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Opinión

CONTEXTO: *Rascón se mantiene… *El informe de Espino… Panistas vs América…

Lo que iba a pasar sin mayor problema, y así fue, era la aprobación de la reforma que eleva a la Comisión Estatal para los Pueblos Indígenas a rango de secretaría.

Más allá de la grilla que levantaría Morena, estaba el sospechosismo sobre la continuidad o no de Quique Rascón al frente de esta área del Gobierno.

Ya había muchos que estaban levantando la mano pero la góber salió a meter freno a los acelerados y dio su respaldo a Rascón para seguir al frente, ahora como titular de la Secretaría de Pueblos y Comunidades Indígenas.

Ahí pa la otra, le dijeron a los apuntados, y mientras tanto en la Sierra y demás latitudes donde se asientan estas comunidades originarias, celebran que un clamor de décadas hoy se vuelve realidad. Ahora sólo queda esperar que dé los resultados deseados.

……

El que estará de manteles largos es el senador Rafael Espino que rendirá su primer informe de actividades en la capital del estado el próximo domingo 4 de diciembre.

Al evento se espera la presencia de al menos 10 compañeros de Cámara para dar fe y respaldar las acciones de su colega en en Congreso de la Unión.

Asimismo se prevé la presencia de representantes del sector empresarial, de donde el morenista proviene, así como de autoridades locales.

……

La que se fue poquito recio, quizás por la novatez, fue la diputada neomorenista América García, y así se lo hicieron saber sus colegas del PAN.

Y es que a la legisladora le ganaron las pasiones en la CDMX y parafraseó a la gobernadora Maru Campos, diciendo que serían ahora los de la Cuatroté los que le «romperían el hocico al PAN y a Maru Campos».

Ante esto las panistas calificaron a América de incongruente, pues ha sido, en el papel, una defensora férrea en contra de la violencia contra las mujeres, y ahora, a la primera calentura política salió a agredir a una fémina.

Por otra parte le explicaron con manzanitas cuál es una expresión política y otra muy distinta a una agresión directa con violencia de género.

Opinión

La trampa de “las rentas justas” en la CDMX. Por Caleb Ordóñez T.

En la Ciudad de México hay jóvenes que trabajan para pagar un departamento en el que apenas tienen tiempo de dormir. Familias que destinan buena parte de sus ingresos a cuatro paredes. Personas que viven a dos horas de su empleo porque acercarse al centro se convirtió en un lujo.

La vivienda es uno de los grandes fracasos de la política urbana capitalina.

Y ahora el gobierno pretende resolverlo con otra ley.

Clara Brugada presentó una iniciativa que promete rentas justas, contratos regulados y protección contra abusos. Una propuesta que, vista desde el discurso político, parece irreprochable. ¿Quién podría estar en contra de que las personas paguen menos por vivir dignamente?

Caleb Ordoñez T.

El problema es que las buenas intenciones no construyen departamentos.

Y los decretos tampoco.

Las buenas intenciones también tienen consecuencias

La iniciativa contempla limitar aumentos conforme a la inflación, registrar obligatoriamente los contratos y aplicar multas de hasta 46 mil 924 pesos. También propone asesoría gratuita y mecanismos contra desalojos violentos.

Hay medidas necesarias. Los abusos inmobiliarios existen. Los desalojos arbitrarios también. Ninguna persona debería perder su hogar mediante amenazas o intimidaciones.

Pero legislar para corregir una injusticia no debería producir otra.

Pensemos en una jubilada que dedicó treinta años a pagar un pequeño departamento. Hoy lo renta para complementar una pensión insuficiente. No pertenece a ningún cártel inmobiliario. No especula con edificios enteros. Simplemente administra el patrimonio que consiguió trabajando.

¿Qué sucederá si las nuevas obligaciones, restricciones y sanciones hacen que prefiera retirar su propiedad del mercado?

Habrá una vivienda menos.

Y si otros propietarios toman decisiones semejantes, quienes terminarán compitiendo por los departamentos disponibles serán precisamente aquellos que la ley pretende proteger.

No es una consecuencia demostrada ni inevitable. Es un riesgo que el Congreso tiene la obligación de evaluar.

Porque una cosa es regular los abusos y otra, muy distinta, pretender administrar la escasez.

El problema tiene dimensiones profundas. Según el INEGI, en 2024 el ingreso promedio de los hogares urbanos capitalinos rondaba los 37 mil pesos mensuales. Un promedio que, además, oculta enormes desigualdades.

¿Cuánto debe ganar una familia para vivir cerca de su trabajo? ¿Cuánto tiempo de su vida debe sacrificar transportándose? ¿En qué momento tener una habitación propia dejó de ser una aspiración razonable?

Esas preguntas no se resuelven únicamente vigilando contratos.

Se resuelven construyendo vivienda, mejorando el transporte, acercando servicios y generando condiciones para que la ciudad pueda alojar a quienes la mantienen funcionando.

Brugada también promete ampliar la vivienda asequible. Bien. Pero esa debería ser una prioridad medible, no una promesa subordinada al entusiasmo por imponer nuevas reglas.

El gobierno también debe rendir cuentas

Hay otra contradicción.

Desde 2024 existen disposiciones para limitar incrementos de renta y registrar contratos. Antes de anunciar nuevas sanciones, sería conveniente conocer los resultados de las anteriores.

¿Cuántas familias se beneficiaron? ¿Cuántos abusos fueron sancionados? ¿Qué funcionó y qué fracasó?

El gobierno exige transparencia a los particulares, pero todavía debe ofrecer respuestas convincentes sobre la eficacia de sus propias medidas.

Y mientras tanto, el verdadero debate corre el riesgo de perderse entre consignas: propietarios contra inquilinos, mercado contra Estado, ricos contra pobres.

Una discusión tan cómoda para los políticos como inútil para quienes necesitan vivienda.

La propiedad privada merece certeza jurídica. Los inquilinos merecen protección. Y ambos necesitan un gobierno capaz de entender que sus derechos no son necesariamente enemigos.

La iniciativa todavía puede corregirse. Sería deseable que el Congreso escuchara más evidencia y menos discursos.

Porque el desafío no consiste en decidir quién tiene la culpa de que vivir en la capital resulte tan caro.

Consiste en reconocer quién tiene la responsabilidad de hacerla habitable.

Una ciudad no se vuelve más justa cuando el gobierno decide cuánto debe costar vivir en ella, sino cuando consigue que vivir en ella deje de ser un privilegio.

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