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Opinión

México, el gran estadio del mundo. Por Caleb Ordóñez T.

Hay instantes en la historia de un país en los que todo converge: la atención del planeta, la emoción colectiva y la oportunidad de mostrarse tal como es. México está a punto de entrar en uno de esos instantes. En 2026, el deporte no será un simple acontecimiento en la agenda; será un relato continuo que se vivirá en estadios repletos, en playas abiertas al mundo, en ciudades vibrantes, carreteras llenas y un país visto a través en cientos de millones de pantallas. Un año en el que la pasión se convertirá en espectáculo y el espectáculo en identidad.

El Mundial de Futbol es el epicentro. El torneo que paraliza al planeta y que transformará al país anfitrión en un punto de referencia cultural, económico y emocional. Durante semanas, México será una conversación global: aeropuertos llenos de idiomas, calles convertidas en ríos de aficionados, plazas públicas latiendo al ritmo del balón. No se trata solo de partidos; se trata de comprobar la capacidad de un país para recibir, organizar, emocionar y dejar huella eterna. México ha sido el color de todos los mundiales y ahora le toca explicarle al mundo porque amamos tanto esta fiesta global.

Pero la grandeza de 2026 no se sostiene en un solo evento. El calendario completo dibuja una narrativa más ambiciosa. El béisbol, por ejemplo, tendrá uno de sus momentos más simbólicos con la Serie del Caribe en Jalisco. Un torneo que es tradición, orgullo regional y fiesta popular. El diamante se convierte en punto de encuentro continental; el estadio, en una extensión de la calle. Viajan los equipos, viajan los aficionados y viaja una identidad que conecta a México con el Caribe y con millones de seguidores del béisbol en todo el continente.

La velocidad irrumpe con fuerza desde la pista. La Fórmula 1 ha hecho de México una de sus sedes más celebradas. No es solo la carrera: es el ritual previo, la música, la ciudad transformada en escenario global; el premio más querido del mundo. Es la confirmación de que el país puede ejecutar eventos de máxima exigencia con precisión, estilo y personalidad. La bandera a cuadros no marca el final; marca el inicio de una celebración que se extiende toda la noche por toda la capital.

En el tenis, Acapulco vuelve a demostrar que el prestigio se construye con experiencia. Los mejores jugadores del mundo no llegan solo a competir; regresan porque saben que ahí el deporte se vive con excelencia. Cada punto es observado, cada partido es un escaparate y cada edición refuerza la idea de que México sabe jugar en las grandes ligas del deporte internacional.

Ahí mismo en la costa, el pádel ha encontrado en México (donde lo vio nacer) una de sus casas más apasionadas. Gradas llenas, figuras globales y una afición que vive el deporte como convivencia y espectáculo. A su alrededor crece una industria moderna y aspiracional que conecta con nuevas generaciones y crece de manera impresionante.

Las costas amplían el escenario. El golf, con torneos de alto nivel tanto PGA como LIV golf, convierte a las playas mexicanas en destinos de élite. Campos espectaculares, paisajes únicos y un turismo especializado que llega, se queda y consume. A esto se suman el surf y la pesca deportiva, disciplinas que transforman la naturaleza en escenario competitivo y al país en destino deseado.

Y cuando el espectáculo parece completo, entran en escena las grandes ligas de Norteamérica. La Major League Baseball ha encontrado en México una plaza capaz de llenar estadios rápidamente y generar audiencias continentales.

Y para alegría de millones, regresa la NFL, con partidos que se convierten en verdaderos fenómenos culturales, confirma algo contundente: México no es solo mercado, es sede; no es espectador, es protagonista. Pocos países fuera de Estados Unidos pueden decir lo mismo.

Todo converge en una certeza: México se ha consolidado como uno de los grandes organizadores de eventos deportivos del mundo. No importa si se trata del torneo más grande del planeta o de una competencia especializada; el país responde con carácter, apostando por la infraestructura, talento y lo más importante la hospitalidad del mexicano.

Más allá de títulos y resultados, el impacto verdadero está en la derrama económica, en el empleo, en la proyección internacional y en la memoria que se construye. Cada evento es una invitación abierta a conocer el país, a recorrer sus estados y a regresar. En 2026, los grandes ganadores no estarán solo en el podio. El gran vencedor será México, con todos sus territorios, su gente y su capacidad infinita para convertir el deporte en una celebración que el mundo no olvida.

Es emocionante imaginar que lo viviremos, para recordarlo siempre.

Opinión

Huachicol y otros demonios. Por Caleb Ordoñez T.

México lleva ocho años combatiendo el huachicol y el huachicol lleva ocho años ganándole por goleada. López Obrador inauguró su gobierno cerrando ductos y prometiendo mandar al huachicolero al museo de la corrupción del pasado. Ocho años y una transición después, México registró 2,563 tomas clandestinas solo en el primer trimestre de 2026: una cada 51 minutos. El huachicolero no murió. Evolucionó, se puso corbata y aprendió política.

¿Por qué Huachicol?

“Huachicol” nombró primero al alcohol adulterado, era una bebida que prometía una cosa y entregaba otra, antes de migrar a la gasolina robada y, ya en su versión de cuello blanco, al huachicol fiscal. Somos creativos para ponerles nombres folclóricos a nuestras tragedias.

