Opinión
Crimen. Por Raúl Saucedo
La culebra
Cuando escribo la palabra crimen viene a mi instintivamente la palabra castigo y no por la correlación de justicia en el acto, si no quizá por aquel primer libro de Fedor Dostoievski leído hace más de veinte años.
Dentro del catálogo social de crímenes estipulados por las leyes aplicables en todo el mundo el del asesinato es el más recurrente y sancionado dentro de las culturas jurídicas del mundo. Aun así, dentro de los asesinatos existe uno que se perpetua en los libros de la historia, el “Magnicidio”.
Se define como el asesinato de figuras políticas prominentes, han sido eventos que sacuden las estructuras políticas y sociales de naciones enteras. A lo largo de la historia, estos actos han sido detonantes de cambios radicales, ya sea en el ámbito político, económico o social.
Las causas de los magnicidios a menudo son impulsadas por razones políticas. La acumulación de poder por parte de una figura puede generar miedo y resentimiento en otros sectores de la sociedad, especialmente entre aquellos que ven su influencia disminuida. La percepción de que un líder está amenazando los valores fundamentales de una nación, como la democracia o la igualdad, puede llevar a ciertos grupos a considerar el asesinato como un medio para restaurar el equilibrio.
Las ideologías extremistas, tanto de derecha como de izquierda, han sido responsables de numerosos magnicidios. Los individuos o grupos que suscriben estas ideologías pueden ver el asesinato de un líder como una manera de avanzar su causa o de detener lo que perciben como una amenaza existencial. Estas acciones no solo buscan eliminar a un adversario, sino también enviar un mensaje poderoso a la sociedad.
En contextos de profundas divisiones étnicas o religiosas, los magnicidios pueden surgir como una manifestación extrema de conflicto. Las tensiones entre diferentes grupos pueden ser encolerizadas por la acción de líderes que promueven políticas de exclusión o favoritismo, llevando a ataques directos contra figuras claves percibidas como símbolos del poder.
La desesperación económica también puede ser un motor de los magnicidios. En situaciones donde las políticas económicas de un líder resultan en pobreza generalizada, desempleo y desigualdad, los afectados pueden recurrir a la violencia como una forma de expresar su frustración y desesperación. El asesinato del líder puede ser visto como un último recurso para cambiar el rumbo de la política económica.
El efecto inmediato de un magnicidio es la desestabilización del gobierno. La muerte de un líder puede crear un vacío de poder, desencadenando luchas internas por el control. Esta inestabilidad puede llevar a cambios abruptos en las políticas y en la dirección del país, afectando tanto a los ciudadanos como a las relaciones internas e internacionales.
La economía y los mercados financieros son sensibles a la inestabilidad política. Un magnicidio puede provocar una caída inmediata en los mercados de valores y en la confianza de los inversores. La incertidumbre sobre la dirección futura del país puede llevar a la fuga de capitales y a una disminución de las inversiones extranjeras. Así como una desestabilización política resultante de un magnicidio puede llevar a una desaceleración económica. Las luchas internas por el poder y las posibles reformas radicales pueden interrumpir la implementación de políticas económicas, afectando negativamente el crecimiento y la estabilidad económica.
Algunos de los magnicidios con eco en la historia de la humanidad son:
Julio César
El asesinato de Julio César en el 44 a.C. Su muerte, a manos de un grupo de senadores romanos, se debió a la percepción de que César estaba acumulando demasiado poder y amenazaba la República Romana. Las consecuencias fueron que la República colapsó y dio paso al Imperio Romano.
El Archiduque Francisco Fernando
Este asesinato trascendió en Austria en 1914. Su asesinato por un nacionalista serbio fue el detonante inmediato de la Primera Guerra Mundial. Este conflicto global reconfiguró las fronteras de Europa, llevó al colapso de imperios y sembró las semillas de futuros conflictos, incluyendo la Segunda Guerra Mundial.
