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Opinión

UN INDIO LLAMADO JUÁREZ por VICTOR M. OROZCO O.

UN INDIO LLAMADO JUÁREZ

Víctor Orozco

El 21 de marzo de 1806 nació un indígena zapoteca que andando el tiempo se convertiría en el mayor estadista generado en estas tierras. El hecho de por sí, es casi prodigioso, si tenemos en cuenta el envilecimiento al cual se había sometido a la población indígena durante el período de la colonia. Convertidos en parias y en eternos menores de edad, de cuando en cuando protagonizaban alguna inconformidad o revuelta, para caer de nuevo en la sumisión. Pocos de ellos montaron un caballo a lo largo de su vida y casi ninguno tuvo en sus manos un arma de fuego –si exceptuamos a los llamados bárbaros, quienes no habían sido subyugados- o pudo disfrutar de una cama, en algún puntito de la enorme geografía, aprendieron a cultivar el gusano para hilar la seda, pero jamás se vio a hembra o varón lucir alguna prenda de la distinguida tela, tampoco se conoce de alguien que reemplazara los ancestrales guaraches por las botas o botines, en muy raros casos se le permitió a un dedicado y tenaz labrador, vivir como los “vecinos”, fuera de los pueblos asignados y con parcela propia, el grueso de los indígenas no hablaban español, la lengua franca en todo el imperio, por lo cual estaban impedidos para comunicarse más allá de sus aldeas o pequeñas regiones, ni siquiera podían cambiar de la parroquia a la cual estaba ordenado su pueblo o ranchería, vestían sus trajes propios, pero éstos les eran diseñados por los amos, misioneros o curas, para mejor controlar sus movimientos, si un europeo o criollo cometía algún delito, era juzgado, si lo hacía un indígena, según fuera la falta, en el mismo terreno y momento, se le azotaba o se le ahorcaba, en todo caso, siempre tenían la amenaza del chicote o la vara de membrillo sobre sus espaldas, al principio hubo indígenas como los rarámuris de Chihuahua, que se creyeron en la prédica de la igualdad frente al dios único y quisieron comportarse como sus hermanos cristianos españoles, para caer pronto en la cuenta que en las iglesias recién construidas había lugares diferentes y que nadie de entre ellos podía aspirar a ser ministro de dios, quien reinaba de manera distinta para unos y otros, supieron del papel, de los escritos y de los libros, pero era lo mismo encontrar un garbanzo de libra que a un indio lector o escritor, también conocieron las espadas y los sables, pero nunca aprendieron a manejarlas y a lo más, quienes lo requerían para ejecutar sus labores para cortar caña o desbrozar montes, utilizaron el machete, de otra cosa que morrongos, tortilleras, peones de obras, restregadoras de pisos y oficios por el estilo, no se sabe del poseedor de algún otro que hubiese entrado a los palacios públicos o las mansiones privadas, vistas las penalidades para quien portara arriba de unos cuantos reales en la bolsa, de hecho apenas sí conocieron el dinero, …y así podíamos seguir, ocupando páginas enteras para enumerar todas las discriminaciones, indignidades y marginaciones de los indígenas en el tiempo que nació nuestro hombre.

La conquista fue sin duda una empresa portentosa. En doscientos cincuenta años, antes de que el expansionismo hispano perdiera el impulso histórico, llevó dese los inicios del siglo XVI hasta mediados del siglo XVIII a misioneros, soldados, aventureros, convertidos luego en comerciantes, mineros y hacendados, desde la Patagonia hasta las llanuras texanas y los bosques de California. Un universo completo, lleno de iglesias, señoriales haciendas, fuertes militares y…caseríos miserables donde residían las comunidades autóctonas con todas las lenguas, nombres, religiones y hábitos imaginables. Millones de “gentiles” que fueron diezmados por las epidemias, las deportaciones, las masacres, los genocidios. En la Nueva España, por poco desparecen durante el primer siglo después de la llegada de los extranjeros, como sucedió en el Caribe. Sus campos se repoblaron en los siglos  XVII y XVIII, pero de antiguas civilizaciones como las edificadas por mayas o aztecas, no quedaban ya sino ruinas, ídolos derrumbados, códices quemados y desventuras.

