. Aguascalientes sorprendió con una narrativa clara de turismo de reuniones, ferias y festivales, conectando tradición con logística moderna. Los pequeños Colima y Tlaxcala, con una estrategia fina y bien curada, lograron posicionarse como destinos auténticos e históricos, demostrando que el tamaño geográfico no limita la ambición turística cuando hay visión.

Porque FITUR dejó claro que México ya no se vende —ni se piensa— únicamente como sol y playa. Los Pueblos Mágicos tuvieron un protagonismo inédito: destinos de Oaxaca, Michoacán, Hidalgo, Chihuahua, San Luis Potosí o Zacatecas despertaron el interés de operadores especializados en turismo cultural, gastronómico, de naturaleza y de experiencias. El mensaje fue contundente: hay un México profundo listo para recibir al mundo, con productos turísticos maduros y con comunidades preparadas para integrarse a cadenas de valor globales.

En ese mismo eje, el Caribe mexicano mostró una exposición notable. El Fondo de Promoción Turística de Tulum lo destacó, como algo más que un destino afamado: sino como una marca con identidad, conciencia ambiental y alto valor cultural. Tulum habló de experiencias, de lujo responsable y de conexión con la herencia maya, una narrativa que conecta con el viajero europeo y asiático contemporáneo.

El Mundial: la mayor oportunidad de nuestra historia.

En ese contexto, el Mundial de Futbol 2026, apareció no solo como un gran evento deportivo, sino como el mayor catalizador turístico de nuestra historia reciente. México se proyectó en FITUR como el destino más deseado para los aficionados internacionales, muy por encima de Estados Unidos y Canadá. No por casualidad: aquí el futbol se mezcla con cultura, gastronomía, música y una hospitalidad que no se improvisa.

Jalisco, Nuevo León y, de manera muy destacada, la Ciudad de México entendieron la dimensión de su responsabilidad. La capital del país llegó con un discurso sólido, respaldado por el trabajo coordinado entre la Secretaría de Turismo de la CDMX y su fondo de promoción turística, mostrando capacidad logística, oferta cultural inagotable y conectividad aérea de primer nivel. Jalisco vendió identidad, fiesta y tradición; Nuevo León apostó por infraestructura, eventos y turismo de negocios. Los tres estados dejaron claro que están trabajando desde ahora para estar al cien ante el evento más importante del mundo.

Pero lo más relevante es que el Mundial no se concibe como un fenómeno aislado ni centralista. Otros estados saben que el volumen de visitantes será tan grande que muchos buscarán extender su estancia y conocer otros rincones del país. Y ahí aparece una de las ideas más poderosas que cruzó FITUR: en turismo, las barreras partidistas y las ideologías se vuelven irrelevantes cuando el objetivo es mostrar a México. El visitante no distingue colores políticos; distingue experiencias, seguridad, conectividad y hospitalidad.

Unidad, liderazgo y el reto de sostener el ritmo.

Esa lógica de unidad también tiene nombres propios. Y es que Josefina Rodríguez Zamora ha logrado algo poco común en la administración pública turística mexicana: construir liderazgo sin estridencia. En FITUR se notó una Secretaría de Turismo federal articuladora, respetada por los estados y escuchada por el sector privado. Sin presiones, sin regateos, sin imposiciones. Con una visión clara: alinear intereses para competir en el escenario global.

Esa articulación se refuerza con el papel de Bernardo Cueto, en su doble rol como secretario estatal y como presidente de la Unión de Secretarios de Turismo. La ASETUR funcionó en Madrid como un verdadero espacio de coordinación nacional, donde gobernadores y secretarios dejaron de lado diferencias políticas para asumir un propósito común: presentar a México como un solo gigante turístico, con la meta explícita de alcanzar el quinto lugar mundial en llegadas internacionales hacia 2030.

Los datos respaldan esa ambición. México ya se encuentra entre los países más visitados del mundo, y la tendencia de crecimiento posterior a la pandemia ha sido consistente. La conectividad aérea se expande, la inversión hotelera no se ha detenido y la demanda internacional busca cada vez más destinos auténticos, diversos y con identidad. México cumple con todo eso, pero el reto es mayúsculo: sostener el ritmo.

Porque el turismo no puede ser solo una cifra de llegadas. El gran desafío —y la gran promesa— es que se convierta en prosperidad compartida. Que la derrama económica no se concentre en unos cuantos polos, sino que llegue a comunidades rurales, a pueblos indígenas, a regiones históricamente marginadas. Que cada acuerdo firmado en FITUR tenga una traducción real en empleos, capacitación, infraestructura y bienestar local.

Por eso, el esfuerzo que se hace en ferias como FITUR va mucho más allá del brindis y la foto. Tiene que ver con contagiar una nueva perspectiva al país entero: entender que ser anfitriones del mundo implica profesionalización, planeación, sostenibilidad y orgullo. Implica también asumir que la competencia global es feroz y que no basta con tener belleza natural; hay que gestionarla bien.

Si esta inercia se mantiene —si este impulso estratégico, coordinado y visionario persiste— México tiene frente a sí una oportunidad histórica irrepetible. No exagero al decir que puede posicionarse como el gran gigante de los destinos turísticos globales. Pocos países pueden ofrecer, dentro de sus fronteras, playas, desiertos, selvas, ciudades milenarias, metrópolis contemporáneas, gastronomía reconocida mundialmente y una cultura viva que se reinventa sin perder raíces.

En Madrid quedó claro: México no es un destino, es un mundo completo. Y el mundo está emocionado por descubrirlo.

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