Opinión
Bonilla vs. Pérez Cuéllar: Rivalidad que marca el rumbo político del estado
La política en Chihuahua vive un pulso cada vez más intenso. Marco Bonilla, alcalde de la capital, y Cruz Pérez Cuéllar, alcalde de Ciudad Juárez, han convertido sus diferencias en un enfrentamiento público que ya trasciende la rutina de los ayuntamientos y llama la atención del país. Lo que comenzó como fricciones políticas ha escalado a acusaciones directas y gestos simbólicos que mantienen a la ciudadanía en vilo.
Pérez Cuéllar ha acusado a Bonilla de orquestar lo que él llama una “guerra sucia”, vinculando al alcalde capitalino con la difusión de rumores sobre una investigación de la DEA en su contra. Bonilla, por su parte, niega cualquier implicación y reta a su homólogo a presentar pruebas, insistiendo en que su prioridad son las soluciones para Chihuahua, no las polémicas personales.
La tensión se materializa incluso en lo visual: en agosto de 2025 apareció en Ciudad Juárez una pintura con la frase “Bonilla es Juárez”, que desató especulaciones sobre provocaciones políticas y estrategias de confrontación simbólica. Pérez Cuéllar restó importancia al asunto, calificándolo de “chafilla”, mientras la gobernadora Maru Campos llamó a ambos a mantener una conducta íntegra y a no caer en prácticas corruptas, sin tomar partido en el conflicto.
Analistas locales advierten que la pugna podría intensificarse con la mirada puesta en el ciclo electoral de 2027, pues ambos alcaldes han extendido su influencia más allá de sus municipios, lo que sugiere aspiraciones políticas que van más allá de sus cargos actuales.
Lo que hoy parece un enfrentamiento municipal podría convertirse en un termómetro del poder político en Chihuahua. Cada declaración, cada gesto y cada rumor construyen un escenario donde la rivalidad entre Bonilla y Pérez Cuéllar ya no es solo un choque personal: es un indicador de hacia dónde podría inclinarse la política del estado en los próximos años. La ciudadanía observa, y la tensión política solo parece ir en aumento.
Opinión
La trampa de “las rentas justas” en la CDMX. Por Caleb Ordóñez T.
En la Ciudad de México hay jóvenes que trabajan para pagar un departamento en el que apenas tienen tiempo de dormir. Familias que destinan buena parte de sus ingresos a cuatro paredes. Personas que viven a dos horas de su empleo porque acercarse al centro se convirtió en un lujo.
La vivienda es uno de los grandes fracasos de la política urbana capitalina.
Y ahora el gobierno pretende resolverlo con otra ley.
Clara Brugada presentó una iniciativa que promete rentas justas, contratos regulados y protección contra abusos. Una propuesta que, vista desde el discurso político, parece irreprochable. ¿Quién podría estar en contra de que las personas paguen menos por vivir dignamente?

Caleb Ordoñez T.
El problema es que las buenas intenciones no construyen departamentos.
Y los decretos tampoco.
Las buenas intenciones también tienen consecuencias
La iniciativa contempla limitar aumentos conforme a la inflación, registrar obligatoriamente los contratos y aplicar multas de hasta 46 mil 924 pesos. También propone asesoría gratuita y mecanismos contra desalojos violentos.
Hay medidas necesarias. Los abusos inmobiliarios existen. Los desalojos arbitrarios también. Ninguna persona debería perder su hogar mediante amenazas o intimidaciones.
Pero legislar para corregir una injusticia no debería producir otra.
Pensemos en una jubilada que dedicó treinta años a pagar un pequeño departamento. Hoy lo renta para complementar una pensión insuficiente. No pertenece a ningún cártel inmobiliario. No especula con edificios enteros. Simplemente administra el patrimonio que consiguió trabajando.
¿Qué sucederá si las nuevas obligaciones, restricciones y sanciones hacen que prefiera retirar su propiedad del mercado?
Habrá una vivienda menos.
Y si otros propietarios toman decisiones semejantes, quienes terminarán compitiendo por los departamentos disponibles serán precisamente aquellos que la ley pretende proteger.
No es una consecuencia demostrada ni inevitable. Es un riesgo que el Congreso tiene la obligación de evaluar.
Porque una cosa es regular los abusos y otra, muy distinta, pretender administrar la escasez.
El problema tiene dimensiones profundas. Según el INEGI, en 2024 el ingreso promedio de los hogares urbanos capitalinos rondaba los 37 mil pesos mensuales. Un promedio que, además, oculta enormes desigualdades.
¿Cuánto debe ganar una familia para vivir cerca de su trabajo? ¿Cuánto tiempo de su vida debe sacrificar transportándose? ¿En qué momento tener una habitación propia dejó de ser una aspiración razonable?
Esas preguntas no se resuelven únicamente vigilando contratos.
Se resuelven construyendo vivienda, mejorando el transporte, acercando servicios y generando condiciones para que la ciudad pueda alojar a quienes la mantienen funcionando.
Brugada también promete ampliar la vivienda asequible. Bien. Pero esa debería ser una prioridad medible, no una promesa subordinada al entusiasmo por imponer nuevas reglas.
El gobierno también debe rendir cuentas
Hay otra contradicción.
Desde 2024 existen disposiciones para limitar incrementos de renta y registrar contratos. Antes de anunciar nuevas sanciones, sería conveniente conocer los resultados de las anteriores.
¿Cuántas familias se beneficiaron? ¿Cuántos abusos fueron sancionados? ¿Qué funcionó y qué fracasó?
El gobierno exige transparencia a los particulares, pero todavía debe ofrecer respuestas convincentes sobre la eficacia de sus propias medidas.
Y mientras tanto, el verdadero debate corre el riesgo de perderse entre consignas: propietarios contra inquilinos, mercado contra Estado, ricos contra pobres.
Una discusión tan cómoda para los políticos como inútil para quienes necesitan vivienda.
La propiedad privada merece certeza jurídica. Los inquilinos merecen protección. Y ambos necesitan un gobierno capaz de entender que sus derechos no son necesariamente enemigos.
La iniciativa todavía puede corregirse. Sería deseable que el Congreso escuchara más evidencia y menos discursos.
Porque el desafío no consiste en decidir quién tiene la culpa de que vivir en la capital resulte tan caro.
Consiste en reconocer quién tiene la responsabilidad de hacerla habitable.
Una ciudad no se vuelve más justa cuando el gobierno decide cuánto debe costar vivir en ella, sino cuando consigue que vivir en ella deje de ser un privilegio.
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