En tal mundo de adversidades y sin ninguna esperanza para cambiarlo, Brígida García parió un niño a quien se bautizó cómo Benito Pablo, hijo de su esposo Marcelino Juárez, apellidos cada uno tomados con toda probabilidad del de algún antiguo encomendero o hacendado que lo impuso a sus indios.

A pesar de su ignorancia, el tío Bernardino Juárez bajo cuya tutela había quedado el niño huérfano de ambos padres, le despertó el innato deseo de saber y conocer. Instalado en Oaxaca, llegó la independencia y con ella, al menos formalmente, la emancipación de los indígenas. Gracias a su protector, estuvo a punto de graduarse de eclesiástico, cómo lo era don Antonio Salanueva. Para su fortuna e íntimos anhelos, un grupo liberal llegó al gobierno y fundó el Colegio Civil –como sucedió en buena parte de las capitales de los flamantes estados federados- y allí se hizo abogado. Ninguno de estos hechos hubiera podido acontecer bajo la antigua dominación. Benito Pablo hubiera continuado irremisiblemente en las condiciones de vida de sus ancestros o apenas un poco mejores por su traslado a la ciudad.

Como abogado defensor de pueblos, sufrió represión y luego destierro, cuando los conservadores regresaron al poder oaxaqueño y la emprendieron contra los políticos liberales en cuyas filas Juárez ya descollaba. En plena guerra contra Estados Unidos,  fue gobernador de Oaxaca. Hipotecó edificios públicos y recaudaciones para comprar armas, confiado en que la hermana república de Guatemala se las vendería. De allá le contestaron comedidamente que existía un tratado con los norteamericanos y no podían comerciar ni un cartucho ni un rifle. Concluyó la guerra y un lustro después ya estaba de nuevo Antonio López de Santa Anna en el palacio nacional. Se inauguró un régimen de dictadura absoluta, respondiendo al programa largamente acariciado por el partido conservador, al tiempo que se revivía el nunca abandonado proyecto de buscar la instalación de un protectorado bajo el mando de algún príncipe de sangre real y católico. Liberales prominentes fueron expulsados, entre ellos Benito Juárez, quien pasó por la prisión de San Juan de Ulúa, La Habana y finalmente Nueva Orleans, donde sobrevivió enrollando tabacos.

Se entusiasmó con la revolución de Ayutla y conminó al grupo de exiliados al regreso para apoyarla. Al triunfo, el general Juan Álvarez lo nombró ministro de Justicia, desde donde impulsó la ley eliminadora a medias de los fueros eclesiástico y militar, privilegios que le eran tan odiados desde sus años estudiantiles, época en la cual también vislumbraba una forma de hacer política de la cual se hizo un virtuoso: usar la ley como escudo y como espada.

Sus años de gloria le estarían reservados durante la llamada década nacional, de 1855 a 1867. Por segunda ocasión desempeñó el puesto de gobernador de su estado en enero de 1856. Entre otras determinaciones dejó sentado un principio, dicho en sus mismas palabras: “La convicción…de que los gobernantes de la sociedad civil no deben asistir como tales a ninguna ceremonia eclesiástica, si bien como hombres pueden ir a los templos a practicar los actos de su devoción que según su religión les dicte. Los gobiernos civiles no deben tener religión porque siendo su deber proteger imparcialmente la libertad que los gobernados tienen de seguir y practicar la religión que gusten adoptar, no llenarían finalmente ese deber si fuesen sectarios de alguna”

A raíz del golpe de estado de Tacubaya y en su carácter de presidente de la Suprema Corte de Justicia, asumió el de presidente de la República. En ese período encabezó el triunfo de la revolución de reforma y venció de los franceses, evitándole quizá a México una tragedia parecida a la instrumentada unos años después por el cariñoso y cristianísimo hermano de la emperatriz Carlota, el rey belga Leopoldo II, de quien pocos saben es el mayor genocida de la historia, pues bajo su orden y organización se eliminaron a unas diez millones de personas en el Congo, mediante la esclavitud, la tortura y las masacres. El holocausto judío empequeñece ante la magnitud de este antecedente y hasta los defensores del imperio deben estremecerse por el parentesco que estuvieron a punto de contraer.

