Acontecer
Usar perfume te hace lucir más bella, según estudio
ESTADOS UNIDOS.- Sentirse bella y atractiva es una de los deseos de las mujeres que ahora pueden agregar un secreto más en esa búsqueda por estar más lindas. Esta vez es fácil ya que una investigación afirma que el aroma de colonias y perfumes hace que los rostros se vean más sonrientes y relajados.
Un estudio de la Monell Chemical Senses Center en Philadelphia (EE.UU.) revela que las caras de las mujeres resultan más atractivas en la presencia de olores agradables. Eso sí, en contraste, el olor placentero tuvo menos efecto en la evaluación de la edad, así que no le van a echar menos años por usar colonia. Los resultados sugieren que el uso de productos perfumados alteran la forma en que nos percibimos unos a otros.
«El olor agradable y el atractivo facial se integran en una evaluación emocional conjunta», afirma la autora principal del estudio, Janina Seubert, neurocientífico cognitivo. «Esto puede indicar un sitio común de procesamiento neuronal en el cerebro».
Los perfumes y productos perfumados se han utilizado durante siglos como una forma de mejorar la apariencia personal general . Estudios anteriores habían demostrado que la percepción del atractivo facial puede estar influenciada según se utilicen olores agradables o desagradables. Sin embargo, no se sabía si los olores influyen realmente en la percepción visual de los rasgos faciales o en otras palabras, cómo las caras se evaluadas emocionalmente por el cerebro.
El estudio se centró en el principio de que juzgar el atractivo y la edad implican dos métodos de procesamiento de percepción distintos: el atractivo es considerado como un proceso emocional, mientras que los juicios de edad se cree que son cognitivos o basados racionalmente .
En el estudio, publicado en la revista de acceso abierto PLoS ONE , se pidió a 18 adultos jóvenes, dos tercios de los cuales eran mujeres, que evaluaran el atractivo y la edad de ocho rostros femeninos, presentados en fotografías. Las imágenes varían en función de las características naturales del envejecimiento.
Mientras se evaluaban las imágenes, uno de cinco olores era lanzado de forma simultánea. Estos eran una mezcla de aceite de pescado (desagradable) y aceite de rosas (agradable) que iba desde el aceite de pescado predominantemente a aceite de rosa predominante. Se pidió a los sujetos que calificaran la edad de la cara en la fotografía, el atractivo de la cara y lo agradable del olor.
En toda la gama de olores , el olor placentero influyó directamente en las calificaciones de atractivo facial . Esto sugiere que las señales olfativas y visuales influyen de forma independiente en los juicios de atractivo facial.
Acontecer
La trampa de “las rentas justas” en la CDMX. Por Caleb Ordóñez T.
En la Ciudad de México hay jóvenes que trabajan para pagar un departamento en el que apenas tienen tiempo de dormir. Familias que destinan buena parte de sus ingresos a cuatro paredes. Personas que viven a dos horas de su empleo porque acercarse al centro se convirtió en un lujo.
La vivienda es uno de los grandes fracasos de la política urbana capitalina.
Y ahora el gobierno pretende resolverlo con otra ley.
Clara Brugada presentó una iniciativa que promete rentas justas, contratos regulados y protección contra abusos. Una propuesta que, vista desde el discurso político, parece irreprochable. ¿Quién podría estar en contra de que las personas paguen menos por vivir dignamente?

Caleb Ordoñez T.
El problema es que las buenas intenciones no construyen departamentos.
Y los decretos tampoco.
Las buenas intenciones también tienen consecuencias
La iniciativa contempla limitar aumentos conforme a la inflación, registrar obligatoriamente los contratos y aplicar multas de hasta 46 mil 924 pesos. También propone asesoría gratuita y mecanismos contra desalojos violentos.
Hay medidas necesarias. Los abusos inmobiliarios existen. Los desalojos arbitrarios también. Ninguna persona debería perder su hogar mediante amenazas o intimidaciones.
Pero legislar para corregir una injusticia no debería producir otra.
Pensemos en una jubilada que dedicó treinta años a pagar un pequeño departamento. Hoy lo renta para complementar una pensión insuficiente. No pertenece a ningún cártel inmobiliario. No especula con edificios enteros. Simplemente administra el patrimonio que consiguió trabajando.
¿Qué sucederá si las nuevas obligaciones, restricciones y sanciones hacen que prefiera retirar su propiedad del mercado?
Habrá una vivienda menos.
Y si otros propietarios toman decisiones semejantes, quienes terminarán compitiendo por los departamentos disponibles serán precisamente aquellos que la ley pretende proteger.
No es una consecuencia demostrada ni inevitable. Es un riesgo que el Congreso tiene la obligación de evaluar.
Porque una cosa es regular los abusos y otra, muy distinta, pretender administrar la escasez.
El problema tiene dimensiones profundas. Según el INEGI, en 2024 el ingreso promedio de los hogares urbanos capitalinos rondaba los 37 mil pesos mensuales. Un promedio que, además, oculta enormes desigualdades.
¿Cuánto debe ganar una familia para vivir cerca de su trabajo? ¿Cuánto tiempo de su vida debe sacrificar transportándose? ¿En qué momento tener una habitación propia dejó de ser una aspiración razonable?
Esas preguntas no se resuelven únicamente vigilando contratos.
Se resuelven construyendo vivienda, mejorando el transporte, acercando servicios y generando condiciones para que la ciudad pueda alojar a quienes la mantienen funcionando.
Brugada también promete ampliar la vivienda asequible. Bien. Pero esa debería ser una prioridad medible, no una promesa subordinada al entusiasmo por imponer nuevas reglas.
El gobierno también debe rendir cuentas
Hay otra contradicción.
Desde 2024 existen disposiciones para limitar incrementos de renta y registrar contratos. Antes de anunciar nuevas sanciones, sería conveniente conocer los resultados de las anteriores.
¿Cuántas familias se beneficiaron? ¿Cuántos abusos fueron sancionados? ¿Qué funcionó y qué fracasó?
El gobierno exige transparencia a los particulares, pero todavía debe ofrecer respuestas convincentes sobre la eficacia de sus propias medidas.
Y mientras tanto, el verdadero debate corre el riesgo de perderse entre consignas: propietarios contra inquilinos, mercado contra Estado, ricos contra pobres.
Una discusión tan cómoda para los políticos como inútil para quienes necesitan vivienda.
La propiedad privada merece certeza jurídica. Los inquilinos merecen protección. Y ambos necesitan un gobierno capaz de entender que sus derechos no son necesariamente enemigos.
La iniciativa todavía puede corregirse. Sería deseable que el Congreso escuchara más evidencia y menos discursos.
Porque el desafío no consiste en decidir quién tiene la culpa de que vivir en la capital resulte tan caro.
Consiste en reconocer quién tiene la responsabilidad de hacerla habitable.
Una ciudad no se vuelve más justa cuando el gobierno decide cuánto debe costar vivir en ella, sino cuando consigue que vivir en ella deje de ser un privilegio.
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