Opinión
Bonilla vs. Pérez Cuéllar: Rivalidad que marca el rumbo político del estado
La política en Chihuahua vive un pulso cada vez más intenso. Marco Bonilla, alcalde de la capital, y Cruz Pérez Cuéllar, alcalde de Ciudad Juárez, han convertido sus diferencias en un enfrentamiento público que ya trasciende la rutina de los ayuntamientos y llama la atención del país. Lo que comenzó como fricciones políticas ha escalado a acusaciones directas y gestos simbólicos que mantienen a la ciudadanía en vilo.
Pérez Cuéllar ha acusado a Bonilla de orquestar lo que él llama una “guerra sucia”, vinculando al alcalde capitalino con la difusión de rumores sobre una investigación de la DEA en su contra. Bonilla, por su parte, niega cualquier implicación y reta a su homólogo a presentar pruebas, insistiendo en que su prioridad son las soluciones para Chihuahua, no las polémicas personales.
La tensión se materializa incluso en lo visual: en agosto de 2025 apareció en Ciudad Juárez una pintura con la frase “Bonilla es Juárez”, que desató especulaciones sobre provocaciones políticas y estrategias de confrontación simbólica. Pérez Cuéllar restó importancia al asunto, calificándolo de “chafilla”, mientras la gobernadora Maru Campos llamó a ambos a mantener una conducta íntegra y a no caer en prácticas corruptas, sin tomar partido en el conflicto.
Analistas locales advierten que la pugna podría intensificarse con la mirada puesta en el ciclo electoral de 2027, pues ambos alcaldes han extendido su influencia más allá de sus municipios, lo que sugiere aspiraciones políticas que van más allá de sus cargos actuales.
Lo que hoy parece un enfrentamiento municipal podría convertirse en un termómetro del poder político en Chihuahua. Cada declaración, cada gesto y cada rumor construyen un escenario donde la rivalidad entre Bonilla y Pérez Cuéllar ya no es solo un choque personal: es un indicador de hacia dónde podría inclinarse la política del estado en los próximos años. La ciudadanía observa, y la tensión política solo parece ir en aumento.
Opinión
Andy: un apellido no basta. Por Caleb Ordóñez T.
Andrés Manuel López Beltrán heredó uno de los apellidos más poderosos de México. También heredó algo mucho más difícil de cargar: la costumbre nacional de nunca verlo a él, sino siempre a través de su padre.
Ser hijo de un expresidente ya es complicado. Serlo de Andrés Manuel López Obrador es otra categoría: crecer bajo la sombra de un hombre al que millones consideran el político más transformador de su generación y otros millones culpan de buena parte de los problemas del país. AMLO no admite tibieza. Y ahora Andy descubre que la polarización también se hereda, con intereses acumulados.

Caleb Ordoñez Talavera
Durante años estuvo cerca del poder institucional sin asumir formalmente sus costos. Participó en la construcción del movimiento de su padre, tuvo influencia real dentro del obradorismo, pero respetó, al menos públicamente, el acuerdo familiar de no buscar cargos de elección mientras López Obrador gobernara. El sexenio terminó. El acuerdo, también.
El aparato
En 2024, Andy asumió la Secretaría de Organización de Morena, el puesto que en cualquier partido mexicano equivale a controlar buena parte del músculo: padrón, estructura territorial y movilización. Bajo su gestión, Morena presumió haber superado los 12 millones de militantes, una cifra extraordinaria que también despertó cuestionamientos sobre el proceso de afiliación. El partido la presenta como prueba de que el movimiento puede seguir creciendo aun sin su fundador al frente.
Después, de pronto, prácticamente desde la nada, dejó el cargo para buscar una diputación federal por Tabasco en 2027. Quizá sea un movimiento inteligente (o un salvavidas político) pues cambia el control del aparato por legitimidad de urna, algo que ningún acuerdo familiar ni ninguna cercanía con Palacio Nacional pueden regalarle. Es también, para sus adversarios, la prueba de que el heredero necesita ahora un mandato propio porque el apellido, por sí solo, empieza a no bastarle, sino a molestarle.
El símbolo que no calculó
El viaje a Japón fue el primer costo político serio de esa transición. Las imágenes y los señalamientos sobre hospedajes costosos chocaron frontalmente con la palabra que su padre convirtió en columna vertebral del obradorismo: austeridad. López Beltrán respondió que pagó el viaje con recursos propios y habló de un linchamiento. Puede tener razón en lo legal. El problema nunca fue si tenía derecho a gastar su dinero; fue no anticipar que, siendo quien es, ese gasto se leería como traición simbólica antes que como libertad personal.
Ningún asesor de López Obrador habría permitido esa fotografía. Y esa distancia entre el instinto político del padre y el del hijo dice más sobre Andy que cualquier discurso.
La carta que no le correspondía escribir
La revocación de su visa estadounidense abrió un capítulo distinto y aquí conviene la precisión: una decisión migratoria no es una sentencia. Hasta ahora no existe una acusación penal pública en Estados Unidos contra López Beltrán, y tratarlo como culpable a partir de una visa revocada sería tan irresponsable como el linchamiento que él mismo denuncia.
Lo que sí es criticable es la respuesta. Escribirle directamente a Donald Trump para reclamar una persecución política no es un exceso de carácter: es una confusión de investidura. México tiene Presidenta, canciller y embajada para gestionar la relación bilateral. Andy no conduce esa política exterior ni representa al Estado mexicano. Al actuar como si lo hiciera, no demuestra fuerza: demuestra que todavía no distingue entre tener influencia dentro de un movimiento y tener autoridad de Estado. Es exactamente el tipo de error que un político con oficio, empezando por su padre, difícilmente habría cometido en público.
El heredero imposible
Ahí está la verdadera paradoja de Andy: el apellido le abre prácticamente cualquier puerta política y, al mismo tiempo, le impide construir algo que sea solamente suyo. Quienes aman a López Obrador buscarán al padre dentro del hijo y se decepcionarán cuando no lo encuentren. Quienes lo detestan le cobrarán al hijo cuentas que nunca fueron suyas. Ambas cosas son injustas. Ninguna es evitable.
Andy puede heredar el obradorismo, pero no puede heredar a AMLO.
López Obrador dejó una consigna que sus seguidores repiten como mandamiento: no mentir, no robar, no traicionar al pueblo. Si Andy quiere una herencia real (no una curul, no una secretaría, no una multitud prestada) probablemente esa frase sea lo único que valga la pena reclamar como suyo.
Porque Andrés Manuel López Obrador tardó casi cuatro décadas en convertirse en AMLO. Su hijo nació siendo “Andy”. Si quiere hacer historia propia, tendrá que conseguir algo mucho más difícil que heredar el poder: lograr que México deje de preguntarse de quién es hijo.
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