Opinión
¿Qué rayos pasa en el IMSS? Por Caleb Ordóñez T.
Imagina que llevas veinte años trabajando en un hospital. Has pasado Navidades lejos de tu familia, cumpleaños atendiendo emergencias y noches enteras intentando salvar vidas. Cada quincena aportas a un sindicato que existe, en teoría, para defenderte. Un día te anuncian un aumento salarial. Tú y tus compañeros lo rechazan en una consulta y obligan a la dirigencia a volver a negociar.
La segunda oferta llega mejorada. Los representantes anuncian que el asunto está cerrado. Pero tú tienes una pregunta, quizá la más sencilla de todas: si pude votar contra la primera oferta, ¿por qué no puedo votar sobre la segunda?
Esa pregunta explica el conflicto en el IMSS mejor que cualquier porcentaje.
El aumento que nadie volvió a votar
El sindicato había aprobado una propuesta de incremento global de 6.8%, de los cuales apenas 2.9% correspondían al salario tabular y 3.9% a prestaciones. Los trabajadores la rechazaron mediante una consulta realizada el 14 de octubre. Rafael Olivos Hernández, secretario general del sindicato, reconoció el resultado y regresó a negociar con las autoridades del Seguro Social.
La segunda propuesta alcanzó un incremento global de 8%, dividido en 4% al salario tabular y 4% al concepto de ayuda para renta de vivienda, que también influye en el cálculo de determinadas prestaciones. El acuerdo fue celebrado por la dirigencia y por Zoé Robledo, director del IMSS, quien aseguró que el nuevo aumento respondía a las inquietudes expresadas por los trabajadores.
Hasta aquí parecería una historia de éxito. Los empleados manifestaron su inconformidad, fueron escuchados y consiguieron una mejor oferta. Pero la dirigencia decidió no convocar a una segunda consulta. Su argumento fue que la votación anterior había cumplido su propósito: mejorar la negociación. Además, sostuvo que sus facultades estatutarias permitían dar por concluido el proceso.
Hay que reconocer que una negociación no puede permanecer abierta indefinidamente y que los dirigentes necesitan facultades para alcanzar acuerdos. Tampoco puede afirmarse, sin examinar el procedimiento y la legislación aplicable, que la ausencia de otra consulta constituya automáticamente una ilegalidad.
Pero una cosa es tener autoridad para firmar un convenio y otra muy distinta conseguir que quienes serán afectados por él consideren legítima la decisión.
Los grupos inconformes pedían 10% directamente al salario tabular. Y la diferencia importa. No es lo mismo aumentar el sueldo base que mejorar una prestación adicional, especialmente cuando las condiciones de jubilación y el cálculo de determinados beneficios varían entre generaciones de trabajadores.
El sindicato tiene argumentos económicos para defender el acuerdo. Sostiene que representa uno de los mejores incrementos reales de los últimos veinte años y que mejora prestaciones adicionales al sueldo. Son elementos que merecen considerarse. Sin embargo, un buen resultado económico no elimina necesariamente una discusión sobre representación.
Porque escuchar a los trabajadores no consiste solamente en conocer su inconformidad. También implica explicarles qué se consiguió, qué no fue posible y por qué se tomó la decisión final.
El poder de representar a quienes no quieren ser representados por ti.
La historia del sindicalismo mexicano ayuda a entender esta contradicción. Durante buena parte del siglo XX, los sindicatos conquistaron derechos fundamentales, pero algunos dirigentes también construyeron estructuras de poder que terminaron alejándolos de sus representados. Hubo líderes capaces de negociar directamente con presidentes mientras sus propios trabajadores encontraban enormes dificultades para cuestionarlos.
La reforma laboral de 2019 buscó fortalecer la democracia sindical mediante mecanismos de participación y votaciones libres, directas y secretas. La legislación establece consultas obligatorias para determinados acuerdos colectivos, aunque sus requisitos concretos dependen del procedimiento aplicable. Por eso el debate del IMSS merece algo más que acusaciones apresuradas: exige claridad sobre las reglas y transparencia sobre las decisiones.
Siete años después, queda una lección que trasciende este conflicto: cambiar una ley puede ser mucho más sencillo que cambiar la manera de ejercer el poder.
Pero tampoco sería justo responsabilizar únicamente al sindicato. Los trabajadores reclaman además mejores condiciones laborales, personal suficiente, insumos médicos y soluciones a problemas de jubilación. Algunas de estas demandas corresponden al IMSS; otras involucran decisiones presupuestarias, al gobierno federal y hasta reformas legislativas.
Las cifras permiten dimensionar el desafío. El Instituto reporta que su plantilla creció considerablemente desde 2019 y que actualmente dice tener un abasto promedio de medicamentos de 94%. Sin embargo, el propio Zoé Robledo reconoce problemas de saturación, tiempos de espera y suministro. Es decir, hay avances documentados, pero también necesidades que siguen sin resolverse.
Y aquí apareces tú, aunque nunca hayas trabajado en el Seguro Social. Quizá has esperado meses por una consulta, acompañado a un familiar durante una madrugada en urgencias o encontrado a una enfermera extraordinaria trabajando en condiciones difíciles. Las deficiencias laborales también terminan afectando a los pacientes. Por eso importa que el sindicato tenga capacidad para negociar, que el Instituto administre eficientemente y que el gobierno rinda cuentas sobre los recursos disponibles.