Mahatma Gandhi
En 1948, el asesinato de Mahatma Gandhi en la India tuvo un impacto profundo tanto a nivel nacional como internacional. Gandhi, conocido por su liderazgo en la lucha por la independencia de la India mediante la no violencia, fue asesinado por un extremista hindú que lo consideraba demasiado conciliador con los musulmanes. Su muerte dejó un vacío en el liderazgo moral de la nación y así incrementolas tensiones religiosas.
Martin Luther King Jr.
El asesinato de Martin Luther King Jr. en 1968 fue un magnicidio que tuvo un profundo impacto en la sociedad estadounidense. King, líder del movimiento por los derechos civiles, fue asesinado en Memphis, Tennessee. Su muerte provocó disturbios en varias ciudades y un profundo dolor en la comunidad afroamericana. A nivel político, aceleró la aprobación de leyes de derechos civiles, pero también dejó un vacío en el liderazgo del movimiento, lo que afectó su cohesión y dirección en los años siguientes.
Todo este análisis y repaso histórico de la condición humanada y su relación con el poder y sus figuras nos lleva al reciente episodio vivido dentro las campañas norteamericanas donde Donal Trump candidato republicano al gobierno de USA sufrió un atentado, si bien para muchos Hollywood está detrás de lo que lleno nuestras pantallas el reciente fin de semana, yo prefiero disponer de la información aquí presentada para crear un juicio.
Todo esto sucede mientras algunos disponen revivir el magnicidio más controvertido en la historia reciente de México para dilapidar contra adversarios políticos y al igual que la inherencia de Dostoievski con la palabra crimen, en mi mente existe aquella que dice…… ¡Ay la culebra!…
@Raul_Saucedo
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Opinión
Huachicol y otros demonios. Por Caleb Ordoñez T.
México lleva ocho años combatiendo el huachicol y el huachicol lleva ocho años ganándole por goleada. López Obrador inauguró su gobierno cerrando ductos y prometiendo mandar al huachicolero al museo de la corrupción del pasado. Ocho años y una transición después, México registró 2,563 tomas clandestinas solo en el primer trimestre de 2026: una cada 51 minutos. El huachicolero no murió. Evolucionó, se puso corbata y aprendió política.
¿Por qué Huachicol?
“Huachicol” nombró primero al alcohol adulterado, era una bebida que prometía una cosa y entregaba otra, antes de migrar a la gasolina robada y, ya en su versión de cuello blanco, al huachicol fiscal. Somos creativos para ponerles nombres folclóricos a nuestras tragedias.

Caleb Ordoñez Talavera
Y esto dejó de ser folclor hace mucho. En el primer trimestre del año, Hidalgo registró 731 tomas clandestinas; Jalisco, 578; el Estado de México, 189. Cuautepec de Hinojosa, un solo municipio de Hidalgo, acumuló 202 perforaciones en tres meses. Una toma clandestina cada 51 minutos no es el vecino con una manguera a las tres de la mañana. Es una industria con horario de oficina, y una industria necesita nómina: gente para sacar el combustible, pipas para moverlo, bodegas para guardarlo y empresas de papel para lavar las ganancias. Y para sostener el aparato durante años hace falta el insumo más caro de todos: suficientes autoridades dispuestas a no ver, no oír y no preguntar.
Aquí conviene hacer una pausa honesta. El gobierno tiene un argumento real que oponer a esto: los aseguramientos han aumentado, no disminuido, y parte de la razón por la que ahora “vemos” más huachicol es que se está buscando más que antes. Es cierto. El problema es que ese argumento explica el número de decomisos, no el de tomas clandestinas —que también aumentó—, y tampoco explica por qué las redes de corrupción y protección que hacen posible semejante negocio han logrado sobrevivir durante ocho años. Encontrar más droga no prueba que se esté ganando la guerra contra el narco; encontrar más huachicol tampoco prueba que se esté ganando esta.
La escoba de Tabasco
Aquí entra Adán Augusto López. No existe sentencia que lo vincule con el huachicol ni está acreditado que perteneciera a La Barredora. Su problema es otro, y más incómodo: cuando gobernaba Tabasco, puso al frente de la seguridad pública a Hernán Bermúdez Requena, el hombre encargado de cazar exactamente a los delincuentes que terminó, presuntamente, dirigiendo.
