Los clavados no ha sido un sacrificio, afirma Carolina Mendoza

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Lejos del agua la clavadista Carolina Mendoza, de 14 años, no sabe qué hacer con el tiempo. La adolescente, que ganó hace dos semanas un boleto para los Juegos Olímpicos de Londres, sólo entiende la vida desde una plataforma de 10 metros, de la que salta al vacío en busca de la perfección. Sin ese cosquilleo estomacal del vértigo, el único reto a vencer es el aburrimiento.

El escritor argentino Leonardo Faccio relata en su libro sobre Lionel Messi que, fuera de las canchas, el crack del Barcelona pierde el interés en casi cualquier otra actividad. Carolina Mendoza, la clavadista adolescente, se reconoce en esa suerte de somnolencia cuando está fuera de competencia o de los rigores del entrenamiento. Un síntoma que parece una constante en los jóvenes atletas cuando están en modo de pausa.

Mientras la mayoría de los chicos a los 14 años aún dependen de la familia, Carolina Mendoza ya es independiente. Desde los 10 años vive separada de sus padres en el internado para deportistas en el Centro Nacional de Desarrollo de Talentos Deportivos y Alto Rendimiento (Cnar). De lunes a viernes la rutina la divide entre los entrenamientos intensivos y la escuela, pues dentro del centro existe un colegio especial para los jóvenes atletas; los fines de semana son una batalla incansable para no morir de tedio.

Siempre me pasa lo mismo; cada fin de semana me aburro porque no sé qué hacer, confiesa la joven clavadista al terminar una agotadora jornada que incluyó en la mañana una sesión de entrenamiento, una conferencia de prensa –ese día faltó a la escuela para cumplir con su nueva responsabilidad de prodigio deportivo–; después, más entrenamiento.Mis familiares me preguntan si no me aburro, pero es que ya me acostumbré.

Para dejar clara su dependencia del agua, cuenta que incluso algunos fines de semana, cuando visita a una tía cuya casa tiene alberca, suele zambullirse. Salgo del agua de toda la semana aquí en el centro, y sábado y domingo también me meto al agua, dice con una sonrisa plateada por los brackets que acentúan su adolescencia. La verdad es que siempre que veo una alberca me meto.

El resto del tiempo, cuando no compite o se somete a las largas jornadas de entrenamiento, no encuentra pasatiempo más reconfortante que el sueño. Esta pasión la emparenta con muchos superdotados del universo deportivo. El nadador Michael Phelps y futbolistas como Messi dedican horas valiosas a la siesta para recuperar las fuerzas cuando no hacen aquello que más les gusta en la vida. Parece que para los deportistas dormir es el mejor remedio para luchar contra el aburrimiento que significa dejar de hacer eso que los hace singulares.

Es que todo el día estoy ocupada, en la escuela o entrenando, justifica Carolina, como quien revela un secreto culposo. Nada más llego a mi cuarto y me duermo; en mi habitación sólo estoy para dormir.

La elección

Aunque Carolina es muy joven, llegó tarde a los clavados, cuenta Jorge Carreón, entrenador que la descubrió. Al Cnar llegó cuando ya tenía 10 años cumplidos, edad tardía en una disciplina donde los aspirantes deben entrar cuando apenas tienen cinco. Lo que vio en ella fue talento desbordado; de las pruebas que se hacen a cualquier proyecto de atleta aprobó todas con la calificación más alta. Le vi aptitudes, recuerda Carreón sobre aquella apuesta incierta. Yo ni siquiera sabía si ella sabía nadar, pero tenía cualidades para desarrollar.

Esas capacidades descubiertas eran innatas. Carolina proviene de un linaje de deportistas de alto rendimiento. La madre fue una atleta que se quedó en el umbral de la clasificación a unos Juegos Olímpicos; el padre, un ciclista. Además de un tío, también pedalista, que compitió en México 1968.

Con la seguridad de una clavadista que avanza sobre una superficie suspendida a 10 metros de altura, Carolina asegura que consagrar parte de su niñez y de su actual adolescencia a una vida de claustro deportivo no significa un sacrificio. Lo de ella –sostiene– es una elección orientada por la estirpe de familia.

