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Opinión

La mentira de la perfección. Por Itali Heide

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Itali Heide

No hay muchas cosas que den más miedo que ser vulnerable. Abrirse a la gente, permitirles que ocupen un lugar en tu corazón y compartir los detalles más intrincados de tu alma puede parecer a menudo un reto difícil de asumir.

Una vez derribados los primeros muros, se quita un peso de encima. Es como ver florecer una margarita después de un largo y frío invierno, mostrando por fin sus verdaderos colores al mundo.

Qué extraño se siente al despertarse a la mañana siguiente y darse cuenta de que has dejado tu corazón sobre la mesa para que lo acoja otra persona. En primer lugar, aparece el miedo. ¿Y si ahora me odian? ¿Y si he dicho demasiado? ¿Y si no he dicho lo suficiente?

Todos estos temores son válidos y vienen con el territorio de ser vulnerable, pero en todo caso, son una indicación de que hiciste algo bien: fuiste lo suficientemente valiente como para mostrarte íntimamente.

Habrá gente en el camino que no lo entienda. No pasa nada, porque hay muchas otras personas que acogerán las partes de ti que temes que se alejen. El tópico es cierto: nadie es perfecto. Quizá seas un mentiroso compulsivo. Tal vez hayas engañado en el pasado. Tal vez hayas herido a la gente con tu apatía. Puede ser que hayas dejado que tu ego se apodere de ti.

Independientemente de quién seas, de lo que hayas hecho o de lo que tengas que hacer, ya has dado el primer paso para sanar siendo sincero contigo mismo y con las personas que quieres.

La perfección está muy sobrevalorada. Se ha convertido en la norma, pero no existe en ninguna parte. Incluso los cactus se arrugan y mueren. Incluso las personas más honestas mentirán para salirse con la suya. Incluso el perro más cariñoso morderá la mano que le da de comer. Incluso el individuo más temeroso de Dios meterá la pata.

Entonces, ¿por qué seguimos exigiendo la perfección en un mundo que ha demostrado, una y otra vez, que no existe tal cosa? Es porque nos gusta creer que las cosas pueden ser sin culpa. Queremos una vida sin obstáculos, un amor sin límites, un trabajo sin preocupaciones y una existencia sin dolor. Esto simplemente no existe, y es hora de enfrentarse a la música: la perfección no es real, así que ni siquiera intentes alcanzarla. En su lugar, trata cada día como un nuevo reto para ser mejor.

Opinión

Reforma caída, poder en disputa. Por Caleb Ordóñez T.

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La reforma electoral enviada por la presidenta Claudia Sheinbaum pretendía convertirse en una de las grandes piezas políticas de su primer tramo de gobierno. No era una iniciativa menor: implicaba tocar las reglas del sistema político mexicano, rediseñar parte de la representación legislativa y volver a colocar sobre la mesa una vieja bandera del obradorismo: abaratar la democracia mexicana. Sin embargo, lo que se anticipaba como una muestra de fuerza legislativa terminó convirtiéndose en el primer gran aviso de que el poder dentro de la coalición oficialista ya no funciona con obediencia automática.

La propuesta partía de una idea políticamente rentable: reducir costos y simplificar estructuras. Entre los puntos centrales estaba disminuir el número de senadores, modificar el esquema de representación proporcional y recortar gastos electorales que, desde la narrativa presidencial, siguen siendo excesivos para un país con enormes desigualdades sociales. También se buscaba actualizar reglas frente al uso de inteligencia artificial, bots y propaganda digital en campañas, bajo el argumento de que la política mexicana ya no puede seguir regulándose con instrumentos pensados para otra época.

Pero detrás del discurso de austeridad había un elemento mucho más sensible: la redistribución real del poder entre partidos.

Ahí apareció el primer muro inesperado. El Partido del Trabajo y el Partido Verde, aliados históricos de Morena, decidieron no acompañar la iniciativa. No fue una ruptura ideológica, sino una reacción de supervivencia política. Ambos entendieron que una reducción o modificación profunda en el sistema de representación proporcional podía afectar directamente su capacidad de conservar espacios legislativos propios. En otras palabras: Morena proponía una reforma pensada desde la lógica de partido dominante, mientras sus aliados la leyeron desde la lógica de partidos que necesitan reglas protectoras para seguir siendo relevantes.

La votación dejó una fotografía políticamente incómoda: Morena no logró reunir la fuerza suficiente para sacar adelante una reforma constitucional aun teniendo la Presidencia, mayoría simple y control narrativo del debate público.

Y esa derrota tiene consecuencias internas.

Porque más allá del revés legislativo, el episodio deja a la presidenta frente a una realidad que en política pesa mucho: el capital político no es permanente, se administra y también se erosiona. Dentro de Morena, la señal fue clara: si los aliados ya marcan distancia, también empiezan a moverse los grupos internos que observan hasta dónde llega realmente la capacidad presidencial de ordenar decisiones.

Eso obliga ahora a Claudia Sheinbaum a recuperar control interno. Y una de las rutas más previsibles es endurecer su influencia en la construcción de candidaturas. Lo que viene hacia 2027 puede ser un proceso mucho más cerrado, donde perfiles cercanos a Palacio Nacional busquen ocupar candidaturas a gubernaturas y diputaciones federales como mecanismo de blindaje político. Es decir: si el Congreso mostró límites, entonces la siguiente apuesta será construir una mayoría futura más disciplinada desde el origen.

En política mexicana eso suele traducirse en una lógica sencilla: menos concesiones territoriales y más control sobre quién llega.

Por eso no es casual que desde el entorno presidencial ya se hable del llamado “Plan B”.

La presidenta ha dejado claro que el fracaso de una reforma constitucional no significa renunciar al proyecto. El plan alterno consiste en avanzar por rutas secundarias: reformas legales ordinarias, ajustes administrativos y decisiones presupuestales que no necesiten mayoría calificada. Reducir financiamiento público a partidos, endurecer reglas de operación institucional y modificar mecanismos internos del sistema electoral pueden ejecutarse parcialmente sin tocar la Constitución.

Es una estrategia conocida: fragmentar una gran reforma en pequeñas decisiones acumulativas.

El cálculo político es evidente. Si no se puede ganar todo de una vez, se gana por partes.

Sin embargo, el costo político permanece. Porque esta votación también reveló algo más profundo: la coalición gobernante ya entró en una etapa donde cada aliado comienza a defender su propio futuro electoral.

Y cuando eso ocurre, cada iniciativa deja de ser solamente técnica para convertirse en una negociación de poder.

La reforma electoral no murió; simplemente abrió una nueva batalla.

Una donde ya no basta tener mayoría moral, narrativa presidencial o popularidad pública. Ahora también habrá que reconstruir disciplina política.

Y esa es quizá la prueba más delicada que enfrenta hoy la presidenta: demostrar que todavía puede ordenar a su propia mayoría sin fracturar el proyecto que la llevó al poder.

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