Hoy Bermúdez está procesado como presunto jefe de “La Barredora”, organización señalada por extorsión, secuestro y robo de combustible. El hombre puesto a barrer el crimen de Tabasco terminó acusado de encabezar La Barredora llena de corrupción. Adán Augusto ha negado cualquier vínculo y no enfrenta cargos. Pero muchos tabasqueños aseguran que está involucrado.
Lo que no resuelve es la pregunta política: ¿cómo se gobierna un estado sin enterarse de lo que ocurre alrededor del propio jefe de Seguridad? Solo hay dos respuestas, y ambas son un problema. Si lo sabía, es gravísimo. Si no lo sabía, la pregunta es qué estaba gobernando exactamente. Para quien después llegó a secretario de Gobernación y hoy pretende conservar influencia en la definición electoral de 2027, ninguna cabe en un currículum, aunque ambas quepan en la política mexicana.
El huachicol aprendió a usar corbata
Mientras el país perseguía mangueras en el campo, el negocio se mudó a un piso más alto. El huachicol fiscal ni siquiera necesita perforar un ducto: puede bastarle un barco, una importación mal declarada, una empresa fachada y un pedimento aduanal firmado por la persona indicada. Cambió la camioneta por un escritorio y la manguera por un sello.
Las investigaciones han tocado ya a mandos vinculados con la Marina, la institución a la que López Obrador entregó el control de las aduanas para, supuestamente, erradicar la corrupción. Se le dieron las llaves de la puerta trasera a quien debía cuidarla. El pasado 17 de septiembre se conoció en Guanajuato el aseguramiento de 59 millones de litros de presunto combustible ilícito en diez tanques. Con una cifra así, preguntar solo quién manejaba la pipa es casi un acto de inocencia voluntaria. La pregunta es quién permitió construir la carretera —económica, institucional y política— por la que ese combustible circuló durante años.
Adán y la búsqueda incesante de gubernaturas
Tras el escándalo, Adán Augusto dejó la coordinación de Morena en el Senado y anunció que se dedicaría a tareas electorales rumbo a 2027, elección en la que se disputarán 17 gubernaturas para la que Morena ya registró 277 aspirantes. Lejos de desaparecer, sigue moviendo fichas: respalda públicamente a Andrea Chávez en Chihuahua, frente al alcalde de Ciudad Juárez, Cruz Pérez Cuéllar (favorito en encuestas), y participa en la operación territorial del partido en estados donde aún no se resuelven las candidaturas.
Es decir: mientras el país intenta averiguar cómo el crimen organizado penetró policías, gobiernos y negocios de combustible, uno de los políticos más salpicados políticamente por el caso sigue participando en la construcción del próximo mapa de poder. Solo en la política mexicana un escándalo de ese tamaño puede convertirse en escala y no necesariamente en lastre.
Los otros demonios
Nos acostumbramos a las fotografías de bidones y camionetas incendiadas —una imagen casi reconfortante porque colocaba al delincuente lejos del poder—. Pero un negocio capaz de producir miles de tomas clandestinas y sobrevivir durante ocho años no se explica únicamente desde abajo. Necesita perforadores, sí, pero también transportistas, empresarios y funcionarios que decidieron no complicarse la vida. Necesita, sobre todo, silencio comprado al mayoreo.
López Obrador creyó que bastaba con cerrar ductos. Sheinbaum enfrenta algo más incómodo: averiguar hasta dónde llegan las tuberías políticas que heredó y decidir —con nombres y cargos, no con comunicados— cuánto está dispuesta a seguirlas. Decomisar combustible es relativamente sencillo; investigar las redes de funcionarios, empresarios y protectores que permitieron que el negocio sobreviviera mientras el gobierno presumía combatirlo es otra cosa.
Ahí empiezan los otros demonios. Porque seguir una manguera es fácil. Lo verdaderamente peligroso es seguir el dinero y, de ahí, sin desviarse, seguir al poder mismo.
¿Alguien les pondrá un alto?
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