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Opinión

Un alcalde asesinado y la perpetua amenaza. Por Caleb Ordóñez T.

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La trágica y horrorosa muerte del alcalde de Chilpancingo, Alejandro Arcos, ha ensombrecido el arranque del nuevo gobierno y ha vuelto a poner en el centro del debate la estrategia de seguridad de México. Este asesinato no es un hecho aislado; se inserta en un contexto de violencia extrema que lleva años castigando al país y que ha sido el resultado de una estrategia fallida adoptada durante la administración de Andrés Manuel López Obrador, quien heredó otras dos sangrientas y fracasadas estrategias de los expresidentes Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto.

Caleb Ordóñez T.

El enfoque de “abrazos, no balazos” impulsado por el anterior gobierno se presentó como una alternativa humanitaria a la guerra frontal contra el narcotráfico, pero en la práctica resultó ser insuficiente para contener el impresionante poder que ostentan los cárteles. El intento de evitar confrontaciones directas con los grupos criminales generó un vacío de autoridad en muchas regiones del país, permitiendo que los cárteles se fortalecieran, multiplicaran y expandieran sus actividades. En lugar de reducir la violencia, la estrategia anterior se tradujo en un aumento de los homicidios y la impunidad. La muerte de Arcos es solo uno de los muchos ejemplos de cómo los grupos criminales continúan ejerciendo su poder sin restricciones y como pueden someter a gobernantes, sin recato.

El nuevo gobierno encabezado por Claudia Sheinbaum tiene la difícil tarea de revertir esta situación y devolver la seguridad a los ciudadanos. Es un reto inmenso, pero también una oportunidad para corregir el rumbo y establecer una nueva estrategia que se centre en recuperar la paz y debilitar a los cárteles. A diferencia de su predecesor, Sheinbaum ha prometido una estrategia más activa, basada en inteligencia e investigación, y este enfoque renovado es justo lo que se necesita para enfrentar la crisis de seguridad.

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Opinión

Estados Unidos comienza a sentir los efectos de una política de inmigración cercana a cero

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A un año del endurecimiento de la política migratoria impulsada por la administración del presidente Donald Trump, diversas comunidades y sectores económicos de Estados Unidos comienzan a registrar los efectos de una reducción sostenida de la población nacida en el extranjero. Hospitales, empresas, escuelas y organizaciones comunitarias enfrentan ausencias que ya impactan su funcionamiento cotidiano.

De acuerdo con estimaciones de Oxford Economics, la inmigración neta se ubica actualmente en alrededor de 450 mil personas al año, una cifra muy inferior a los dos o tres millones anuales registrados durante la administración anterior. En 2024, la población nacida fuera del país alcanzó el 14.8 por ciento del total nacional, el nivel más alto desde 1890, aunque la tendencia apunta a una desaceleración marcada.

Las restricciones incluyen el aumento de tarifas de visas, una reducción casi total en la admisión de refugiados, la caída en el ingreso de estudiantes internacionales y la eliminación de programas de estatus legal temporal. El gobierno federal ha informado la expulsión de más de 600 mil personas, mientras que funcionarios han señalado que el objetivo es aproximarse a un escenario similar al de la década de 1920, cuando la inmigración neta llegó a cero.

Los cambios ya se reflejan en distintas regiones del país. En Luisiana, empresas constructoras reportan escasez de mano de obra; en Virginia Occidental, hospitales han perdido médicos y enfermeras formados en el extranjero; y en ciudades como Memphis, ligas deportivas comunitarias han visto disminuir su participación. En zonas con alta presencia migrante, comercios, iglesias y eventos culturales registran menor afluencia por el temor a detenciones.

En Marshalltown, Iowa, una ciudad donde cerca del 19 por ciento de la población es extranjera y se hablan decenas de dialectos en las escuelas públicas, las consecuencias también son visibles. Plantas procesadoras han reducido personal por la expiración de permisos laborales, proyectos de construcción se han visto afectados y familias inmigrantes han optado por retirar a sus hijos de las aulas ante la incertidumbre.

El impacto se extiende a sectores clave como la salud, la agricultura y el cuidado de personas mayores, donde una parte significativa de la fuerza laboral es inmigrante. Autoridades locales, empresarios y académicos coinciden en que, aunque los empleadores buscan alternativas como la automatización o el traslado de operaciones, muchas actividades siguen dependiendo del trabajo presencial.

Especialistas advierten que, a largo plazo, una inmigración reducida podría agravar los efectos del envejecimiento poblacional y limitar el crecimiento económico, especialmente en comunidades que han dependido de la llegada de nuevos habitantes para sostener su desarrollo.

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