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Opinión

El comentario Obligado: Miroslava. Por Caleb Ordóñez Talavera


Ya conocimos en miedo en su nivel más alto. Y nos aterramos ante imágenes infernales; cuando vimos cuerpos colgados en puentes, cabezas ser arrojadas y mensajes amenazantes.
En medio de una guerra en la que nadie nos preguntó si queríamos participar, pero de la que somos testigos silenciosos, amordazados y paralizados por el terror.

Caleb Ordóñez T.

Caleb Ordóñez T.

El sonido de las balas han sido nuestro diario pan durante años, vimos sangre correr por las calles, aquellas que un día fueron nuestras, pero que hoy las peleaban gente desconocida, asesinos despiadados.

Todo por una miserable cantidad de droga, la que ha podrido ideales, la que reduce a nada a quien la vende y la consume.

Conocimos de aquellos que en medio de la confusión sacaban raja política de la situación, movidos por el hambre de figurar y ganar algo a pesar del dolor del prójimo.
Y a pesar de todo eso, decidimos levantar la cabeza, reconstruir nuestros espacios y volver a creer en nuestras ciudades.

Hoy la amenaza sigue latiendo intermitentemente luego de la muerte de la periodista Miroslava Breach, mientras salía de su casa y se preparaba para llevar a su hijo a la escuela. Los ocho balazos perpetuados por manos de cobardes, su muerte no debe ser entregadada al olvido. Su legado de vida, su pasión por la verdad no puede ser en vano.

Como la de cientos de mujeres y hombres que luchan con causas justas y esos ideales se apoderan de su mente haciéndolos rehenes quizá de la utopía y los sueños de cambio, a favor de Los más pobres de los que menos oportunidades tienen, de los olvidados.

Hoy la unidad nos llama a no claudicar hasta exigir fuertemente, pero hacia adentro a lo más profundo de nosotros mismos, no podemos bajar la cabeza.

Nunca más paralizados por el miedo y la intimidación. Nunca más en silencio.

Descanse en paz Miroslava Breach pero que su sangre nos despierte, nos desafíe y llame a defender lo que es todavía es nuestro.

 

Opinión

La trampa de “las rentas justas” en la CDMX. Por Caleb Ordóñez T.

En la Ciudad de México hay jóvenes que trabajan para pagar un departamento en el que apenas tienen tiempo de dormir. Familias que destinan buena parte de sus ingresos a cuatro paredes. Personas que viven a dos horas de su empleo porque acercarse al centro se convirtió en un lujo.

La vivienda es uno de los grandes fracasos de la política urbana capitalina.

Y ahora el gobierno pretende resolverlo con otra ley.

Clara Brugada presentó una iniciativa que promete rentas justas, contratos regulados y protección contra abusos. Una propuesta que, vista desde el discurso político, parece irreprochable. ¿Quién podría estar en contra de que las personas paguen menos por vivir dignamente?

Caleb Ordoñez T.

El problema es que las buenas intenciones no construyen departamentos.

Y los decretos tampoco.

Las buenas intenciones también tienen consecuencias

La iniciativa contempla limitar aumentos conforme a la inflación, registrar obligatoriamente los contratos y aplicar multas de hasta 46 mil 924 pesos. También propone asesoría gratuita y mecanismos contra desalojos violentos.

Hay medidas necesarias. Los abusos inmobiliarios existen. Los desalojos arbitrarios también. Ninguna persona debería perder su hogar mediante amenazas o intimidaciones.

Pero legislar para corregir una injusticia no debería producir otra.

Pensemos en una jubilada que dedicó treinta años a pagar un pequeño departamento. Hoy lo renta para complementar una pensión insuficiente. No pertenece a ningún cártel inmobiliario. No especula con edificios enteros. Simplemente administra el patrimonio que consiguió trabajando.

¿Qué sucederá si las nuevas obligaciones, restricciones y sanciones hacen que prefiera retirar su propiedad del mercado?

Habrá una vivienda menos.

Y si otros propietarios toman decisiones semejantes, quienes terminarán compitiendo por los departamentos disponibles serán precisamente aquellos que la ley pretende proteger.

No es una consecuencia demostrada ni inevitable. Es un riesgo que el Congreso tiene la obligación de evaluar.

Porque una cosa es regular los abusos y otra, muy distinta, pretender administrar la escasez.

El problema tiene dimensiones profundas. Según el INEGI, en 2024 el ingreso promedio de los hogares urbanos capitalinos rondaba los 37 mil pesos mensuales. Un promedio que, además, oculta enormes desigualdades.

¿Cuánto debe ganar una familia para vivir cerca de su trabajo? ¿Cuánto tiempo de su vida debe sacrificar transportándose? ¿En qué momento tener una habitación propia dejó de ser una aspiración razonable?

Esas preguntas no se resuelven únicamente vigilando contratos.

Se resuelven construyendo vivienda, mejorando el transporte, acercando servicios y generando condiciones para que la ciudad pueda alojar a quienes la mantienen funcionando.

Brugada también promete ampliar la vivienda asequible. Bien. Pero esa debería ser una prioridad medible, no una promesa subordinada al entusiasmo por imponer nuevas reglas.

El gobierno también debe rendir cuentas

Hay otra contradicción.

Desde 2024 existen disposiciones para limitar incrementos de renta y registrar contratos. Antes de anunciar nuevas sanciones, sería conveniente conocer los resultados de las anteriores.

¿Cuántas familias se beneficiaron? ¿Cuántos abusos fueron sancionados? ¿Qué funcionó y qué fracasó?

El gobierno exige transparencia a los particulares, pero todavía debe ofrecer respuestas convincentes sobre la eficacia de sus propias medidas.

Y mientras tanto, el verdadero debate corre el riesgo de perderse entre consignas: propietarios contra inquilinos, mercado contra Estado, ricos contra pobres.

Una discusión tan cómoda para los políticos como inútil para quienes necesitan vivienda.

La propiedad privada merece certeza jurídica. Los inquilinos merecen protección. Y ambos necesitan un gobierno capaz de entender que sus derechos no son necesariamente enemigos.

La iniciativa todavía puede corregirse. Sería deseable que el Congreso escuchara más evidencia y menos discursos.

Porque el desafío no consiste en decidir quién tiene la culpa de que vivir en la capital resulte tan caro.

Consiste en reconocer quién tiene la responsabilidad de hacerla habitable.

Una ciudad no se vuelve más justa cuando el gobierno decide cuánto debe costar vivir en ella, sino cuando consigue que vivir en ella deje de ser un privilegio.

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