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CONTEXTO: *El mejor representante… *Altar, orgullo chihuahuense… *Amor a Juárez en el presupuesto… *El jefe Loera…

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Muy orgullosos debemos estar los chihuahuenses de tener a un representante del Gobierno del Estado en la Ciudad de México como José Serrato Castell.

Y es que el sonorense no para, si no está inaugurando galerías de la belleza infinita de Chihuahua, está en la relación pública con diputados y senadores y hasta en la Conago se cuela, con todo y foto con el influencer Samuel García.

Eso sí, se vio algo de chapuza, pues Sonora tuvo a dos representantes en la Conago, muy bien por el estado vecino.

Mal harían en no considerar un aumento de sueldo, pues de sobra se nota el sacrificio y la vocación de este servidor público que tanto nos da y tan poco se le reconoce.

Imagínese que hasta él mismo, de su propia mano sube sus publicaciones a sus redes, dando constancia que no necesitaba de un equipo de comunicación para dar a conocer que la chamba habla por sí misma.

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Otro motivo de orgullo más, que a muchos se les pasó es el primer lugar mundial que la Coordinación de Relaciones Públicas del Gobierno de Chihuahua logró en el reto de altares de las Embajadas y Consulados.

Vaya que se aprovechan muy bien los impuestos que con gran sacrificio pagamos, pues mire que un altar, no bonito sino hermoso, es lo menos que esperamos de nuestras autoridades.

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Ya que estamos con el Gobierno del Estado, pero ahora sí en Chihuahua, la gobernadora salió con buenas noticias en cuanto al presupuesto, que sin duda pasará sin despeinarse por el Congreso del Estado.

En total, incrementó un 13 por ciento para quedar en poco más de 91 mil millones de pesos a ejercer.

Tan es así, que el mismo Estado decretó que el 2023 será el año de la inversión pública, con un incremento del 52%, respecto a lo destinado para este rubro el año pasado.

La seguridad y procuración de justicia tendrá un incremento sin precedentes del 25%, mientras que para los municipios se destinarán 14 mil millones. Y agárrense, que Juaritos, sólo, se echará a la bolsa más de 18 mil millones de pesos. Mucho amor le dará la gobernadora a la fronteriza.

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En próximos días, dicen los que saben, se habrán de reunir los jefes de campaña de Claudia Sheinbaum en Chihuahua.

Y adivine ¿quién será el encargado de liderar los trabajos de la jefa de Gobierno en tierras chihuahuitas?, así es, ni más ni menos que Juan Carlos Loera.

De esta forma, todos, toditos los jefes y coordinadores en Chihuahua estarán bajo las órdenes e instrucciones políticas del superdelegado.

De sobra se sabe, que Claudia le tiene buena fe a Juan Carlos y es por ello que a él le encomendará las tareas de promoción y operación territorial.

Opinión

El agua y la sed de poder. Por Caleb Ordóñez T.

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La crisis del agua en el norte de México ya dejó de ser un tema técnico. Hoy es un asunto político, económico y profundamente social. Porque cuando un país empieza a preguntarse si tendrá suficiente agua para producir, crecer y vivir, deja de hablar del clima y empieza a hablar de poder. En paralelo, México vive uno de sus momentos más prometedores en décadas con el boom del nearshoring, es decir, la decisión de empresas globales de mover sus fábricas más cerca de Estados Unidos para reducir costos, tiempos y riesgos. La narrativa suena poderosa: más inversión, más empleos, más desarrollo. Pero hay una pregunta incómoda que empieza a pesar más que cualquier discurso: ¿con qué agua se va a sostener ese crecimiento con la inminente sequía que viene?

Caleb Ordoñez

El nearshoring no funciona solo con tratados ni con entusiasmo económico. Necesita energía constante, infraestructura eficiente y enormes -inmensas- cantidades de agua. Y ahí aparece el verdadero problema: las regiones más atractivas para esta inversión son también las más presionadas por la sequía. Estados como Nuevo León, Chihuahua, Coahuila, Sonora, Baja California y Tamaulipas concentran esta paradoja. Son motores industriales, puertas de entrada al mercado estadounidense y piezas clave del nuevo mapa económico de América del Norte, pero al mismo tiempo enfrentan niveles de estrés hídrico cada vez más preocupantes. El norte del país se está volviendo más competitivo hacia afuera, pero más vulnerable hacia adentro.

Y no es solo que falte agua, sino cómo la usamos. En México, la mayor parte del consumo se destina al sector agropecuario, mientras la industria crece y las ciudades se expanden con rapidez. Los acuíferos, muchos ya sobreexplotados, no logran recuperarse al ritmo de la demanda. Aquí entra un concepto clave que pocas veces se explica con claridad: la disponibilidad de agua. No significa simplemente que exista agua en el territorio, sino que esté disponible de forma constante, accesible en costos, con calidad adecuada y con infraestructura suficiente para captarla, tratarla y distribuirla. Y hoy, en buena parte del norte del país, esa ecuación ya no está garantizada. El riesgo no es futuro, es presente.

Cuando el agua empieza a escasear, la política inevitablemente entra en escena. Para la presidenta Claudia Sheinbaum, este puede convertirse en uno de los temas más delicados de su administración. Porque el discurso de crecimiento impulsado por el nearshoring puede chocar directamente con la realidad cotidiana de millones de personas que empiezan a resentir cortes, baja presión o incertidumbre sobre el abasto. Y cuando la gente percibe que el desarrollo económico compite con su acceso a un recurso básico, el problema deja de ser técnico y se vuelve emocional.

Ahí es donde la oposición encuentra terreno fértil. En estados donde históricamente el PAN y el PRI han tenido estructuras políticas, empresariales y sociales muy sólidas (como Nuevo León, Chihuahua o Coahuila), una crisis de agua sostenida puede traducirse en algo muy concreto: voto de castigo. La narrativa es simple y poderosa: “llegó la inversión, pero se fue el agua”; “prometieron desarrollo, pero no aseguraron lo básico”. Y cuando esa percepción se instala en la conversación pública, los equilibrios políticos cambian. Morena no solo enfrenta un reto de gestión, enfrenta un reto de narrativa, que si no se preparan, será imposible de solucionar.

Pero hay algo todavía más delicado. El agua ya no solo genera escasez, empieza a generar tensión. Conflictos entre sectores productivos, entre comunidades, entre zonas urbanas y rurales. Cuando el recurso se vuelve limitado, también se vuelve motivo de disputas y violencia. Lo que hoy son señales de estrés mañana pueden convertirse en conflictos abiertos si no se actúa con visión de largo plazo.

Por eso este no es solo un problema de gobierno, es un reto de país. Cuidar el agua no puede quedarse en campañas o discursos, tiene que convertirse en cultura, en educación, en disciplina cotidiana. Tenemos que enseñar —y aprender— que el agua no es infinita, que abrir la llave no es automático, que cada decisión cuenta. Porque al final esto va mucho más allá de la política o la economía. Un país que no cuida su recurso más vital no solo pone en riesgo su crecimiento, pone en riesgo su estabilidad. Y cuando el agua empieza a escasear, lo primero que se seca no es la tierra, es la paciencia social.

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