Opinión
Opinión: A todos los papás, por Nancy Toledo
Estamos por festejar el Día del padre. Y quizá no veamos las florerías desfilando por las calles como el día de las madres. Pero seguro que el olor a carne asada reinara por la ciudad.
La cosa es que se merecen el mismo aplauso que nos llevamos las mamás en nuestro día.
Porque no podemos hacer menos el papel que lleva el papá en la familia. También carga esta responsabilidad en sus hombros, es el co protagonista de la tan afamada paternidad.
Así que, papá…créelo y saca adelante este papel. Eres una de las personas más importante en la vida de tus hijos.
Es imposible que iguales las horas de una mamá…físicamente es imposible que los lleves en tu cuerpo o los alimentes de el.
Y quizás las situaciones laborales o familiares te limiten también. Pero nunca subestimes el tiempo y ejemplos que puedes darles a tus hijos…no desperdicies ni una oportunidad de estar con ellos.
Si todavía son niños, aprovecha!!
Estar presente en su vida les dará la seguridad que van a necesitar a lo largo de su vida…sin darte mucha cuenta irás dejando huellas y ejemplos que serán útiles siempre.
Demuéstrales que en la vida hay un poco de todo…enséñales el esfuerzo paseando en bici, la paciencia en un juego de mesa, las reglas en un juega fútbol, la imaginación jugando a las muñecas, la disciplina cuando sea necesario…
Cuando sean adultos, o si ya lo son, seguramente su dinámica y convivencia es otra, pero no te pierdas de nada. Se parte de su vida. Está presente. Se una de las personas más importante en su vida.
Hay miles de roles que juegas en la vida de tus hijos…te dicen papá pero tiene miles de nombres más…protector, proveedor, amigo, animador, chambelan, abogado, mensajero, confidente, mecánico….así que por todo lo que representan…aquí está la reverencia que merecen!!!
Feliz Día del padre!!!!
NancyAnahi Toledo Rascón
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Opinión
La trampa de “las rentas justas” en la CDMX. Por Caleb Ordóñez T.
En la Ciudad de México hay jóvenes que trabajan para pagar un departamento en el que apenas tienen tiempo de dormir. Familias que destinan buena parte de sus ingresos a cuatro paredes. Personas que viven a dos horas de su empleo porque acercarse al centro se convirtió en un lujo.
La vivienda es uno de los grandes fracasos de la política urbana capitalina.
Y ahora el gobierno pretende resolverlo con otra ley.
Clara Brugada presentó una iniciativa que promete rentas justas, contratos regulados y protección contra abusos. Una propuesta que, vista desde el discurso político, parece irreprochable. ¿Quién podría estar en contra de que las personas paguen menos por vivir dignamente?

Caleb Ordoñez T.
El problema es que las buenas intenciones no construyen departamentos.
Y los decretos tampoco.
Las buenas intenciones también tienen consecuencias
La iniciativa contempla limitar aumentos conforme a la inflación, registrar obligatoriamente los contratos y aplicar multas de hasta 46 mil 924 pesos. También propone asesoría gratuita y mecanismos contra desalojos violentos.
Hay medidas necesarias. Los abusos inmobiliarios existen. Los desalojos arbitrarios también. Ninguna persona debería perder su hogar mediante amenazas o intimidaciones.
Pero legislar para corregir una injusticia no debería producir otra.
Pensemos en una jubilada que dedicó treinta años a pagar un pequeño departamento. Hoy lo renta para complementar una pensión insuficiente. No pertenece a ningún cártel inmobiliario. No especula con edificios enteros. Simplemente administra el patrimonio que consiguió trabajando.
¿Qué sucederá si las nuevas obligaciones, restricciones y sanciones hacen que prefiera retirar su propiedad del mercado?
Habrá una vivienda menos.
Y si otros propietarios toman decisiones semejantes, quienes terminarán compitiendo por los departamentos disponibles serán precisamente aquellos que la ley pretende proteger.
No es una consecuencia demostrada ni inevitable. Es un riesgo que el Congreso tiene la obligación de evaluar.
Porque una cosa es regular los abusos y otra, muy distinta, pretender administrar la escasez.
El problema tiene dimensiones profundas. Según el INEGI, en 2024 el ingreso promedio de los hogares urbanos capitalinos rondaba los 37 mil pesos mensuales. Un promedio que, además, oculta enormes desigualdades.
¿Cuánto debe ganar una familia para vivir cerca de su trabajo? ¿Cuánto tiempo de su vida debe sacrificar transportándose? ¿En qué momento tener una habitación propia dejó de ser una aspiración razonable?
Esas preguntas no se resuelven únicamente vigilando contratos.
Se resuelven construyendo vivienda, mejorando el transporte, acercando servicios y generando condiciones para que la ciudad pueda alojar a quienes la mantienen funcionando.
Brugada también promete ampliar la vivienda asequible. Bien. Pero esa debería ser una prioridad medible, no una promesa subordinada al entusiasmo por imponer nuevas reglas.
El gobierno también debe rendir cuentas
Hay otra contradicción.
Desde 2024 existen disposiciones para limitar incrementos de renta y registrar contratos. Antes de anunciar nuevas sanciones, sería conveniente conocer los resultados de las anteriores.
¿Cuántas familias se beneficiaron? ¿Cuántos abusos fueron sancionados? ¿Qué funcionó y qué fracasó?
El gobierno exige transparencia a los particulares, pero todavía debe ofrecer respuestas convincentes sobre la eficacia de sus propias medidas.
Y mientras tanto, el verdadero debate corre el riesgo de perderse entre consignas: propietarios contra inquilinos, mercado contra Estado, ricos contra pobres.
Una discusión tan cómoda para los políticos como inútil para quienes necesitan vivienda.
La propiedad privada merece certeza jurídica. Los inquilinos merecen protección. Y ambos necesitan un gobierno capaz de entender que sus derechos no son necesariamente enemigos.
La iniciativa todavía puede corregirse. Sería deseable que el Congreso escuchara más evidencia y menos discursos.
Porque el desafío no consiste en decidir quién tiene la culpa de que vivir en la capital resulte tan caro.
Consiste en reconocer quién tiene la responsabilidad de hacerla habitable.
Una ciudad no se vuelve más justa cuando el gobierno decide cuánto debe costar vivir en ella, sino cuando consigue que vivir en ella deje de ser un privilegio.
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