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Opinión

Morir por un like. Por Caleb Ordóñez Talavera

César Gastélum estaba nervioso, parecía haberlo presentido.

La tarde del martes, afuera de un KFC en Culiacán, “Cesarín” hacía lo que había hecho cientos de veces: convertir su vida en contenido. Vestido como repartidor, acompañado por otros jóvenes y transmitiendo en vivo, intentaba provocar risas y sumar reproducciones. Entonces apareció una motocicleta.

Gastélum la miró. Algo cambió.

Los hombres pasaron cerca y el joven mostró inquietud. La transmisión siguió, pero aquel instante resulta estremecedor después de conocer el desenlace. Minutos más tarde, los motociclistas regresaron. Uno sacó un arma. Disparó. César Gastélum cayó frente a una cámara que seguía transmitiendo.

Tenía 25 años.

Su muerte no quedó escondida en una brecha lejana sinaloense. Ocurrió frente a una audiencia digital.

Y quizá ahí comienza la parte más perturbadora de esta historia.

La generación que aprendió a admirar al narco

Cesarín quería ser famoso y lo consiguió. Superaba ampliamente el medio millón de seguidores. Publicaba humor, retos, viajes, fiestas, automóviles, vida nocturna y elementos de esa estética “buchona” que durante años convirtió al narcotráfico mexicano en una aspiración visual.

Su asesinato se suma a una cadena aterradora. Desde que comenzó la guerra entre Los Chapitos y La Mayiza, en septiembre de 2024, al menos nueve creadores de contenido han sido asesinados en hechos relacionados o interpretados dentro de ese contexto de violencia.

No todos eran narcotraficantes. No todos trabajaban para un cártel. Y cometeríamos una injusticia terrible suponiendo que cualquier joven asesinado por mostrar lujos en TikTok pertenecía al crimen organizado.

Pero existe un fenómeno que México lleva demasiado tiempo fingiendo no ver: la narcocultura.

Durante décadas enseñaron a millones de niños que el narcotraficante tenía camionetas, mujeres, relojes, casas impresionantes y poder. Las series lo convirtieron en protagonista; los corridos, en leyenda; las redes sociales terminaron convirtiendo su estética en contenido aspiracional.

Muchos jóvenes crecieron deseando ese personaje. Algunos terminaron muertos intentando alcanzarlo.

También muchas mujeres fueron incorporadas a esa fantasía: belleza, lujo, viajes, cirugías, ropa costosa y dinero aparentemente infinito como símbolos de éxito alrededor del poder criminal.

El problema nunca fue solamente el narcotráfico. Fue volverlo deseable.

En enero de 2025 ocurrió algo todavía más siniestro. Desde una avioneta fueron arrojados sobre Culiacán panfletos con los nombres de 25 influencers y músicos —entre ellos el cantante Peso Pluma— acusados de presuntos vínculos financieros con Los Chapitos. Cuatro aparecían marcados como “eliminados”. Otros señalados fueron asesinados posteriormente.

César Gastélum no aparecía ahí.

El narco descubrió el algoritmo

Aquí aparece una transformación peligrosa: los cárteles ya no solamente disputan territorios. También disputan narrativas.

Las redes pueden funcionar como propaganda, intimidación y construcción de prestigio. Amenazar públicamente a una persona famosa manda un mensaje a cientos de miles. Asesinar a alguien conocido multiplica ese mensaje millones de veces.

Es publicidad mediante terror.

Y existe otra sombra: el dinero.

En 2025 se conoció que la Unidad de Inteligencia Financiera tenía bajo análisis a 64 influencers, principalmente de Sinaloa, por sospechas de posibles operaciones relacionadas con lavado de dinero. El esquema investigado resulta tan sencillo como moderno: recursos ilícitos pueden utilizarse para inflar artificialmente audiencias, reproducciones e interacciones; esas cuentas generan después ingresos aparentemente legítimos mediante publicidad, monetización, promociones, negocios, eventos o transacciones digitales.

El dinero sucio entra al ecosistema. El algoritmo produce ingresos formalmente explicables. El dinero sale con otra apariencia.

Eso no significa que Gastélum participara en esas operaciones. Hasta ahora no existe evidencia pública suficiente para afirmarlo y las autoridades han señalado que no tenían registro de amenazas previas contra él.

Precisamente por eso su asesinato exige una investigación seria y no rumores.

Un estado donde matar se volvió mensaje

La presidenta Claudia Sheinbaum garantizó una investigación y pidió encontrar a los responsables.

Está bien.

Pero en Sinaloa la palabra “garantía” comienza a sonar demasiado grande y hasta imposible.

Entre septiembre de 2024 y marzo de 2026, la guerra criminal había dejado alrededor de 2,680 personas asesinadas y más de 1,500 desaparecidas no localizadas. Culiacán aprendió a cerrar comercios, suspender clases, modificar horarios y vivir pendiente de rumores, balaceras y bloqueos.

