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Opinión

Sobreviviendo la pérdida. Por Itali Heide

Itali Heide

El tiempo sigue avanzando, sin importar lo que pase alrededor. Cuando una querida mascota fallece, cuando un amado familiar pasa al otro lado, cuando una pareja enamorada se separa, cuando el trabajo soñado está fuera de alcance: el tiempo no se detiene para permitir un momento de suspiro. Simplemente sigue adelante, sin tener en cuenta el dolor provocado por la pérdida. A veces, la pérdida pica pero no quema. Otras veces, crea un agujero en el ser, más profunda que la Fosa de las Marianas. La pérdida, como muchas otras experiencias de la existencia humana, vive en un espectro que permite a cada persona sentir sus efectos de manera diferente.

Lo más extraño de la vida, es su capacidad para darnos algo con tanta facilidad como para quitárnoslo. ¿Con qué llegamos a este mundo? ¿Y qué nos llevaremos cuando nos vayamos? La respuesta a las dos preguntas es la misma: nada. Dejamos recuerdos, objetos, palabras, fotografías y momentos inolvidables, sin embargo, no nos llevamos nada más que nuestra alma lista para enfrentar lo que sea que nos espera después de partir. Nada en este mundo es permanente, y puede ser algo positivo tanto como negativo. Así como los buenos momentos llegan a su fin, también los momentos feos desaparecen.

¿Cuál es nuestra huella en este mundo enorme? En medio de una galaxia a explorar, en un universo enorme, rodeado de otros universos que llegan hasta el extremo más lejano del conocimiento humano, somos nada. Una gota en el océano, una estrella en la constelación, un granito de arena en el fondo del mar, un pájaro solitario volando sobre lugares que jamás conocerá. Para ser realistas, somos seres insignificantes, con los pies plantados en una roca rodando en el espacio, recordándonos que el tiempo existe y nosotros también, aunque temporalmente.

La filosofía de la vida difiere entre religión, región, pensamiento y esperanza. De lo que sí se puede estar seguro es que no importamos. Esto puede escucharse un poco negativo, pero en realidad es la mejor manera de darse cuenta de la belleza que radica en vivir la vida, buscando razones por las que hacer el bien. Cuando nada importa, todo puede importar. El bien se hace simplemente para hacer el bien, aunque no importe. El amor se difunde, aunque nadie lo recuerde dentro de unos siglos. Se establecen conexiones, aunque se desvanezcan en recuerdos lejanos. Cuando nada importa, todo debe ser dotado de un significado para cada persona.

Es importante reconocer que la pérdida y el duelo son cuestiones que abarcan temas más amplios que solo la muerte. Claro, la muerte se encuentra en el primer lugar, y la pérdida de una persona querida jamás deja de doler, aunque sí se permite mejorar. Sin embargo, el duelo y la pérdida se sienten regularmente en las vidas de las personas. Es la respuesta psicológica ante cualquier pérdida, un don de doble filo que llega de manera automática cuando el dolor sale de su escondite. Las reacciones pueden variar: pueden ser físicos, con pérdidas de apetito, ansiedad y dolor corporal. A menudo se sienten emocionalmente, con sentimientos de ira, tristeza y miedo. Mentalmente, pueden provocar fallos en la memoria y falta de concentración. Finalmente, la conducta también puede cambiar la forma habitual, cambiando las rutinas y las maneras de enfrentar todos los aspectos de la pérdida.

Entonces, ¿cómo resolver la pérdida? Abrazándola. La naturaleza del humano siempre será buscar el placer y evitar el dolor. Estamos programados para navegar las situaciones difíciles de la vida… pero no siempre es tan fácil. La pérdida se mejora abrazándola, honrandola y permitiéndole expresarse derribando las vallas emocionales. El dolor viene en oleadas, y cada día se debe enfrentar de una nueva manera para conocerla en todas sus facetas. En lugar de deshacernos de las emociones dolorosas, aprendamos a sumergirnos en los sentimientos del momento presente, y que estas emociones se filtren en cada fibra del ser.

