Opinión
CONTEXTO: *¿Alguien ha visto a Pinedo?… *El Aferrado Carrera… *Mensaje de AMLO a Maru…
El que parece que anda a salto de mata, no se sabe si en Estados Unidos, México o en algún otro lugar del mundo, es el ex vocero de Javier Corral, Antonio Pinedo.
Y es que el Gobierno de Chihuahua lo anda buscando por todos lados desde que inició la gestión de Maru Campos para que rinda cuentas sobre los señalamientos de corrupción en su contra, y como dicen por ahí: el que calla otorga.
Por lo pronto su cuñada ya fue detenida y luego liberada para seguir el proceso en arraigo domiciliario, a ver si no se escapa con su también ex jefe.
Así que si usted sabe algo de Toño, échele un grito, una llamada o un WhatsAppazo porque de que lo andan buscando, lo andan buscando.
……
Benjamín «El Aferrado» Carrera sigue a duro y dale con que le robaron la presidencia del Congreso y despotricando contra quien se le pone enfrente.
Resulta que por segunda ocasión el Tribunal Estatal Electoral ya dijo que no y que la presidenta legítima es su compañera de bancada, aunque no le guste, Adriana Terrazas Porras.
No le sorprenda que al «Benyi» le dé por armar un mitin en la plaza del Ángel o la Plaza de la Mexicanidad en su natal Juárez para proclamarse como el presidente legítimo del Poder Legislativo de Chihuahua… ¡Ámonos!
……
¿Será que el mensaje de la Mañanera de ayer del presidente López Obrador tenía como destinataria a la góber Maru Campos?
Esto lo decimos por el señalamiento sobre los acuerdos que busca el gobernador de Texas con gobiernos locales de México para ver temas de seguridad en la frontera.
Y es que el tabasqueño le mandó decir al texano que nada de acuerdos con Chihuahua u otro estado de México, sino directamente con el poder ejecutivo, o sea, él mero.
Ante esto, hubo respuesta de Maru y dijo que ella sólo ha echo memorándums de entendimiento, es decir, acuerdos de convivencia, como lo fue en el caso de permitir un tráfico fluido de transporte al vecino país.
Opinión
La trampa de “las rentas justas” en la CDMX. Por Caleb Ordóñez T.
En la Ciudad de México hay jóvenes que trabajan para pagar un departamento en el que apenas tienen tiempo de dormir. Familias que destinan buena parte de sus ingresos a cuatro paredes. Personas que viven a dos horas de su empleo porque acercarse al centro se convirtió en un lujo.
La vivienda es uno de los grandes fracasos de la política urbana capitalina.
Y ahora el gobierno pretende resolverlo con otra ley.
Clara Brugada presentó una iniciativa que promete rentas justas, contratos regulados y protección contra abusos. Una propuesta que, vista desde el discurso político, parece irreprochable. ¿Quién podría estar en contra de que las personas paguen menos por vivir dignamente?

Caleb Ordoñez T.
El problema es que las buenas intenciones no construyen departamentos.
Y los decretos tampoco.
Las buenas intenciones también tienen consecuencias
La iniciativa contempla limitar aumentos conforme a la inflación, registrar obligatoriamente los contratos y aplicar multas de hasta 46 mil 924 pesos. También propone asesoría gratuita y mecanismos contra desalojos violentos.
Hay medidas necesarias. Los abusos inmobiliarios existen. Los desalojos arbitrarios también. Ninguna persona debería perder su hogar mediante amenazas o intimidaciones.
Pero legislar para corregir una injusticia no debería producir otra.
Pensemos en una jubilada que dedicó treinta años a pagar un pequeño departamento. Hoy lo renta para complementar una pensión insuficiente. No pertenece a ningún cártel inmobiliario. No especula con edificios enteros. Simplemente administra el patrimonio que consiguió trabajando.
¿Qué sucederá si las nuevas obligaciones, restricciones y sanciones hacen que prefiera retirar su propiedad del mercado?
Habrá una vivienda menos.
Y si otros propietarios toman decisiones semejantes, quienes terminarán compitiendo por los departamentos disponibles serán precisamente aquellos que la ley pretende proteger.
No es una consecuencia demostrada ni inevitable. Es un riesgo que el Congreso tiene la obligación de evaluar.
Porque una cosa es regular los abusos y otra, muy distinta, pretender administrar la escasez.
El problema tiene dimensiones profundas. Según el INEGI, en 2024 el ingreso promedio de los hogares urbanos capitalinos rondaba los 37 mil pesos mensuales. Un promedio que, además, oculta enormes desigualdades.
¿Cuánto debe ganar una familia para vivir cerca de su trabajo? ¿Cuánto tiempo de su vida debe sacrificar transportándose? ¿En qué momento tener una habitación propia dejó de ser una aspiración razonable?
Esas preguntas no se resuelven únicamente vigilando contratos.
Se resuelven construyendo vivienda, mejorando el transporte, acercando servicios y generando condiciones para que la ciudad pueda alojar a quienes la mantienen funcionando.
Brugada también promete ampliar la vivienda asequible. Bien. Pero esa debería ser una prioridad medible, no una promesa subordinada al entusiasmo por imponer nuevas reglas.
El gobierno también debe rendir cuentas
Hay otra contradicción.
Desde 2024 existen disposiciones para limitar incrementos de renta y registrar contratos. Antes de anunciar nuevas sanciones, sería conveniente conocer los resultados de las anteriores.
¿Cuántas familias se beneficiaron? ¿Cuántos abusos fueron sancionados? ¿Qué funcionó y qué fracasó?
El gobierno exige transparencia a los particulares, pero todavía debe ofrecer respuestas convincentes sobre la eficacia de sus propias medidas.
Y mientras tanto, el verdadero debate corre el riesgo de perderse entre consignas: propietarios contra inquilinos, mercado contra Estado, ricos contra pobres.
Una discusión tan cómoda para los políticos como inútil para quienes necesitan vivienda.
La propiedad privada merece certeza jurídica. Los inquilinos merecen protección. Y ambos necesitan un gobierno capaz de entender que sus derechos no son necesariamente enemigos.
La iniciativa todavía puede corregirse. Sería deseable que el Congreso escuchara más evidencia y menos discursos.
Porque el desafío no consiste en decidir quién tiene la culpa de que vivir en la capital resulte tan caro.
Consiste en reconocer quién tiene la responsabilidad de hacerla habitable.
Una ciudad no se vuelve más justa cuando el gobierno decide cuánto debe costar vivir en ella, sino cuando consigue que vivir en ella deje de ser un privilegio.
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