Yo no soy como esas niñas que extrañan estar con sus amigas o ir de fiesta, porque nunca pasé por eso, revela Carolina, quien además de la familia también dejó atrás a los amigos con los que convivió antes de estar concentrada en los clavados.

Muchos piensan que sacrifiqué mucho o que renuncié a muchas cosas, pero los chicos de mi edad, con sus novios y paseos, hacen lo que les gusta; yo igual: amo lo que hago.

No es que finja que su estilo de ser adolescente sea común. Sabe que existe una juventud normal y que la suya es atípica. Para ella lo más importante es la disciplina de los entrenamientos, competir, perfeccionar cada tiro al vacío. Lo demás, lo que hacen los otros chicos, no le parece tan tentador.

“Creo que no me perdí de nada, porque finalmente hago lo que me gusta y no necesito de…”, en ese momento, Carolina titubea un poco, como si pensara en cada cosa de la que pudo privarse para cumplir su destino. O sea, sí me gustaría experimentar un poco qué se siente tener una vida de adolescente normal, pero la verdad es que prefiero esta vida que tengo. Vivir con la adrenalina en las alturas es mucho más emocionante para ella que una cita en un centro comercial.

Vestida de civil, como adolescentenormal, Carolina pasaría desapercibida en una fila para ver al cantante pop de moda. Habla como cualquier chico de su edad: utiliza las mismas muletillas generacionales. Pero cuando habla de clavados el rostro se vuelve grave y parece una mujer adulta, con un discurso muy ensayado sobre lo que busca en el futuro. Lanzarse al agua puede ser divertido, pero para la ganadora de uno de los pases olímpicos es un asunto muy serio.

Para controlar la presión de conseguir buenos resultados, de pararse con precisión sobre la plataforma y lanzarse al agua con la perfección de una flecha, suele borrar todo lo que ocurre a su alrededor.

Por mi cabeza no pasa eso de quiénes me están viendo ni las calificaciones; sólo pienso en el objetivo de cada clavado que tiro, confiesa. Si fallo no me deprimo, porque el siguiente tengo que hacerlo mejor; simplemente hago lo que sé hacer.

A esa serenidad contribuye cierta limitación óptica. De lejos –confiesa la clavadista– no puede ver con claridad, de modo que para ella el resultado de un clavado que aparece en el tablero es un misterio tranquilizante. Cuenta que hace dos semanas, cuando consiguió en la Copa Mundial de Londres la plaza olímpica, no sabía el lugar que ocupaba en relación con las cerca de 47 competidoras. No veía el tablero, no veía jueces, no veía nada.

Pensaba quedar en el lugar 15 o algo así, reconoce. Es que éramos muchas y todas traían muy buen nivel.

Cuando anunciaron que había terminado en el lugar cinco y con ello conseguido una plaza olímpica para el equipo mexicano, no lo creyó. Desde que se consagró a los clavados los Juegos Olímpicos son una meta a la que estaba segura de que llegaría algún día.

Como que todavía no me cae el veinte, dice con cierta incredulidad. O sea, yo digo: voy a ir a Londres 2012, pero todavía como que no lo asimilo bien; creo que hasta que esté allá en competencia es cuando me va a caer el veinte.

Tampoco comprende del todo lo que ha provocado que sea una atleta rumbo a Londres 2012 cuando ni siquiera ha cumplido 15 años. Los reporteros la interrogan, cámaras la iluminan y ella no deja de mirar toda la puesta en escena con ojos de asombro.

Al principio es divertido, pero ya empieza a aburrirme que me pregunten tanto, o las mismas cosas de siempre, confiesa con una sonrisa de quien ha dicho algo que no debiera. Después como que ya hasta te sabes las respuestas, termina con una leve carcajada para restar seriedad a esta nueva responsabilidad que le trajo su éxito en esta disciplina.

El rostro de Carolina tiene signos notorios de cansancio; son las nueve de la noche y ha sido un día repleto de actividades. A esa hora los jóvenes atletas ya han cenado y arrastran los pies rumbo a sus habitaciones. Carolina todavía echará un vistazo al exterior a través de las páginas de Facebook y Twitter. Chateará un poco. Al final, vencida por el agotamiento, hará lo que más le gusta después de los clavados: se irá a dormir.

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