Nunca ha habido mandatario alguno sobre quien se hayan ejercido mayores presiones y amenazas de los poderes extranjeros y nunca otro que las haya resistido con mayor firmeza y talento. En 1859, instalado su gabinete en Veracruz, recibió al embajador norteamericano, quien le presentó la exigencia de una nueva cesión de territorio para su país, a cambio del reconocimiento diplomático y la protección de la armada norteamericana para frenar la inminente invasión española y el triunfo de los conservadores. Melchor Ocampo, el hábil ministro de relaciones exteriores, después de arduas negociaciones, suscribió un acuerdo en el cual se reconocían a EEUU prácticamente la mismas concesiones ya contenidas en el tratado de La Mesilla firmado en tiempo de Santa Anna: el libre paso de mercancías por Tehuantepec y por una ruta que atravesaba los estados norteños hasta el Pacífico. No se enajenó un milímetro de territorio, causa importante por la cual el senado norteamericano ni siquiera se ocupó de autorizarlo, cuando estaba embromado en evitar el desmembramiento de la unión americana. Los mexicanos sí alcanzaron el objetivo: reconocimiento diplomático y tres meses después, la ayuda de los barcos estadounidense para capturar a los primeros buques españoles que desembarcaban armas en el fondeadero de Antón Lizardo. El tratado de marras ha servido, sin embargo, para vilipendiar a Juárez, sin apreciar o ignorándolo, que se trató  de una jugada política maestra en la historia de las relaciones entre un país débil y otros dos poderosos.

No en balde, Emilio Olivier, hombre de estado y escritor francés, dijo de este indio zapoteca: es un hombre de Plutarco, del que cualquier nación puede enorgullecerse.

—
VÍCTOR OROZCO

 

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Opinión

Huachicol y otros demonios. Por Caleb Ordoñez T.

México lleva ocho años combatiendo el huachicol y el huachicol lleva ocho años ganándole por goleada. López Obrador inauguró su gobierno cerrando ductos y prometiendo mandar al huachicolero al museo de la corrupción del pasado. Ocho años y una transición después, México registró 2,563 tomas clandestinas solo en el primer trimestre de 2026: una cada 51 minutos. El huachicolero no murió. Evolucionó, se puso corbata y aprendió política.

¿Por qué Huachicol?

“Huachicol” nombró primero al alcohol adulterado, era una bebida que prometía una cosa y entregaba otra, antes de migrar a la gasolina robada y, ya en su versión de cuello blanco, al huachicol fiscal. Somos creativos para ponerles nombres folclóricos a nuestras tragedias.

Caleb Ordoñez Talavera

Y esto dejó de ser folclor hace mucho. En el primer trimestre del año, Hidalgo registró 731 tomas clandestinas; Jalisco, 578; el Estado de México, 189. Cuautepec de Hinojosa, un solo municipio de Hidalgo, acumuló 202 perforaciones en tres meses. Una toma clandestina cada 51 minutos no es el vecino con una manguera a las tres de la mañana. Es una industria con horario de oficina, y una industria necesita nómina: gente para sacar el combustible, pipas para moverlo, bodegas para guardarlo y empresas de papel para lavar las ganancias. Y para sostener el aparato durante años hace falta el insumo más caro de todos: suficientes autoridades dispuestas a no ver, no oír y no preguntar.

Aquí conviene hacer una pausa honesta. El gobierno tiene un argumento real que oponer a esto: los aseguramientos han aumentado, no disminuido, y parte de la razón por la que ahora “vemos” más huachicol es que se está buscando más que antes. Es cierto. El problema es que ese argumento explica el número de decomisos, no el de tomas clandestinas —que también aumentó—, y tampoco explica por qué las redes de corrupción y protección que hacen posible semejante negocio han logrado sobrevivir durante ocho años. Encontrar más droga no prueba que se esté ganando la guerra contra el narco; encontrar más huachicol tampoco prueba que se esté ganando esta.

