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Opinión

Pádel, el deporte mexicano que honra sus raíces. Por Caleb Ordóñez T.

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En el vasto panorama de los deportes, pocos fenómenos han tenido un ascenso tan meteórico y global como el pádel. Con raíces profundas en México, específicamente en el cálido puerto de Acapulco, este deporte no solo ha conquistado corazones, sino que también está rompiendo récords al convertirse en el deporte de mayor crecimiento en la historia moderna. ¿Quién diría que una idea casual del empresario Enrique Corcuera en los años 60 daría origen a esta revolución deportiva?

La historia del pádel comienza en Acapulco, cuando Corcuera, buscando aprovechar un espacio limitado en su casa —y un pequeño problema con el crecimiento de algunas hierbas en su jardín— diseñó una cancha de tenis con muros alrededor. Lo que nació como un entretenimiento privado pronto se transformó en un deporte que combina la intensidad del tenis con la estrategia del squash.

El pádel llegó a España en los años 70 y, desde entonces, inició su camino imparable hacia la internacionalización. Hoy, millones de personas lo practican, y su popularidad en países como Argentina, Italia y los Emiratos Árabes ha llevado a la creación de circuitos profesionales como el Premier Pádel Tour.

El puerto vuelve a vibrar

Es justamente el Premier Pádel el que ahora regresa al lugar donde todo comenzó: México. Que nuestro país sea sede de este circuito mundial no es solo un homenaje a sus orígenes, sino una señal de que México sigue siendo protagonista en la escena deportiva global. La llegada de este evento an Acapulco no solo pone al pádel en el centro de los reflectores, sino que también ofrece una oportunidad invaluable para reactivar el turismo y la economía del puerto.

Acapulco, con su historia como joya turística, necesita eventos de esta magnitud para regresar al mapa del turismo de primer nivel. Durante décadas, fue el destino predilecto de celebridades y líderes mundiales. Sin embargo, los últimos años han sido complicados, y el Premier Pádel no solo promete llenar hoteles y restaurantes, sino también recordar al mundo que Acapulco sigue siendo un lugar icónico.

Éxito a la mexicana, mas allá de la diversión.

En términos de sociología deportiva, el éxito del pádel radica en su accesibilidad y en la construcción de comunidad. Este deporte no discrimina por edad ni por condición física; es una actividad que reúne a personas de todas las edades, reforzando lazos sociales y promoviendo una vida activa. Su formato de dobles favorece la convivencia, y su dinamismo lo convierte en un espectáculo atractivo para espectadores y jugadores. Y claro, el “postpádel” es lo mejor (pregúntele usted a sus amigos “padeleros” a lo que me refiero). Desde Chihuahua hasta Yucatán, por todo el país ¡es un fenómeno impresionante!

No sorprende, entonces, que figuras deportivas de talla mundial hayan encontrado en el pádel una pasión. Lionel Messi, Cristiano Ronaldo, Gerard Piqué y Carles Puyol son fervientes aficionados, mientras que tenistas como Rafael Nadal y Novak Djokovic han adoptado el deporte como una actividad recreativa que complementa su entrenamiento. Incluso extenistas profesionales como Marta Marrero han convertido al pádel en su segunda carrera, alcanzando el número uno del mundo.

El regreso del pádel a México, específicamente a Acapulco, es más que un evento deportivo; es una oportunidad para fortalecer comunidades, potenciar el turismo y posicionar a nuestro país como un referente global. Si figuras como Messi y Nadal lo consideran una parte fundamental de sus vidas, ¿por qué no convertirlo en el motor que revitalice Acapulco y lleve su nombre a lo más alto del escenario internacional?

El pádel nació aquí y, con este impulso, es momento de que Acapulco renazca junto con él.

Opinión

Reforma caída, poder en disputa. Por Caleb Ordóñez T.

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La reforma electoral enviada por la presidenta Claudia Sheinbaum pretendía convertirse en una de las grandes piezas políticas de su primer tramo de gobierno. No era una iniciativa menor: implicaba tocar las reglas del sistema político mexicano, rediseñar parte de la representación legislativa y volver a colocar sobre la mesa una vieja bandera del obradorismo: abaratar la democracia mexicana. Sin embargo, lo que se anticipaba como una muestra de fuerza legislativa terminó convirtiéndose en el primer gran aviso de que el poder dentro de la coalición oficialista ya no funciona con obediencia automática.

