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Opinión: Tan cerca y tan lejos, por Nancy Toledo

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En una realidad híper conectada con acceso a todo y todos en todo momento, no puedo evitar pensar que esta cercanía nos separa al mismo tiempo de muchas cosas.

Podremos saber de alguien cosas tan propias de su día: qué desayunó, que está leyendo, qué tipo de ejercicio hace, con quien sale, que ve en la tele…y sentirnos tan cerca de esa ellos. Pero la realidad es que estamos tan lejos de ser parte de su vida.
Mi celular está lleno de grupos de WhatsApp, que son una excelente manera de estar conectados con la familia, amigos, compañeros de la escuela, vecinos. Pero esto nos lleva a hablar como grupo y le quita lo personal a la relación. Muchas veces ya no sabes quien dijo algo, quien mando qué.

A pesar de que uso y disfruto mucho estas herramientas y redes sociales, no me encanta la parte en la que nos alejamos de esta cercanía. Soy una “víctima” más de esta situación. Pero no debemos de caer en este tipo de relación mecánica. Yo trato de mantener algo de individualidad en esta era súper comunicada.

Parece mentira, pero para mi es difícil encontrar un tiempo en que pueda hacer una llamada. Una sustancial.
Pero de vez en cuando le hablo la gente que tengo en esos grupos, amigas que me nutren, que me gusta escuchar lo que tienen que decir…aunque sean chistes y cosas que podríamos leer en los grupos que compartimos, pero es diferente. Me hace sentir más cerca.
O simplemente mandar mensajes directos, y platicar de lo que sea. No en masa, algo personal. Y eso me hace sentir conectada con ellas.

Ahora son tiempos más difíciles para la convivencia real, y vernos cara a cara. Por eso reflexiono sobre el tema. Estamos a un “clic” de todos nuestros contactos.

Me rehúso a perder individualidad. Aunque es lindo pertenecer a un grupo, no quiero ser solo una persona de la bola.
No perdamos la bonita costumbre de felicitar en un cumpleaños, de procurar a los amigos, de estar cerca de los amigos. No perdamos el interés en los demás. No te alejes, cuando puedes estar cerca.

Nancy Anahi Toledo Rascón
Facebook.com/eso pienso
Instagram @eso.pienso

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El agua y la sed de poder. Por Caleb Ordóñez T.

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La crisis del agua en el norte de México ya dejó de ser un tema técnico. Hoy es un asunto político, económico y profundamente social. Porque cuando un país empieza a preguntarse si tendrá suficiente agua para producir, crecer y vivir, deja de hablar del clima y empieza a hablar de poder. En paralelo, México vive uno de sus momentos más prometedores en décadas con el boom del nearshoring, es decir, la decisión de empresas globales de mover sus fábricas más cerca de Estados Unidos para reducir costos, tiempos y riesgos. La narrativa suena poderosa: más inversión, más empleos, más desarrollo. Pero hay una pregunta incómoda que empieza a pesar más que cualquier discurso: ¿con qué agua se va a sostener ese crecimiento con la inminente sequía que viene?

Caleb Ordoñez

El nearshoring no funciona solo con tratados ni con entusiasmo económico. Necesita energía constante, infraestructura eficiente y enormes -inmensas- cantidades de agua. Y ahí aparece el verdadero problema: las regiones más atractivas para esta inversión son también las más presionadas por la sequía. Estados como Nuevo León, Chihuahua, Coahuila, Sonora, Baja California y Tamaulipas concentran esta paradoja. Son motores industriales, puertas de entrada al mercado estadounidense y piezas clave del nuevo mapa económico de América del Norte, pero al mismo tiempo enfrentan niveles de estrés hídrico cada vez más preocupantes. El norte del país se está volviendo más competitivo hacia afuera, pero más vulnerable hacia adentro.

Y no es solo que falte agua, sino cómo la usamos. En México, la mayor parte del consumo se destina al sector agropecuario, mientras la industria crece y las ciudades se expanden con rapidez. Los acuíferos, muchos ya sobreexplotados, no logran recuperarse al ritmo de la demanda. Aquí entra un concepto clave que pocas veces se explica con claridad: la disponibilidad de agua. No significa simplemente que exista agua en el territorio, sino que esté disponible de forma constante, accesible en costos, con calidad adecuada y con infraestructura suficiente para captarla, tratarla y distribuirla. Y hoy, en buena parte del norte del país, esa ecuación ya no está garantizada. El riesgo no es futuro, es presente.

Cuando el agua empieza a escasear, la política inevitablemente entra en escena. Para la presidenta Claudia Sheinbaum, este puede convertirse en uno de los temas más delicados de su administración. Porque el discurso de crecimiento impulsado por el nearshoring puede chocar directamente con la realidad cotidiana de millones de personas que empiezan a resentir cortes, baja presión o incertidumbre sobre el abasto. Y cuando la gente percibe que el desarrollo económico compite con su acceso a un recurso básico, el problema deja de ser técnico y se vuelve emocional.

Ahí es donde la oposición encuentra terreno fértil. En estados donde históricamente el PAN y el PRI han tenido estructuras políticas, empresariales y sociales muy sólidas (como Nuevo León, Chihuahua o Coahuila), una crisis de agua sostenida puede traducirse en algo muy concreto: voto de castigo. La narrativa es simple y poderosa: “llegó la inversión, pero se fue el agua”; “prometieron desarrollo, pero no aseguraron lo básico”. Y cuando esa percepción se instala en la conversación pública, los equilibrios políticos cambian. Morena no solo enfrenta un reto de gestión, enfrenta un reto de narrativa, que si no se preparan, será imposible de solucionar.

Pero hay algo todavía más delicado. El agua ya no solo genera escasez, empieza a generar tensión. Conflictos entre sectores productivos, entre comunidades, entre zonas urbanas y rurales. Cuando el recurso se vuelve limitado, también se vuelve motivo de disputas y violencia. Lo que hoy son señales de estrés mañana pueden convertirse en conflictos abiertos si no se actúa con visión de largo plazo.

Por eso este no es solo un problema de gobierno, es un reto de país. Cuidar el agua no puede quedarse en campañas o discursos, tiene que convertirse en cultura, en educación, en disciplina cotidiana. Tenemos que enseñar —y aprender— que el agua no es infinita, que abrir la llave no es automático, que cada decisión cuenta. Porque al final esto va mucho más allá de la política o la economía. Un país que no cuida su recurso más vital no solo pone en riesgo su crecimiento, pone en riesgo su estabilidad. Y cuando el agua empieza a escasear, lo primero que se seca no es la tierra, es la paciencia social.

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