Eso no es estabilidad. Es una sociedad adaptándose al miedo y un gobernador que tuvo que renunciar y hoy está prácticamente desaparecido.

El asesinato de César Gastélum retrata algo todavía peor: una generación que convirtió su teléfono celular en ventana hacia un mundo donde se mezclan fama, dinero, violencia y crimen organizado.

Durante años culpamos a los narcocorridos. Después a las series. Ahora culpamos a TikTok.

Quizá deberíamos mirarnos al espejo.

Porque la narcocultura sobrevivió gracias a millones que la consumieron, la compartieron, la cantaron y terminaron admirándola. Como sociedad hicimos demasiado poco para combatirla. Y las autoridades hicieron todavía menos para construir una alternativa suficientemente poderosa.

César Gastélum murió frente a una cámara.

Pero el verdadero horror no está solamente en ese video.

Está en un país donde el crimen organizado ya entendió que para controlar una sociedad no basta con controlar las calles: también hay que controlar sus sueños.

Y mientras nuestros jóvenes sigan soñando con parecerse al narco, y algunas autoridades parezcan cada vez más cercanas a convivir con los cárteles que a derrotarlos, México seguirá perdiendo una guerra mucho más profunda.

La guerra por decidir a quién queremos parecernos.

Opinión

¿Los nuevos intocables? Por Caleb Ordóñez T.

Hay mensajes que cambian por completo dependiendo de quién los envía. Imagínate que miras tu teléfono y encuentras cinco palabras: “Vamos a ir tras de ti”.

Ahora imagina que eres periodista. Que estás en México. Y que quien acaba de escribirlas no es un anónimo, ni un delincuente escondido detrás de una cuenta falsa. Es un senador de la República. Tiene fuero. Tiene poder. Tiene tribuna. Y pertenece al partido que gobierna al país.

El mensaje fue para el periodista Enrique Acevedo. Lo escribió Luis Fernando Salazar, senador de Morena, después de que N+ difundiera una investigación relacionada con Julieta Ramírez, polémica senadora con licencia y aspirante al gobierno de Baja California. Después borró el mensaje, se disculpó y explicó que hablaba de emprender acciones legales.

Pero ése ni siquiera es el punto. México conoce demasiado bien lo que ocurre cuando el poder decide que un periodista se ha convertido en enemigo. Durante décadas hemos visto gobiernos espiar, intimidar, desacreditar, perseguir y utilizar instituciones del Estado contra periodistas incómodos. También hemos contado periodistas asesinados mientras autoridades prometen investigaciones que demasiadas veces terminan en ninguna parte.

Por eso las palabras importan.

Porque existe una distancia enorme entre un ciudadano enojado escribiendo una barbaridad en redes sociales y un integrante del Estado anunciándole, de forma amenazante, a un periodista: “vamos a ir tras de ti”. No importa demasiado lo que Salazar asegure ahora que quiso decir. Un senador debería entender que en México esa frase carga una historia demasiado oscura.

Si una información es falsa, la desmientes. Si constituye un delito, denuncias. Si causa daño, demandas. Pero desde el poder no persigues periodistas. Ni siquiera juegas a parecer que lo haces.

Y si esto puede ocurrir con un senador de la República, conviene preguntarse qué más está ocurriendo, con menos ruido, en el resto del movimiento. Porque Salazar no es un caso aislado. Es apenas el más visible de un desorden que la Presidenta ya no puede seguir observando desde lejos: alrededor de Morena hay demasiados personajes comportándose como si nadie pudiera ponerles un alto. No todos con la misma gravedad —amenazar a un periodista no es lo mismo que hacer campaña por otro partido—, pero todos dejan una pregunta parecida: ¿dónde está el límite?

Pedro Haces, por ejemplo. El millonario y poderoso líder de CATEM, ex priísta y diputado plurinominal de Morena organizó un multitudinario evento sindical en el que apareció Enrique Vargas del Villar, senador del PAN y aspirante a gobernar el municipio de Huixquilucan, en el Estado de México. Haces lo llamó “un gran amigo” y anunció que su organización buscará espacios políticos en 2027 donde le abran las puertas.

El mensaje es maravilloso por su sinceridad: los principios pueden esperar; las candidaturas, no.

Sheinbaum se molestó. “No puede ser diputado de un partido y andar haciendo campaña por otro”, dijo. Lo calificó de “muy extraño”.

Extraño, sí. Inocente, difícilmente.

Haces tiene mucho dinero, un mega sindicato, legisladores, operadores, relaciones y ambiciones. No está organizando una tertulia: está construyendo poder. Y alrededor de ese mismo grupo aparece otra figura que empieza a incomodar a la 4T (aunque no sea militante morenista): Josefina Rodríguez Zamora.

La secretaria de Turismo fue candidata en 2021 de Fuerza por México, proyecto partidista impulsado por Haces. Hoy está en el gabinete de Sheinbaum y las controversias se le acumulan. Primero fueron los lujos, incompatibles cuando menos estéticamente con esa austeridad que la 4T exige con enorme entusiasmo, pero no logra posicionar en algunos de sus líderes.