No es inmediato, pero la sensación de paz y calma enterrada debajo de una gruesa capa de emociones turbulentas y difíciles, es parecida al agua que reside tranquilamente al fondo del mar durante una tormenta furiosa. Un día a la vez, con compasión y paciencia, compartiendo con quienes también sienten pérdida, se sentirá una lenta recuperación. Ojo: llora. Llora más, y más, y más. Sigue el camino que las lágrimas dejan, y encontrarás la luz al final del túnel. La respuesta al ¿qué hago con mi dolor? Simplemente: la única salida, es a través de él.

Opinión

Chihuahua, la gran batalla. Por Caleb Ordóñez T.

Andrea Chávez hizo prácticamente todo lo imaginable para convertirse en candidata a gobernadora de Chihuahua. Recorrió el estado durante años, apareció en espectaculares, inundó las redes, protagonizó polémicas nacionales, consiguió el respaldo de Adán Augusto López y tuvo al PT amenazando prácticamente con una rebelión si Morena no la elegía. Construyó alrededor de su nombre esa sensación tan mexicana, de antaño, de que una candidatura ya estaba decidida antes de decidirse.

Y pues, perdió.

No por mucho. En la pregunta definitiva de Morena, Cruz Pérez Cuéllar obtuvo 31.53% contra 30.61% de Andrea. Apenas 0.92 puntos. Pero debajo de aquella diferencia microscópica aparecieron datos bastante más interesantes: Cruz tenía mayor conocimiento que quizá solo los chihuahuenses entenderían, fue un 64.75% contra 51.17%; también quedó arriba cuando se preguntó quién sería mejor candidato y registró mayor disposición de voto. El mecanismo ponderado terminó otorgándole 8.5 puntos contra 1.5. Una tremenda paliza.

Andrea construyó visibilidad. Cruz conservó los factores reales del poder. Y ésa puede ser la primera gran lección de Chihuahua rumbo a 2027.

Porque Cruz es un político de una estructura de antaño; otra escuela. Fue dirigente estatal partidista, diputado local, diputado federal, senador por Morena y dos veces alcalde de Ciudad Juárez. Ya había perdido una candidatura al gobierno estatal pues no tenía presupuesto, luego regresó a Juárez, hizo puentes con AMLO y Sheinbaum, reconstruyó y esperó.

Pertenece a esa generación que aprendió política de primer nivel antes de TikTok: conocer municipios, relacionarse con empresarios, campesinos, ganaderos, comerciantes, dirigentes seccionales, hacerse amigo de adversarios y hasta esquivar los rencores personales que muchas veces pesan más que cualquier encuesta.

No creo que sea fácil.

Pero suele ser bastante bastante útil.

Quizá por eso su primera reacción después de derrotar a Andrea no fue cobrar facturas. “La voy a buscar”, le dijo con ánimo conciliador al periodista Joaquín López-Dóriga. La llamó un activo de Morena y habló inmediatamente de unidad, estructura territorial y diálogo.

Cruz entendió algo elemental: ganó la candidatura, pero todavía no gana Chihuahua.

Y para ganar Chihuahua necesita a Andrea y a su gente.

Después de semejante inversión política -y económica-, Chávez no desaparece porque perdió una encuesta. Conserva reconocimiento, operadores, seguidores en redes sociales, relaciones nacionales y una estructura construida durante años. Además es juarense, justamente donde Cruz deberá resolver una de las sucesiones municipales más importantes del país.

¿Andrea candidata a la alcaldía de Ciudad Juárez?

Hoy sería especulación.

Pero tampoco hay que ser Maquiavelo para imaginar la posibilidad.

Una Andrea verdaderamente incorporada, llevando a su estructura hacia Juárez mientras Cruz concentra su operación estatal, podría transformar la batalla interna más peligrosa de Morena en una alianza electoral formidable. Ella tendría futuro; Cruz tendría unidad; Morena conservaría dos estructuras que hasta hace unos días estaban intentando derrotarse.

Para conseguirlo ambos tendrían que tragarse algo.

Andrea, el orgullo.