Mientras tanto, el acuerdo del 8% ya fue anunciado, pero algunos trabajadores continúan inconformes. La negociación terminó sin que desaparecieran todas las preguntas. Y esa diferencia debería preocupar tanto a las autoridades como a los dirigentes sindicales.
Porque una organización puede conseguir aumentos, firmar convenios y celebrar victorias. Lo que no puede permitirse es perder la confianza de las personas que le dieron sentido a su existencia.
Los sindicatos no fueron creados para proteger dirigentes, como tampoco los hospitales existen para justificar presupuestos ni los gobiernos para administrar discursos. Su razón de ser está en las personas a las que sirven.
Una negociación puede terminar con una firma. Una crisis de confianza, no.
Y cuando los trabajadores comienzan a preguntarse a quién representa realmente su sindicato, el problema ya no está en el porcentaje que consiguieron sus dirigentes, sino en la legitimidad con la que siguen hablando en nombre de los demás.
Opinión
¿Por qué nos duele tanto perder? Por Caleb Ordóñez T.
Minuto 93. El árbitro mira su reloj. El equipo al que ha seguido toda su vida está a punto de perder una final. En la televisión, los jugadores caminan cabizbajos. Algunos lloran. Otros se desploman sobre el césped. Él permanece inmóvil en el sillón, mirando una pantalla que ya no tiene nada bueno que ofrecerle.
Apaga la tele. No quiere hablar con nadie. Tiene hambre, pero no quiere cenar. Se mete a la cama y repasa aquel gol fallado, la sustitución inexplicable, esa última jugada que pudo cambiarlo todo.
Mañana se levantará temprano, pagará sus cuentas e irá a trabajar. Su vida sigue exactamente igual. Pero esta noche siente que algo se le ha perdido.
Lo absurdo, en realidad, tiene explicación.
El «nosotros» que nadie firmó
En los años setenta, los psicólogos sociales Henri Tajfel y John Turner propusieron que parte de lo que somos proviene de los grupos a los que pertenecemos. Nos definimos por ellos: familia, barrio, país, equipo deportivo. Y cuando el grupo gana o pierde, algo de esa identidad sube o baja con él.
Robert Cialdini lo comprobó mediante una observación casi cómica. Tras las victorias de su universidad, los estudiantes usaban más prendas con el escudo y decían «ganamos». Tras las derrotas, el pronombre cambiaba mágicamente: «perdieron». Cialdini llamó a la primera conducta basking in reflected glory, es decir, disfrutar de la gloria reflejada. Años después, otros investigadores describieron su contraparte: el alejamiento deliberado del fracaso ajeno.
El problema del aficionado más apasionado es que no siempre consigue tomar distancia. Y su cuerpo lo sabe. En un estudio sobre la final del Mundial de 1994, el equipo de Paul Bernhardt midió los niveles de testosterona de aficionados de Brasil e Italia: aumentaron entre los seguidores del ganador y disminuyeron entre los del perdedor. Ninguno de ellos había tocado el balón. Pero su cerebro llevó la información a su cuerpo.
El futuro que se pierde
A la derrota se suma algo peor: la imaginación.
Durante semanas nos convencemos de que esta vez sí. Visualizamos el campeonato, imaginamos la celebración, decidimos con quién vamos a compartirla. Cuando llega la derrota, no solo perdemos un partido: perdemos un futuro que ya habíamos empezado a habitar.
Hablo con cierta experiencia. Tengo el don de encariñarme con equipos que tratan los campeonatos como episodios mitológicos. Entre el Necaxa que lo he visto descender dos veces y en béisbol a Cleveland (que ya ni Indians se llaman) he desarrollado una relación bastante madura con la resignación. Hay aficionados que coleccionan trofeos; otros acumulamos carácter. O así decimos, para no aceptar que nos duele en el alma ver perder a nuestros equipos favoritos.
Pero la psicología no solo explica por qué duele. Para entender por qué volvemos, hay que mirar más allá del sillón.
Émile Durkheim llamó «efervescencia colectiva» a esa energía que surge cuando una multitud siente lo mismo al mismo tiempo. El sociólogo Randall Collins añadió que los rituales compartidos nos dejan una carga emocional que nos une al grupo. El estadio, el bar, la plaza y el grupo de WhatsApp son, en ese sentido, templos laicos. Y funcionan tanto en la victoria como en la derrota.
La derrota, de hecho, a veces une más. Quien nos dice «lo vi contigo» o «yo también estuve ahí» nos entrega una complicidad que ningún título garantiza. Hay amistades, relaciones entre padres e hijos y barrios enteros cuya historia común se escribe con finales perdidas, quizá un ejemplo muy claro es el barrio de Boca en Buenos Aires o la pequeña ciudad de Green Bay que niega a reaparecer a sus Packers. Pocas cosas generan tanta cercanía como recordar juntos lo que preferiríamos olvidar.
Por eso, cuando alguien dice «nunca más me ilusiono», conviene no tomarlo muy en serio. Unos meses después estará comprando la nueva camiseta, revisando el calendario y haciendo cuentas para llegar a la final. No es masoquismo. Es que el dolor llegó acompañado de algo que valía la pena: pertenecer, emocionarse y reconocerse en una historia compartida.
Durante noventa minutos, nueve entradas o cuatro cuartos, dejamos de ser espectadores y nos sentimos protagonistas. Por eso duele tanto perder. Y por eso, a pesar de todo, la esperanza tiene esa cualidad maravillosa y cruel: nunca aprende a perder.
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