La propuesta partía de una idea políticamente rentable: reducir costos y simplificar estructuras. Entre los puntos centrales estaba disminuir el número de senadores, modificar el esquema de representación proporcional y recortar gastos electorales que, desde la narrativa presidencial, siguen siendo excesivos para un país con enormes desigualdades sociales. También se buscaba actualizar reglas frente al uso de inteligencia artificial, bots y propaganda digital en campañas, bajo el argumento de que la política mexicana ya no puede seguir regulándose con instrumentos pensados para otra época.

Pero detrás del discurso de austeridad había un elemento mucho más sensible: la redistribución real del poder entre partidos.

Ahí apareció el primer muro inesperado. El Partido del Trabajo y el Partido Verde, aliados históricos de Morena, decidieron no acompañar la iniciativa. No fue una ruptura ideológica, sino una reacción de supervivencia política. Ambos entendieron que una reducción o modificación profunda en el sistema de representación proporcional podía afectar directamente su capacidad de conservar espacios legislativos propios. En otras palabras: Morena proponía una reforma pensada desde la lógica de partido dominante, mientras sus aliados la leyeron desde la lógica de partidos que necesitan reglas protectoras para seguir siendo relevantes.

La votación dejó una fotografía políticamente incómoda: Morena no logró reunir la fuerza suficiente para sacar adelante una reforma constitucional aun teniendo la Presidencia, mayoría simple y control narrativo del debate público.

Y esa derrota tiene consecuencias internas.

Porque más allá del revés legislativo, el episodio deja a la presidenta frente a una realidad que en política pesa mucho: el capital político no es permanente, se administra y también se erosiona. Dentro de Morena, la señal fue clara: si los aliados ya marcan distancia, también empiezan a moverse los grupos internos que observan hasta dónde llega realmente la capacidad presidencial de ordenar decisiones.

Eso obliga ahora a Claudia Sheinbaum a recuperar control interno. Y una de las rutas más previsibles es endurecer su influencia en la construcción de candidaturas. Lo que viene hacia 2027 puede ser un proceso mucho más cerrado, donde perfiles cercanos a Palacio Nacional busquen ocupar candidaturas a gubernaturas y diputaciones federales como mecanismo de blindaje político. Es decir: si el Congreso mostró límites, entonces la siguiente apuesta será construir una mayoría futura más disciplinada desde el origen.

En política mexicana eso suele traducirse en una lógica sencilla: menos concesiones territoriales y más control sobre quién llega.

Por eso no es casual que desde el entorno presidencial ya se hable del llamado “Plan B”.

La presidenta ha dejado claro que el fracaso de una reforma constitucional no significa renunciar al proyecto. El plan alterno consiste en avanzar por rutas secundarias: reformas legales ordinarias, ajustes administrativos y decisiones presupuestales que no necesiten mayoría calificada. Reducir financiamiento público a partidos, endurecer reglas de operación institucional y modificar mecanismos internos del sistema electoral pueden ejecutarse parcialmente sin tocar la Constitución.

Es una estrategia conocida: fragmentar una gran reforma en pequeñas decisiones acumulativas.

El cálculo político es evidente. Si no se puede ganar todo de una vez, se gana por partes.

Sin embargo, el costo político permanece. Porque esta votación también reveló algo más profundo: la coalición gobernante ya entró en una etapa donde cada aliado comienza a defender su propio futuro electoral.

Y cuando eso ocurre, cada iniciativa deja de ser solamente técnica para convertirse en una negociación de poder.

La reforma electoral no murió; simplemente abrió una nueva batalla.

Una donde ya no basta tener mayoría moral, narrativa presidencial o popularidad pública. Ahora también habrá que reconstruir disciplina política.

Y esa es quizá la prueba más delicada que enfrenta hoy la presidenta: demostrar que todavía puede ordenar a su propia mayoría sin fracturar el proyecto que la llevó al poder.

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