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Opinión

Política sin líderes morales. Por Caleb Ordóñez T.

Caleb Ordóñez T.

Ante la polarización que vivimos rumbo a las elecciones más grandes de la historia en 2021, la oposición tiene una necesidad de mostrar su brazo fuerte, lamentablemente para su causa, la gran mayoría de las encuestas apuntan a que el partido Morena, a pesar de las infinitas controversias y equivocaciones, tiene más fuerza rumbo a la obtención de diputaciones, alcaldías y gubernaturas.

La falsa generación “impecable”

En diversas ocasiones, hemos escuchado la “necesidad de que surjan líderes políticos”, sin embargo, quienes creen que los liderazgos pueden emerger como generación espontánea tienen equivocado el rumbo que requiere un país tan lacerado políticamente, como lo es el nuestro.

En la creencia neoliberal es importante construir liderazgos con grandes títulos y puestos públicos. Este pensamiento ponderó en la política durante décadas, sin embargo, ha fracasado rotundamente.

Ante los distintos escándalos de corrupción que abundaron en los pasados sexenios, una coincidencia es que los personajes señalados y acusados fueron estudiantes de escuelas respetadas, o bien, fueron llamados “nueva generación de políticos”, como en su momento llamó Enrique Peña Nieto a los –en aquel 2012– jóvenes gobernadores Roberto Borge, César y Javier Duarte.

Claramente, la oposición, llámese PRI, PAN, PRD, Movimiento Ciudadano u otro organismo político contrario a la 4T están sufriendo una realidad que nunca imaginaron, sin embargo, están pagando caro lo que fueron generando por años al no construir cuadros que se convirtieran en verdaderos gestores sociales, sino en “productos políticos”que pudieran ser fácilmente “vendibles” en elecciones.

Mucho de lo que está sucediendo con el caso de Emilio Lozoya tiene que ver con este tipo de arquetipos de personajes que ante las cámaras son impecables y cuidan su imagen mientras están ante los reflectores, pero apenas “rascándoles” un poco sobre su actuar son igual o más corruptos que las generaciones que les precedieron.

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Opinión

La trampa de “las rentas justas” en la CDMX. Por Caleb Ordóñez T.

En la Ciudad de México hay jóvenes que trabajan para pagar un departamento en el que apenas tienen tiempo de dormir. Familias que destinan buena parte de sus ingresos a cuatro paredes. Personas que viven a dos horas de su empleo porque acercarse al centro se convirtió en un lujo.

La vivienda es uno de los grandes fracasos de la política urbana capitalina.

Y ahora el gobierno pretende resolverlo con otra ley.

Clara Brugada presentó una iniciativa que promete rentas justas, contratos regulados y protección contra abusos. Una propuesta que, vista desde el discurso político, parece irreprochable. ¿Quién podría estar en contra de que las personas paguen menos por vivir dignamente?

Caleb Ordoñez T.

El problema es que las buenas intenciones no construyen departamentos.

Y los decretos tampoco.

Las buenas intenciones también tienen consecuencias

La iniciativa contempla limitar aumentos conforme a la inflación, registrar obligatoriamente los contratos y aplicar multas de hasta 46 mil 924 pesos. También propone asesoría gratuita y mecanismos contra desalojos violentos.

Hay medidas necesarias. Los abusos inmobiliarios existen. Los desalojos arbitrarios también. Ninguna persona debería perder su hogar mediante amenazas o intimidaciones.

Pero legislar para corregir una injusticia no debería producir otra.

Pensemos en una jubilada que dedicó treinta años a pagar un pequeño departamento. Hoy lo renta para complementar una pensión insuficiente. No pertenece a ningún cártel inmobiliario. No especula con edificios enteros. Simplemente administra el patrimonio que consiguió trabajando.

¿Qué sucederá si las nuevas obligaciones, restricciones y sanciones hacen que prefiera retirar su propiedad del mercado?

Habrá una vivienda menos.

Y si otros propietarios toman decisiones semejantes, quienes terminarán compitiendo por los departamentos disponibles serán precisamente aquellos que la ley pretende proteger.

No es una consecuencia demostrada ni inevitable. Es un riesgo que el Congreso tiene la obligación de evaluar.

Porque una cosa es regular los abusos y otra, muy distinta, pretender administrar la escasez.

El problema tiene dimensiones profundas. Según el INEGI, en 2024 el ingreso promedio de los hogares urbanos capitalinos rondaba los 37 mil pesos mensuales. Un promedio que, además, oculta enormes desigualdades.

¿Cuánto debe ganar una familia para vivir cerca de su trabajo? ¿Cuánto tiempo de su vida debe sacrificar transportándose? ¿En qué momento tener una habitación propia dejó de ser una aspiración razonable?

Esas preguntas no se resuelven únicamente vigilando contratos.

Se resuelven construyendo vivienda, mejorando el transporte, acercando servicios y generando condiciones para que la ciudad pueda alojar a quienes la mantienen funcionando.

Brugada también promete ampliar la vivienda asequible. Bien. Pero esa debería ser una prioridad medible, no una promesa subordinada al entusiasmo por imponer nuevas reglas.

El gobierno también debe rendir cuentas

Hay otra contradicción.

Desde 2024 existen disposiciones para limitar incrementos de renta y registrar contratos. Antes de anunciar nuevas sanciones, sería conveniente conocer los resultados de las anteriores.

¿Cuántas familias se beneficiaron? ¿Cuántos abusos fueron sancionados? ¿Qué funcionó y qué fracasó?

El gobierno exige transparencia a los particulares, pero todavía debe ofrecer respuestas convincentes sobre la eficacia de sus propias medidas.

Y mientras tanto, el verdadero debate corre el riesgo de perderse entre consignas: propietarios contra inquilinos, mercado contra Estado, ricos contra pobres.

Una discusión tan cómoda para los políticos como inútil para quienes necesitan vivienda.

La propiedad privada merece certeza jurídica. Los inquilinos merecen protección. Y ambos necesitan un gobierno capaz de entender que sus derechos no son necesariamente enemigos.

La iniciativa todavía puede corregirse. Sería deseable que el Congreso escuchara más evidencia y menos discursos.

Porque el desafío no consiste en decidir quién tiene la culpa de que vivir en la capital resulte tan caro.

Consiste en reconocer quién tiene la responsabilidad de hacerla habitable.

Una ciudad no se vuelve más justa cuando el gobierno decide cuánto debe costar vivir en ella, sino cuando consigue que vivir en ella deje de ser un privilegio.

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