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Opinión

Leviatán. Por Raúl Saucedo

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NACIONES PANTALLA

El regreso de las letras por este medio después de casi un mes de ausencia se debe no solo al periodo de verano en el calendario, sino al estudio y observación de campo…he aquí el primer resultado de ello.

La filosofía política nos enseñó que el poder, para ser efectivo, debe ser concentrado y legitimado. Thomas Hobbes,en su obra cumbre, imaginó al Leviatán, un monstruo bíblico que representaba al Estado soberano, la única entidad capaz de poner fin a la guerra de todos contra todos. El Leviatán de Hobbes no era un tirano por capricho, sino un mal necesario al que los ciudadanos voluntariamente cedían sus derechos a cambio de seguridad y orden. Hoy, sin embargo, nos encontramos ante una nueva forma de poder, un Leviatán moderno que ha surgido de nuestras propias manos: las «naciones pantalla».

Estas «naciones», no son estados en el sentido tradicional. Son corporaciones tecnológicas (Google, Meta, Amazon) que han concentrado un poder económico, cultural y político que eclipsa al de muchos países. Al igual que el Leviatán, ejercen un control absoluto sobre su dominio, pero a diferencia de esta figura, lo hacen sin el pacto social ni la legitimidad democrática. No necesitan pedirnos nuestro consentimiento en una asamblea, pues ya lo hemos entregado de forma tácita con cada clic, cada «me gusta» y cada dato que cedemos.

La analogía es inquietante. El Leviatán digital nos ofrece un tipo de seguridad: la comodidad de tener el mundo en la palma de la mano, el entretenimiento constante y la conexión con otros. A cambio, nos exige una obediencia absoluta. Estas empresas deciden qué información podemos ver y cuál no, manipulan el debate público a través de algoritmos opacos y monetizan la polarización. Han sustituido funciones estatales, gestionando el tráfico mejor que la policía, resolviendo disputas comerciales de forma más eficiente que cualquier oficina pública y orientando las elecciones con mayor impacto que cualquier medio tradicional.

El Leviatán de Hobbes tenía contrapesos; su poder estaba limitado por la voluntad de sus súbditos, que podían derrocarlo si no cumplía con su parte del pacto. El Leviatán digital, en cambio, opera sin contrapesos efectivos. No rinde cuentas ante parlamentos ni tribunales de la misma manera que lo haría un Estado. Cuando viola nuestra privacidad o fomenta la desinformación, las sanciones son, para estas empresas, meros «costos operativos».

La tiranía de estas naciones pantalla es sutil, pero profunda. Fragmentan nuestra atención, vulneran nuestra privacidad y erosionan el periodismo tradicional. Estamos viviendo arrodillados ante ellas, entregando nuestra soberanía a cambio de una ilusión de control. La pregunta no es si debemos apagar las pantallas, sino si estamos dispuestos a exigir que estas herramientas sirvan a los seres humanos y no al revés.

Sin embargo, frente a este panorama, no podemos caer en el fatalismo. La batalla por nuestra soberanía digital se libra en dos frentes: el individual y el colectivo. En el plano individual, la toma de conciencia es el primer paso. Debemos cuestionar nuestra relación con las pantallas, entender los mecanismos de la adicción y valorar nuestra privacidad como un bien fundamental, no como una moneda de cambio por servicios gratuitos. Significa ser críticos con la información que consumimos y con la forma en que interactuamos en estos ecosistemas. No se trata de un rechazo de la tecnología, sino de una nueva alfabetización cívica que nos enseñe a ser ciudadanos digitales, no súbditos.

En el plano colectivo, la respuesta debe ser política y regulatoria. Así como en el siglo XX los Estados limitaron el poder de los grandes monopolios industriales, hoy es urgente crear marcos legales que pongan un freno a la tiranía de las naciones pantalla. Es necesario exigir transparencia en sus algoritmos, proteger nuestros datos personales con leyes firmes y sancionar de manera efectiva la desinformación deliberada. Este es el gran desafío de nuestro tiempo: recuperar el control de las herramientas que hemos creado para que sirvan a la democracia y al bien común, en lugar de consolidar un poder que opera por encima de los gobiernos y de la voluntad popular.

