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¡Entérate de todo, por tu bien! Enamorarse y sus consecuencias

La ciencia ha confirmado lo que ya sabían nuestras abuelas: el amor puede enfermarnos. Aunque para muchos la etapa de enamoramiento es la mejor, para algunas personas las manifestaciones físicas del amor son extremas.

“Enamorarse afecta tu cerebro de la misma manera en que lo haría fumar crack”, afirma Ethlie Ann Vare, autora de “Adicto al amor: Sexo, Romance y otras drogas peligrosas”. En efecto: una vez que el amor toca nuestra puerta, nuestro cerebro empieza a secretar un coctel de neurotransmisores que nos desestabilizan, y en el peor de los escenarios, incluso nos enferman.

¿Quieres saber por qué ocurre esto?

1.- No puedes dormir: Esto es porque no puedes dejar de producir dopamina y norepinefrina. “Por eso tienes tanta energía, tu rostro está radiante, puedes caminar hasta el amanecer y hacer el amor a todas horas”, dice la doctora Helen Fisher, investigadora del tema de la Universidad de Rutgers. Evidentemente, no hay cuerpo que aguante ese ritmo.

2.- No puedes comer: Eso puede deberse a la “limerencia”, un término psicológico que se refiere al estado obsesivo y intrusivo en el que solo queremos estar con la persona amada, dejando de lado las responsabilidades y a nosotros mismos. O sea, nos podemos volver locos de amor. Afortunadamente, este estado dura entre 6 meses a dos años como máximo.

3.- No te puedes concentrar: Aproximadamente el 10 por ciento de las personas nace con un pobre funcionamiento de los receptores de dopamina, pero cuando se enamoran y la dopamina fluye a raudales, solo pueden pensar en este sentimiento que los hace sentir tan bien.

4.- Presión en el pecho: El amor, el pánico y la ansiedad están interconectados en el cerebro. Es por ello que cuando se hizo un estudio a 75 personas “locamente enamoradas” se encontró una intensa actividad en la corteza insular de sus cerebros, la misma zona que procesa los sentimientos de miedo.

5.- Náuseas: Liberas tanta norepinefrina, dopamina y cortisol, que se interrumpe el flujo de sangre en el estómago.

Fuente: Terra.com.pe

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Acontecer

La trampa de “las rentas justas” en la CDMX. Por Caleb Ordóñez T.

En la Ciudad de México hay jóvenes que trabajan para pagar un departamento en el que apenas tienen tiempo de dormir. Familias que destinan buena parte de sus ingresos a cuatro paredes. Personas que viven a dos horas de su empleo porque acercarse al centro se convirtió en un lujo.

La vivienda es uno de los grandes fracasos de la política urbana capitalina.

Y ahora el gobierno pretende resolverlo con otra ley.

Clara Brugada presentó una iniciativa que promete rentas justas, contratos regulados y protección contra abusos. Una propuesta que, vista desde el discurso político, parece irreprochable. ¿Quién podría estar en contra de que las personas paguen menos por vivir dignamente?

Caleb Ordoñez T.

El problema es que las buenas intenciones no construyen departamentos.

Y los decretos tampoco.

Las buenas intenciones también tienen consecuencias

La iniciativa contempla limitar aumentos conforme a la inflación, registrar obligatoriamente los contratos y aplicar multas de hasta 46 mil 924 pesos. También propone asesoría gratuita y mecanismos contra desalojos violentos.

Hay medidas necesarias. Los abusos inmobiliarios existen. Los desalojos arbitrarios también. Ninguna persona debería perder su hogar mediante amenazas o intimidaciones.

Pero legislar para corregir una injusticia no debería producir otra.

Pensemos en una jubilada que dedicó treinta años a pagar un pequeño departamento. Hoy lo renta para complementar una pensión insuficiente. No pertenece a ningún cártel inmobiliario. No especula con edificios enteros. Simplemente administra el patrimonio que consiguió trabajando.

¿Qué sucederá si las nuevas obligaciones, restricciones y sanciones hacen que prefiera retirar su propiedad del mercado?

Habrá una vivienda menos.

Y si otros propietarios toman decisiones semejantes, quienes terminarán compitiendo por los departamentos disponibles serán precisamente aquellos que la ley pretende proteger.

No es una consecuencia demostrada ni inevitable. Es un riesgo que el Congreso tiene la obligación de evaluar.

Porque una cosa es regular los abusos y otra, muy distinta, pretender administrar la escasez.

El problema tiene dimensiones profundas. Según el INEGI, en 2024 el ingreso promedio de los hogares urbanos capitalinos rondaba los 37 mil pesos mensuales. Un promedio que, además, oculta enormes desigualdades.

¿Cuánto debe ganar una familia para vivir cerca de su trabajo? ¿Cuánto tiempo de su vida debe sacrificar transportándose? ¿En qué momento tener una habitación propia dejó de ser una aspiración razonable?

Esas preguntas no se resuelven únicamente vigilando contratos.

Se resuelven construyendo vivienda, mejorando el transporte, acercando servicios y generando condiciones para que la ciudad pueda alojar a quienes la mantienen funcionando.

Brugada también promete ampliar la vivienda asequible. Bien. Pero esa debería ser una prioridad medible, no una promesa subordinada al entusiasmo por imponer nuevas reglas.

El gobierno también debe rendir cuentas

Hay otra contradicción.

Desde 2024 existen disposiciones para limitar incrementos de renta y registrar contratos. Antes de anunciar nuevas sanciones, sería conveniente conocer los resultados de las anteriores.

¿Cuántas familias se beneficiaron? ¿Cuántos abusos fueron sancionados? ¿Qué funcionó y qué fracasó?

El gobierno exige transparencia a los particulares, pero todavía debe ofrecer respuestas convincentes sobre la eficacia de sus propias medidas.

Y mientras tanto, el verdadero debate corre el riesgo de perderse entre consignas: propietarios contra inquilinos, mercado contra Estado, ricos contra pobres.

Una discusión tan cómoda para los políticos como inútil para quienes necesitan vivienda.

La propiedad privada merece certeza jurídica. Los inquilinos merecen protección. Y ambos necesitan un gobierno capaz de entender que sus derechos no son necesariamente enemigos.

La iniciativa todavía puede corregirse. Sería deseable que el Congreso escuchara más evidencia y menos discursos.

Porque el desafío no consiste en decidir quién tiene la culpa de que vivir en la capital resulte tan caro.

Consiste en reconocer quién tiene la responsabilidad de hacerla habitable.

Una ciudad no se vuelve más justa cuando el gobierno decide cuánto debe costar vivir en ella, sino cuando consigue que vivir en ella deje de ser un privilegio.

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