La escoba de Tabasco

Aquí entra Adán Augusto López. No existe sentencia que lo vincule con el huachicol ni está acreditado que perteneciera a La Barredora. Su problema es otro, y más incómodo: cuando gobernaba Tabasco, puso al frente de la seguridad pública a Hernán Bermúdez Requena, el hombre encargado de cazar exactamente a los delincuentes que terminó, presuntamente, dirigiendo.

Hoy Bermúdez está procesado como presunto jefe de “La Barredora”, organización señalada por extorsión, secuestro y robo de combustible. El hombre puesto a barrer el crimen de Tabasco terminó acusado de encabezar La Barredora llena de corrupción. Adán Augusto ha negado cualquier vínculo y no enfrenta cargos. Pero muchos tabasqueños aseguran que está involucrado.

Lo que no resuelve es la pregunta política: ¿cómo se gobierna un estado sin enterarse de lo que ocurre alrededor del propio jefe de Seguridad? Solo hay dos respuestas, y ambas son un problema. Si lo sabía, es gravísimo. Si no lo sabía, la pregunta es qué estaba gobernando exactamente. Para quien después llegó a secretario de Gobernación y hoy pretende conservar influencia en la definición electoral de 2027, ninguna cabe en un currículum, aunque ambas quepan en la política mexicana.

El huachicol aprendió a usar corbata

Mientras el país perseguía mangueras en el campo, el negocio se mudó a un piso más alto. El huachicol fiscal ni siquiera necesita perforar un ducto: puede bastarle un barco, una importación mal declarada, una empresa fachada y un pedimento aduanal firmado por la persona indicada. Cambió la camioneta por un escritorio y la manguera por un sello.

Las investigaciones han tocado ya a mandos vinculados con la Marina, la institución a la que López Obrador entregó el control de las aduanas para, supuestamente, erradicar la corrupción. Se le dieron las llaves de la puerta trasera a quien debía cuidarla. El pasado 17 de septiembre se conoció en Guanajuato el aseguramiento de 59 millones de litros de presunto combustible ilícito en diez tanques. Con una cifra así, preguntar solo quién manejaba la pipa es casi un acto de inocencia voluntaria. La pregunta es quién permitió construir la carretera —económica, institucional y política— por la que ese combustible circuló durante años.

Adán y la búsqueda incesante de gubernaturas

Tras el escándalo, Adán Augusto dejó la coordinación de Morena en el Senado y anunció que se dedicaría a tareas electorales rumbo a 2027, elección en la que se disputarán 17 gubernaturas para la que Morena ya registró 277 aspirantes. Lejos de desaparecer, sigue moviendo fichas: respalda públicamente a Andrea Chávez en Chihuahua, frente al alcalde de Ciudad Juárez, Cruz Pérez Cuéllar (favorito en encuestas), y participa en la operación territorial del partido en estados donde aún no se resuelven las candidaturas.

Es decir: mientras el país intenta averiguar cómo el crimen organizado penetró policías, gobiernos y negocios de combustible, uno de los políticos más salpicados políticamente por el caso sigue participando en la construcción del próximo mapa de poder. Solo en la política mexicana un escándalo de ese tamaño puede convertirse en escala y no necesariamente en lastre.

Los otros demonios

Nos acostumbramos a las fotografías de bidones y camionetas incendiadas —una imagen casi reconfortante porque colocaba al delincuente lejos del poder—. Pero un negocio capaz de producir miles de tomas clandestinas y sobrevivir durante ocho años no se explica únicamente desde abajo. Necesita perforadores, sí, pero también transportistas, empresarios y funcionarios que decidieron no complicarse la vida. Necesita, sobre todo, silencio comprado al mayoreo.

López Obrador creyó que bastaba con cerrar ductos. Sheinbaum enfrenta algo más incómodo: averiguar hasta dónde llegan las tuberías políticas que heredó y decidir —con nombres y cargos, no con comunicados— cuánto está dispuesta a seguirlas. Decomisar combustible es relativamente sencillo; investigar las redes de funcionarios, empresarios y protectores que permitieron que el negocio sobreviviera mientras el gobierno presumía combatirlo es otra cosa.

Ahí empiezan los otros demonios. Porque seguir una manguera es fácil. Lo verdaderamente peligroso es seguir el dinero y, de ahí, sin desviarse, seguir al poder mismo.

¿Alguien les pondrá un alto?

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