Cruz, las facturas pendientes.

Eso se llama política.

La otra posibilidad es mucho más entretenida para el PAN: que Andrea se retire, que sus operadores se dispersen o, peor todavía, que comience el deporte favorito de los partidos mexicanos cuando alguien pierde una interna: el fuego amigo. Una elección competitiva puede perderse por los votos que obtiene el adversario, pero también por aquellos que tus propios aliados deciden no ayudarte a conseguir.

Cruz parece dispuesto a intentar la operación cicatriz, aunque no con todos. Con Andrea quiere hablar. Con Javier Corral, no se tomará ni un café. Cuando López-Dóriga le preguntó por el exgobernador, respondió que no es su compañero y que no quiere su apoyo. Incluso consideró que ser su enemigo es un gran premio, pues en Chihuahua no quieren al exgobernador.

Ahí también hay oficio.

Cruz parece distinguir perfectamente entre Andrea y todos los personajes que se acomodaron alrededor de Andrea. Una cosa es integrar a quien prácticamente empató la medición final y otra organizar una posada para abrazarse con cada adversario acumulado durante veinte años.

Unidad no significa amnesia.

Mientras tanto, en el PAN deben estar haciendo cuentas.

Marco Bonilla gobierna la capital y pertenece al partido que controla el estado. Tiene estructura, exposición, pocos negativos y el enorme activo de competir desde el principal bastión panista. Pero enfrente tendrá a un político que gobierna la ciudad más poblada de Chihuahua, conoce los sectores económicos y políticos del estado y lleva décadas construyendo relaciones más allá de los partidos.

Las encuestas cuentan historias diferentes. Algunas han colocado a Cruz con ventajas muy importantes; otras han puesto a Bonilla competitivo. Eso significa algo mucho más divertido que una elección resuelta:

Hay elección.

Y Chihuahua capital será una batalla dentro de la gran batalla. El PAN conserva ahí su principal fortaleza, pero también tendrá que administrar sus diferencias internas que son verdaderamente hostiles. Morena deberá demostrar que puede trasladar hacia el centro del estado la fuerza que posee en Juárez. Cruz tendrá que convertir poder territorial en una coalición estatal; Bonilla, transformar una plataforma capitalina en un proyecto para 67 municipios.

Porque Chihuahua no será una elección más.

Para Morena es la joya que todavía no posee. La izquierda contemporánea nunca ha gobernado el estado y conquistarlo tendría un enorme valor político y simbólico. Para el PAN significa exactamente lo contrario: Chihuahua forma parte intrínseca de su historia y perderlo sería entregar uno de sus bastiones nacionales fundamentales.

La paradoja es maravillosa. Un estado que nunca ha tenido un gobierno estatal de izquierda tiene profundas conexiones con la izquierda que gobierna México. Bertha Luján, chihuahuense, presidió el Consejo Nacional de Morena y es madre de Luisa María Alcalde y Bertha Alcalde. María Sorté, madre de Omar García Harfuch, nació en Camargo. Andrea es juarense. Cruz también construyó desde Juárez su principal fortaleza política.

E insisto, Chihuahua nunca ha sido gobernado por la izquierda.

Pero demasiados caminos de la izquierda nacional conducen hacia Chihuahua. Tierra que la presidenta ha llamado “su Estado favorito”.

Por eso todos van a ir.

Morena buscará aquello que todavía no tiene. El PAN defenderá aquello que no puede permitirse perder. El PT tendrá que acomodarse después de haber apostado abiertamente por Andrea. La gobernadora Maru Campos defenderá su legado y Marco Bonilla tendrá que salir de la comodidad de la capital y hacer campaña lo más pronto posible.

Y en medio estarán Cruz y Andrea.

Ella tendrá que decidir qué hacer con su derrota.

Él, qué hacer con su victoria.

Falta más de un año.

Pero Chihuahua ya dejó de prepararse para el 2027.

Chihuahua ya está en el 2027 y el país entero querrá saber qué sucederá ahí. Podría convertirse en la madre de todas las batallas.

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