Después, Campo Marte. El Fan Fest “fifí” del Mundial dejó preguntas sobre costos, responsabilidades, uso de instalaciones militares y participación gubernamental que todavía merecen respuestas claras,pues hablamos de millones de pesos.

Y ahora Puebla. El estado fue elegido sede del Tianguis Turístico 2027 mientras José David Rodríguez, hermano de la secretaria, trabaja en el aparato turístico poblano y ha sido señalado por su participación en la organización. Josefina niega cualquier beneficio indebido.

Puede ser cierto. El parentesco no es delito y la coincidencia no es prueba. Pero justo por eso la salida no es la sospecha ni la absolución anticipada, sino la transparencia: que se abra todo, contratos decisiones, criterios, participantes y responsables para que la dudas se resuelvan con documentos públicos.

Mientras tanto, en Chihuahua se cocina una batalla que puede decir mucho más sobre Morena que cualquier discurso. La

siempre mediática, Andrea Chávez busca desesperadamente (desde hace muchos meses y con millones de pesos de inversión) ser gobernadora. Y Andrea no llega sola: detrás está el grupo político de Adán Augusto López, un personaje que carga suficientes controversias como para llenar de preguntas varias mañaneras.

Del otro lado está Cruz Pérez Cuéllar, quien aparece encabezando la mayoría de las mediciones. Sheinbaum ya había puesto un freno a la promoción anticipada de Andrea Chávez, incluso regañándola desde la mañanera.

Por eso Chihuahua será una prueba magnífica: Si Cruz gana claramente las encuestas y es candidato, se acabó la discusión.

Pero si Cruz tiene a su favor las encuestas y la candidata termina siendo Andrea Chávez, la pregunta ya no será quién ganó Chihuahua. Será quién perdió dentro de Palacio Nacional. Porque imponerla contra las mediciones significaría que el grupo de Adán Augusto conserva fuerza suficiente para doblarle la mano a quienes supuestamente conducen Morena.

Y por si faltaran problemas internos, están los socios. El Partido Verde comienza a descubrir el placer de ser indispensable. En San Luis Potosí, Quintana Roo y Tabasco defienden sus intereses rumbo a 2027 y algunos de sus senadores cuestionan ahora una reforma constitucional importante para Sheinbaum sobre la doble nacionalidad. El Verde sabe contar. Y cuando tus votos son indispensables, cada voto adquiere precio político. Quieren al menos 5 candidaturas a gobernadores.

Un senador le amenaza a un periodista “vamos a ir tras de ti”. Un poderoso diputado morenista coquetea electoralmente con el PAN. Una secretaria proveniente de su entorno golpe indirectamente al gabinete. El grupo de Adán Augusto busca imponer una gubernatura. El Verde comienza a cobrar muy caro. Parecen historias diferentes. No lo son. Todos están probando hasta dónde los deja llegar Claudia Sheinbaum.

Y es justo aquí donde vale la pena detenerse, porque existe una lectura más generosa: quizá Sheinbaum no está siendo rebasada. Quizá administra con paciencia los equilibrios de un movimiento heterogéneo, donde romper también tiene costos. Enfrentar a Adán Augusto puede fracturar Morena antes de una elección clave. Pelearse con el Verde puede costarle votos indispensables para reformas constitucionales. Prescindir de Haces puede abrir otro frente político y sindical.

Es una hipótesis razonable. Pero tiene un límite. Y ese límite son exactamente cinco palabras: “Vamos a ir tras de ti”.

Porque administrar equilibrios internos es una cosa. Tolerar que un senador le escriba eso a un periodista y que no exista ninguna consecuencia visible es otra completamente distinta. Lo primero es política. Lo segundo manda un mensaje peligrosísimo: que dentro del movimiento el costo de intimidar a la prensa puede parecer permitido.

La Presidenta tiene un poder político enorme. Precisamente por eso no puede convertirse en espectadora de los excesos de quienes llegaron al poder bajo las mismas siglas.

Morena necesita orden. Y poner orden crea enemigos, sí. Pero no ponerlo también tiene un precio: que cada quien termine decidiendo, por su cuenta, hasta dónde puede llegar.

Quizá llegó el momento de que Sheinbaum decida si quiere seguir administrando equilibrios entre grupos o ejercer plenamente el liderazgo de su movimiento. Aunque tenga que romper con Haces. Aunque tenga que enfrentar a Adán Augusto. Aunque tenga que plantarse frente al Verde. Aunque tenga que disciplinar a los suyos.

Porque el poder sin límites convierte la arrogancia en costumbre. Y cuando un senador se siente suficientemente cómodo para escribirle a un periodista “vamos a ir tras de ti”, la alarma ya sonó.

Claudia Sheinbaum tiene que dar un golpe en la mesa y poner orden. Con quien sea. Contra quien sea. Y si para hacerlo tiene que romper con quien tenga que romper, pues que rompa.

Antes de que quienes hoy se sienten intocables descubran que tenían razón.

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