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El arte de Carlomagno Pedro Martínez y su visión de la muerte

El arte de Carlomagno Pedro Martínez y su visión de la muerte

01 de noviembre de 2026 – 02:30 Hrs

OAXACA, Oax.– El artista oaxaqueño Carlomagno Pedro Martínez, nacido en 1965, ha encontrado en la muerte un eje central de su obra, considerándola un “pretexto para mostrar mis emociones”. Su trabajo se caracteriza por la creación de tzompantlis, o muros de cráneos, y calaveras que se sitúan en escenarios tanto picarescos como apocalípticos, reflejando la vida cotidiana de las comunidades indígenas.

Desde su juventud, Martínez se ha sentido atraído por la dualidad vida-muerte, lo que se traduce en sus obras que reinterpretan las raíces prehispánicas y la cosmovisión mesoamericana, especialmente en relación con el maíz y la memoria de los ancestros. Su formación profesional se llevó a cabo en el Taller de Artes Plásticas Rufino Tamayo, y antes de cumplir la mayoría de edad, ya había realizado su primera exposición individual.

En 2014, fue galardonado con el Premio Nacional de Ciencias y Artes, un reconocimiento a su trayectoria y contribución al arte popular. Martínez utiliza barro negro proveniente de Guegove, un paraje ubicado a 16 kilómetros al sur de la capital oaxaqueña, que es una fuente importante de insumos para los ceramistas de la región. Con herramientas sencillas, el artista desarrolla un proceso creativo que describe como su verdadera pasión.

El escultor ha dedicado su vida a trabajar con una técnica de origen prehispánico que ha sido transmitida a lo largo de generaciones. A través de un horneado subterráneo particular, logra un humo denso que impregna las piezas, otorgándoles las tonalidades negras que las caracterizan. En sus obras, presenta calacas en situaciones cotidianas, que van desde momentos festivos en carnavales hasta escenas de duelo en velorios.

Entre sus creaciones se encuentran calacas de bebés, mujeres, músicos y figuras bailando al son de “El torito serrano”. Cada pieza es elaborada a mano, lo que las convierte en únicas, y destaca el uso de técnicas de modelado perfeccionadas, como el pastillaje, alisado, bruñido y calado. La obra de Carlomagno Pedro Martínez no solo celebra la vida, sino que también invita a reflexionar sobre la muerte y su lugar en la cultura mexicana.

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Chocolate oaxaqueño, tradición en el Día de Muertos

Chocolate oaxaqueño, tradición en el Día de Muertos

El chocolate espumoso se convierte en un elemento esencial durante la celebración del Día de Muertos en Oaxaca, donde no solo es una bebida, sino un símbolo que une a los vivos con sus antepasados. Esta bebida, que se sirve en tazas, jarras o jícaras, complementa las ofrendas junto a las flores de cempasúchil y los tamales recién hechos, creando un ambiente cargado de memoria y tradición.

Durante los días 1 y 2 de noviembre, las familias oaxaqueñas participan en un intercambio de guelaguetza, donde las visitas se llenan de provisiones y los anfitriones ofrecen chocolate o atole champurrado en jícara. Este utensilio, que varía en tamaño y forma, es fundamental para disfrutar de la bebida, que puede ser tanto tibia como fría, dependiendo de la región.

En Oaxaca, el chocolate no solo se encuentra en los altares, sino que también acompaña los rituales funerarios y las festividades patronales, reflejando la dualidad de la vida y la muerte en la cultura local. Cada una de las ocho regiones del estado tiene su propia receta y forma de preparar esta bebida, lo que enriquece la diversidad cultural de la entidad.

Por ejemplo, en los Valles Centrales, el chocolate atole se elabora con cacao, maíz, canela y azúcar, mientras que en la Sierra Norte se presenta una variante picante. Oaxaca cuenta con al menos 12 diferentes bebidas a base de cacao, cada una con su particularidad. Entre ellas se encuentran el chocolate y champurrado en los Valles Centrales; el siaab gez en Teotitlán del Valle; el chocolate atole en Tlacolula; el popo en San Felipe Usila; el chaw popox en San Mateo del Mar; el pozóntle en Zoogocho y Yalálag; el kuxatsy en la zona mixe; el chilate en Pinotepa Nacional; el bupu en Juchitán; el tejate en Huayapan, y el tejate con pulque en Quiaviní.

Así, el chocolate oaxaqueño se erige como un vínculo entre generaciones, uniendo a la comunidad en la celebración de sus tradiciones y la memoria de quienes han partido.

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