Caleb Ordoñez Talavera

Y esto dejó de ser folclor hace mucho. En el primer trimestre del año, Hidalgo registró 731 tomas clandestinas; Jalisco, 578; el Estado de México, 189. Cuautepec de Hinojosa, un solo municipio de Hidalgo, acumuló 202 perforaciones en tres meses. Una toma clandestina cada 51 minutos no es el vecino con una manguera a las tres de la mañana. Es una industria con horario de oficina, y una industria necesita nómina: gente para sacar el combustible, pipas para moverlo, bodegas para guardarlo y empresas de papel para lavar las ganancias. Y para sostener el aparato durante años hace falta el insumo más caro de todos: suficientes autoridades dispuestas a no ver, no oír y no preguntar.

Aquí conviene hacer una pausa honesta. El gobierno tiene un argumento real que oponer a esto: los aseguramientos han aumentado, no disminuido, y parte de la razón por la que ahora “vemos” más huachicol es que se está buscando más que antes. Es cierto. El problema es que ese argumento explica el número de decomisos, no el de tomas clandestinas —que también aumentó—, y tampoco explica por qué las redes de corrupción y protección que hacen posible semejante negocio han logrado sobrevivir durante ocho años. Encontrar más droga no prueba que se esté ganando la guerra contra el narco; encontrar más huachicol tampoco prueba que se esté ganando esta.

La escoba de Tabasco

Aquí entra Adán Augusto López. No existe sentencia que lo vincule con el huachicol ni está acreditado que perteneciera a La Barredora. Su problema es otro, y más incómodo: cuando gobernaba Tabasco, puso al frente de la seguridad pública a Hernán Bermúdez Requena, el hombre encargado de cazar exactamente a los delincuentes que terminó, presuntamente, dirigiendo.

Hoy Bermúdez está procesado como presunto jefe de “La Barredora”, organización señalada por extorsión, secuestro y robo de combustible. El hombre puesto a barrer el crimen de Tabasco terminó acusado de encabezar La Barredora llena de corrupción. Adán Augusto ha negado cualquier vínculo y no enfrenta cargos. Pero muchos tabasqueños aseguran que está involucrado.

Lo que no resuelve es la pregunta política: ¿cómo se gobierna un estado sin enterarse de lo que ocurre alrededor del propio jefe de Seguridad? Solo hay dos respuestas, y ambas son un problema. Si lo sabía, es gravísimo. Si no lo sabía, la pregunta es qué estaba gobernando exactamente. Para quien después llegó a secretario de Gobernación y hoy pretende conservar influencia en la definición electoral de 2027, ninguna cabe en un currículum, aunque ambas quepan en la política mexicana.

El huachicol aprendió a usar corbata

Mientras el país perseguía mangueras en el campo, el negocio se mudó a un piso más alto. El huachicol fiscal ni siquiera necesita perforar un ducto: puede bastarle un barco, una importación mal declarada, una empresa fachada y un pedimento aduanal firmado por la persona indicada. Cambió la camioneta por un escritorio y la manguera por un sello.

Las investigaciones han tocado ya a mandos vinculados con la Marina, la institución a la que López Obrador entregó el control de las aduanas para, supuestamente, erradicar la corrupción. Se le dieron las llaves de la puerta trasera a quien debía cuidarla. El pasado 17 de septiembre se conoció en Guanajuato el aseguramiento de 59 millones de litros de presunto combustible ilícito en diez tanques. Con una cifra así, preguntar solo quién manejaba la pipa es casi un acto de inocencia voluntaria. La pregunta es quién permitió construir la carretera —económica, institucional y política— por la que ese combustible circuló durante años.

Adán y la búsqueda incesante de gubernaturas

Tras el escándalo, Adán Augusto dejó la coordinación de Morena en el Senado y anunció que se dedicaría a tareas electorales rumbo a 2027, elección en la que se disputarán 17 gubernaturas para la que Morena ya registró 277 aspirantes. Lejos de desaparecer, sigue moviendo fichas: respalda públicamente a Andrea Chávez en Chihuahua, frente al alcalde de Ciudad Juárez, Cruz Pérez Cuéllar (favorito en encuestas), y participa en la operación territorial del partido en estados donde aún no se resuelven las candidaturas.

Es decir: mientras el país intenta averiguar cómo el crimen organizado penetró policías, gobiernos y negocios de combustible, uno de los políticos más salpicados políticamente por el caso sigue participando en la construcción del próximo mapa de poder. Solo en la política mexicana un escándalo de ese tamaño puede convertirse en escala y no necesariamente en lastre.

Los otros demonios

Nos acostumbramos a las fotografías de bidones y camionetas incendiadas —una imagen casi reconfortante porque colocaba al delincuente lejos del poder—. Pero un negocio capaz de producir miles de tomas clandestinas y sobrevivir durante ocho años no se explica únicamente desde abajo. Necesita perforadores, sí, pero también transportistas, empresarios y funcionarios que decidieron no complicarse la vida. Necesita, sobre todo, silencio comprado al mayoreo.

López Obrador creyó que bastaba con cerrar ductos. Sheinbaum enfrenta algo más incómodo: averiguar hasta dónde llegan las tuberías políticas que heredó y decidir —con nombres y cargos, no con comunicados— cuánto está dispuesta a seguirlas. Decomisar combustible es relativamente sencillo; investigar las redes de funcionarios, empresarios y protectores que permitieron que el negocio sobreviviera mientras el gobierno presumía combatirlo es otra cosa.

Ahí empiezan los otros demonios. Porque seguir una manguera es fácil. Lo verdaderamente peligroso es seguir el dinero y, de ahí, sin desviarse, seguir al poder mismo.

¿Alguien les pondrá un alto?

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