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Opinión

CONTEXTO: *Desaparece el INSABI… *Loera, Reyes y Alfredo… *Hartos, los LeBarón…

Todo parece indicar que una institución insignia del Gobierno de la Cuatroté desaparece, así es, hablamos del INSABI.

Nos reportan soldados razos que ahora sí van a empezar a capacitar a las personas que trabajan en el Seguro, entre ellas al personal de Chihuahua.

Dicen que los envían a Veracruz dos semanas de comisión, para que vayan a conocer al sistema, a los afiliados, y también se van a descartar que haya aviadores, es decir especialistas en cobrar sin trabajar. Y todo lo aprendido van a ponerlo en práctica acá.

Ayer domingo fue que partieron a Veracruz y hoy comienzan a trabajar intensivamente de 8 de la mañana a 8 de la noche.

……

Según la encuestadora Massive Caller los gallos para el Senado en Chihuahua son los siguientes:

En lo individual, Juan Carlos Loera encabeza la lista con un 42.2% de las preferencias, seguido por el exgobernador José Reyes Baeza con el 40.7%, luego Alfredo Lozoya con un 28.9%, y en cuarto lugar el director de la Junta Central Mario Mata con el 22.1%.

Sin embargo ya por partido se mueve un poco la situación, pues Morena estaría a la cabeza con un 39.1%, seguido por el PAN con un 27.9%, en tercero el PRI con el 10.1% y en cuarto sitio Emecé con el 3.4%.

Que sepamos, ninguno de estos personajes que menciona la encuesta ha manifestado su interés por contender, pero ya saben cómo es esto y capaz que sí se les mueve la patita.

……

Los que ya se cansaron de que les den atole con el dedo son los integrantes de la comunidad LeBarón, pues a tres años de la masacre donde perdieron la vida mujeres y niños, no hay ningún sentenciado.

Adrián LeBarón reprochó el mensaje de justicia que AMLO ha dicho en sus mañaneras varias veces al afirmar que ya se hizo justicia, pero todo a quedado en solo vinculaciones a proceso.

De este modo están exigiendo al Gobierno a presionar al Poder Judicial y que se castigue a los responsables del atroz crimen.

Opinión

La trampa de “las rentas justas” en la CDMX. Por Caleb Ordóñez T.

En la Ciudad de México hay jóvenes que trabajan para pagar un departamento en el que apenas tienen tiempo de dormir. Familias que destinan buena parte de sus ingresos a cuatro paredes. Personas que viven a dos horas de su empleo porque acercarse al centro se convirtió en un lujo.

La vivienda es uno de los grandes fracasos de la política urbana capitalina.

Y ahora el gobierno pretende resolverlo con otra ley.

Clara Brugada presentó una iniciativa que promete rentas justas, contratos regulados y protección contra abusos. Una propuesta que, vista desde el discurso político, parece irreprochable. ¿Quién podría estar en contra de que las personas paguen menos por vivir dignamente?

Caleb Ordoñez T.

El problema es que las buenas intenciones no construyen departamentos.

Y los decretos tampoco.

Las buenas intenciones también tienen consecuencias

La iniciativa contempla limitar aumentos conforme a la inflación, registrar obligatoriamente los contratos y aplicar multas de hasta 46 mil 924 pesos. También propone asesoría gratuita y mecanismos contra desalojos violentos.

Hay medidas necesarias. Los abusos inmobiliarios existen. Los desalojos arbitrarios también. Ninguna persona debería perder su hogar mediante amenazas o intimidaciones.

Pero legislar para corregir una injusticia no debería producir otra.

Pensemos en una jubilada que dedicó treinta años a pagar un pequeño departamento. Hoy lo renta para complementar una pensión insuficiente. No pertenece a ningún cártel inmobiliario. No especula con edificios enteros. Simplemente administra el patrimonio que consiguió trabajando.

¿Qué sucederá si las nuevas obligaciones, restricciones y sanciones hacen que prefiera retirar su propiedad del mercado?

Habrá una vivienda menos.

Y si otros propietarios toman decisiones semejantes, quienes terminarán compitiendo por los departamentos disponibles serán precisamente aquellos que la ley pretende proteger.

No es una consecuencia demostrada ni inevitable. Es un riesgo que el Congreso tiene la obligación de evaluar.

Porque una cosa es regular los abusos y otra, muy distinta, pretender administrar la escasez.

El problema tiene dimensiones profundas. Según el INEGI, en 2024 el ingreso promedio de los hogares urbanos capitalinos rondaba los 37 mil pesos mensuales. Un promedio que, además, oculta enormes desigualdades.

¿Cuánto debe ganar una familia para vivir cerca de su trabajo? ¿Cuánto tiempo de su vida debe sacrificar transportándose? ¿En qué momento tener una habitación propia dejó de ser una aspiración razonable?

Esas preguntas no se resuelven únicamente vigilando contratos.

Se resuelven construyendo vivienda, mejorando el transporte, acercando servicios y generando condiciones para que la ciudad pueda alojar a quienes la mantienen funcionando.

Brugada también promete ampliar la vivienda asequible. Bien. Pero esa debería ser una prioridad medible, no una promesa subordinada al entusiasmo por imponer nuevas reglas.

El gobierno también debe rendir cuentas

Hay otra contradicción.

Desde 2024 existen disposiciones para limitar incrementos de renta y registrar contratos. Antes de anunciar nuevas sanciones, sería conveniente conocer los resultados de las anteriores.

¿Cuántas familias se beneficiaron? ¿Cuántos abusos fueron sancionados? ¿Qué funcionó y qué fracasó?

El gobierno exige transparencia a los particulares, pero todavía debe ofrecer respuestas convincentes sobre la eficacia de sus propias medidas.

Y mientras tanto, el verdadero debate corre el riesgo de perderse entre consignas: propietarios contra inquilinos, mercado contra Estado, ricos contra pobres.

Una discusión tan cómoda para los políticos como inútil para quienes necesitan vivienda.

La propiedad privada merece certeza jurídica. Los inquilinos merecen protección. Y ambos necesitan un gobierno capaz de entender que sus derechos no son necesariamente enemigos.

La iniciativa todavía puede corregirse. Sería deseable que el Congreso escuchara más evidencia y menos discursos.

Porque el desafío no consiste en decidir quién tiene la culpa de que vivir en la capital resulte tan caro.

Consiste en reconocer quién tiene la responsabilidad de hacerla habitable.

Una ciudad no se vuelve más justa cuando el gobierno decide cuánto debe costar vivir en ella, sino cuando consigue que vivir en ella deje de ser un privilegio.

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