@Raul_Saucedo

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Opinión

Marx Arriaga: cuando la educación se volvió trinchera. Por Caleb Ordóñez T.

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La salida de Marx Arriaga del aparato educativo federal cerró un capítulo ruidoso, pero no el libro completo. Porque más allá del personaje, lo que deja este episodio es una historia conocida —aunque pocas veces contada con calma— sobre cómo la educación en México suele administrarse: entre egos, cuotas y pulsos políticos que poco tienen que ver con lo que pasa dentro del salón de clases.

Arriaga no fue un funcionario gris. Al contrario: fue protagonista. Defendió con convicción una visión específica de los libros de texto gratuitos y convirtió su gestión en una causa. Eso lo volvió visible, influyente… y también prescindible. En educación, cuando el conflicto escala, el sistema rara vez se corrige; simplemente cambia de rostro.

Los números ayudan a dimensionar el tamaño del problema. Cada año, el Estado mexicano distribuye más de 150 millones de libros de texto gratuitos a través de la CONALITEG. Es uno de los programas editoriales más grandes del mundo. Pero ese volumen contrasta con la fragilidad del consenso que lo sostiene. Cambian equipos, cambian prioridades, cambian narrativas, y los libros —que deberían ser un punto de estabilidad— se convierten en terreno de disputa.

Mientras tanto, más de 1.2 millones de docentes en educación básica reciben materiales y lineamientos que se ajustan con rapidez, pero sin el mismo cuidado en la capacitación. El maestro no siempre sabe si el cambio responde a una mejora pedagógica o a una decisión política. Y cuando esa duda se instala, la implementación se vuelve irregular.

Los resultados están a la vista. En la última evaluación PISA disponible, México se mantuvo por debajo del promedio internacional: alrededor de 395 puntos en matemáticas, 415 en lectura y 410 en ciencias, frente a promedios globales que rondan los 470–480 puntos. No son cifras nuevas ni sorprendentes, pero sí persistentes. Y esa persistencia sugiere que el problema no es un sexenio ni un funcionario, sino un modelo que cambia formas sin transformar el fondo.

La historia de siempre: el botín político de la educación.

El caso Arriaga también expone cómo la educación suele operar como espacio de poder simbólico. Definir contenidos no es solo decidir qué se enseña, sino qué país se imagina. Por eso los debates se vuelven tan intensos y, a veces, tan poco técnicos. Se discute más el mensaje que el método, más la intención que el impacto real en el aprendizaje.

Desde fuera, esa dinámica proyecta una imagen incómoda. México aparece como un país que discute la educación desde la confrontación interna, no desde la mejora continua. En un contexto global donde el conocimiento, la innovación y las habilidades críticas son la moneda fuerte, esa señal pesa.

¿Se puede hacer distinto? Sí, pero requiere decisiones menos espectaculares y más estructurales.

Primero, sacar los contenidos básicos del vaivén político. No congelarlos, sino someterlos a revisiones periódicas con reglas claras, evaluaciones públicas y participación real de especialistas y docentes de aula.

Segundo, alinear libros, capacitación y evaluación. No tiene sentido rediseñar materiales si no se invierte con la misma fuerza en formar a quien los va a usar. Hoy, ese es uno de los grandes cuellos de botella.

Tercero, transparentar los procesos de decisión. Quién participa, con qué criterios y con qué indicadores de éxito. Cuando eso se aclara, baja la polarización y sube la confianza.

Y cuarto, recordar algo básico: enseñar a pensar es más rentable que imponer una visión. Los sistemas educativos más sólidos no son los más ideológicos, sino los más consistentes.

La salida de Marx Arriaga no arregla la educación mexicana, pero deja una lección útil: mientras los libros, los programas y las aulas sigan tratándose como territorios de poder, los cambios serán ruidosos y los resultados modestos.

La educación no debería ser el botín de nadie. Debería ser, simplemente, el proyecto más serio del país.

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